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Opinión

Anécdotas de un cura para el cielo, por el sacerdote José Moreno Losada

Anécdotas de un cura para el cielo, por el sacerdote José Moreno Losada

Ha fallecido Don Luis Pérez Rangel-Casquete. Hoy serán miles los que tengan un recuerdo especial en su interior para esta sacerdote benemérito que se nos ha ido al cielo con ochenta y siete años, tras una larga vida ministerial en la diócesis de Mérida-Badajoz. Don Luis ha ejercido su ministerio en Malcocinado –donde fue enviado por unos meses y, al final estuvo cien-, en Villagarcía de la Torre –donde lo consideran suyo-,  en Villanueva del Fresno y, desde ahí,  a Olivenza, donde terminó su quehacer oficial con la jubilación y la enfermedad; después, él ha seguido siempre moviéndose y haciendo, especialmente en el apostolado de los enfermos y sus familias en los hospitales de Badajoz. Lo hizo hasta que el cuerpo le dejó; después, lo hacía con sus cartas y sus llamadas telefónicas.

Un servidor, junto a otros –Antonio Pina, Juan Delgado, Feliciano, Jorge-, hemos vivido el compartir del quehacer pastoral en Olivenza. Soy testigo de su fidelidad al ministerio, en su forma y particularidad, y destacaría muchas cosas de su persona y su entrega. Pero hoy, en este día, quiero detenerme sólo en algunas anécdotas para orar desde ellas en esta mañana.

Compañero, hermano y padre

Hace unos días fui a visitarle, consciente de que, sitiado por los cuidados paliativos, ya estaba cerca de su final. Allí, con sus hermanas, recordábamos momentos agradables vividos juntos. Hablaba y le contaba, desde el relato de los años que ya tenía, que mi madre –a quién él ha querido siempre de forma muy entrañable-, ahí andaba con su lucha, sin hablar, pero viva y atenta a todo. Le refería cómo hace no mucho, me contaba que ella no se ponía en fila para que Dios le diera el billete de ida, que lo dejaba para cuando él quisiera y se acordara. Él se reía con ganas y aproveché ese momento para decirle algo que deseaba que oyera de modo explícito de mí: “Luis, cuando te den el billete para irte, puedes ir bien tranquilo porque has sido un buen sacerdote, te lo aseguro. Para mí has sido ejemplo, hermano y padre, sobre todo en mis primeros años de ministerio”. Me miró con cariño y me besó con ganas cuando me fui.

Alegre, fiel y abierto

Recuerdo que estando con él, compartiendo la preocupación de la evangelización, se hablaba de los neocatecumenales y, con él a la cabeza, nos lanzamos a la iniciación del Camino en las parroquias pensando en los alejados. Después de un tiempo, ya compuesta la comunidad, preparábamos intensamente las celebraciones con Leon Dufour  y su vocabulario bíblico. Pero una anécdota ha hecho que nos riamos muchas veces juntos: al terminar la eucaristía el sábado en la noche, todavía en la octava de pascua, le encomendaron que él proclamara y cantara el doble aleluya, para lo cual era nefasto –sí, no poseía todas las capacidades…-. Él era consciente, pero se arriesgó y cómo sería el desastre que acabamos todos en la alfombra sin podernos levantar al hacer la genuflexión de despedida ante el sagrario por la hilaridad que nos provocó a todos. Fue un aleluya alfombrado, como seguro habrá sido hoy al entrar en la gloria celestial con todos los ángeles en este tiempo de pascua.

 

“Esto no lo arregla ni don Luis”

Es un dicho en Malcocinado. Cuentan la anécdota de unos arrendatarios que tenían unos campos en dicha población, y los dueños de ellas quisieron echarlos de sus tierras. Don Luis se movió por Sevilla, con especialistas juristas, y las tierras volvieron en justicia a los que las llevaban y las necesitaban para vivir. Junto a la preocupación constante  por la gente y sus necesidades, su persona estaba disponible a la entrega y a la preocupación por todos empezando por los pequeños y los pobres, así como con los enfermos.

Su preocupación, el Evangelio

Experiencias tuvo hasta de ir a Perú durante seis meses a misionar. Pero una anécdota de su preocupación fue cuando en Televisión Española decidieron retransmitir unas de las Eucaristías dominicales desde la Iglesia de la Magdalena –rincón elegido el año pasado por Guía Michelín como histórico y artístico mejor de España-. Durante la preparación de aquello, Luis perdió cuatro o cinco kilos. Para él era algo a cuidar al máximo, desde pintar toda iglesia, con un préstamo que nos pudo llevar a la cárcel –es broma-, hasta la homilía que tenía que hacer delante del público televisivo. Recuerdo cómo me comentaba que se despertaba por las noches inquieto porque el realizador del programa le había comentado que serían cuatro millones de personas los que estarían escuchándole en ese momento. Le preocupaba cómo dirigirse al corazón y lanzar verdadero Evangelio en esos minutos contados.

Su pasión, la humanidad sufriente 

Sé que siempre ha sido generoso y que nunca ha estado apegado a la riqueza. En aquella época se compartía todo, absolutamente todo entre los compañeros. Es más, se gloriaba de cómo en la caja de compensación sacerdotal diocesana éramos de los que más aportábamos para los compañeros. Pero donde yo he visto más su generosidad ha sido en el cuidado con los pobres y los enfermos. La pastoral de enfermos es algo que no ha dejado de hacer nunca, ni siquiera en los momentos de su propia enfermedad. Todos lo hemos conocido, especialmente los laicos, los cristianos de todas las parroquias por las que él pasado, su paseo diario por los hospitales y sus habitaciones, con sus papelitos llenos de nombres que se renovaba cada día. Podías preguntarle por cualquier enfermo que, inmediatamente, sacaba su agenda de información y te daba lugar y estado del enfermo que buscabas.

Estoy seguro que la voz de Dios al recibirlo se ha hecho mucho más solemne al proclamar: “Porque estuve enfermo y me visitaste siempre, todos los días”.

Un cura enamorado

 Sí, ha sido un sacerdote enamorado de su ministerio y su entrega. No pasará a los anales de la historia por saber mucho, tener mucho, escribir mucho o por currículum estadístico, pero sí lo hará en el corazón del Padre por haber sido sacerdote de corazón inquieto, entregado, fraterno, alegre… fiel al maestro. Él ha conocido internamente a Jesucristo, lo ha amado y lo ha seguido.

Don Luis, pasa al banquete de la gloria, que allí ya tenías muchos seres queridos y amigos esperándote. Ya volveremos a encontrarnos, y entonces te aseguro que volveré a decirte, como tantas y tantas veces: “Luis, estás viejo…”, para que tú, celestialmente, me respondas, como siempre hacías a carcajadas: “¡estoy leche!”.

José Moreno Losada. Sacerdote de Badajoz

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