Si se callase el ruido

Ana Frank, en mi recuerdo

Está viniendo a mi cabeza estos días de confinamiento la historia de Ana Frank,  la parte de su vida que nos contó en su famoso diario. Sus vivencias vuelven a ser actuales ante esta situación extraña que estamos padeciendo por el Covid-19.

Su confinamiento,  en el desván oscuro de un piso de Amsterdam, por causas mucho más malévolas que por la pandemia que ahora nos azota, nos puede ayudar también a la reflexión.  Sobre todo los más jóvenes pueden descubrir en el «Diario de Ana Frank», o  en algún buen documental que se ha realizado de esta niña judía,  valores que todos podemos recuperar.

Me regalaron el libro a la edad en la que ella comenzó a escribir su diario, con 13 años. Y el recuerdo de su fuerza interior, la alegría  a pesar de las  circunstancias, sus sueños de adolescente y su coraje siempre han estado en mi recuerdo.

Ana Frank comenzó a escribir su  diario durante la ocupación alemana de los Países Bajos en la II Guerra Mundial, en 1942. Durante dos años estuvo escondida con su familia, en lo que fue su casa en Amsterdam. Confinados sin salir, con miedo, con mucho miedo.  En un confinamiento mucho más horrible que el nuestro.  Con un terror provocado por una persecución irracional, de odio de los nazis hacia el pueblo judío.  Su casa, convertida en museo, vuelve a abrir sus puertas, según han anunciado,  el próximo 1 de junio.

En los dos años que se esconde, Ana escribe sobre lo que ocurre en la ”Casa de atrás”, pero también sobre lo que siente y piensa. Además, escribe cuentos, comienza una novela y anota citas en su Cuaderno de frases buenas, que copia de los libros que lee. Así es como la escritura le  ayuda a que el tiempo transcurra.

El diario se detiene abruptamente el 4 de agosto de 1944, cuando su familia es descubierta por la Gestapo y  enviada al campo de exterminio de Auschwitz. Desde ahí, ella y su hermana fueron nuevamente trasladadas hasta el campo de concentración de Bergen-Belsen, donde murieron en febrero de 1945.  Sus padres permanecieron en Auschwitz. Solo el padre de Ana, Otto, sobrevivió y publicó el diario de su hija en 1947.

Las ganas de sentirse libre y salir a montar en bici, ver gente, ir a la escuela eran algunos de los anhelos que contaba Ana Frank en las páginas del libro.  Echaba de menos la vida sencilla, en la calle, en libertad. Pero se topó con el espanto.

Los acontecimientos en muchas ocasiones nos sobrepasan. Nunca podremos controlar todo, aunque en determinados momentos nos creamos dioses. Por ello, es tiempo de confianza. De esperanza ante tanto sufrimiento. De comprender, desde lo más profundo, que Dios está por encima. De recordar tiempos pasados, que en muchas ocasiones, no fueron mejores.

Estamos en un momento donde la confrontación es inútil – y los políticos no nos están dando lecciones – , donde todos tenemos que estar en la misma barca. Solo si “globalizamos la solidaridad”, como decía el obispo de Ávila, Mons. José María Gil Tamayo, en su entrevista en Ecclesia, después de salir del hospital, podremos superar esta crisis, que no es solo sanitaria, como se está viendo y viviendo.

A esta crisis sanitaria se le añade la crisis social, de valores, además de la económica. Será duro, pero si ponemos a la persona en el centro, todo será más fácil. El desprecio por el ser humano nunca nos llevó a nada bueno.

Cristina del Olmo
22 de mayo 2020 @olmocris

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