Carta del Obispo Iglesia en España

Amor y persecución, por el arzobispo de Mérida-Badajoz, Santiago García Aracil

santiago garcia aracil

¿No parece contradictorio presentar juntas estas dos palabras? El amor habla siempre de unión, de respeto, de apoyo al otro y de servicio. En cambio, la persecución es un comportamiento absolutamente contrario. El amor lleva a la fraternidad, la persecución en cambio es causa de víctimas y rompe la relación propia de las personas cabales. Sabemos por la fe y por la historia, que Jesucristo, manifestación sublime del amor infinito e incondicional de Dios a la humanidad y, por tanto origen de toda fraternidad, fue perseguido hasta que lograron ajusticiarle clavándole en la Cruz.

Es muy fácil pensar que la muerte de Jesucristo fue una obra imperdonable de los “malos”. Sin embargo, en el fondo, y como el móvil de toda la trama contra Jesucristo, estaba lo que muchos pensaban que era la defensa de la ley y de la tradición religiosa de un pueblo que se sentía elegido por Dios.

La conclusión que se deduce de esto, es doble: por una parte, es necesario pensar con serenidad y objetividad sobre la postura de “los otros”; no debemos caer en el error de juzgarles moralmente e incluso condenarles desde nuestra visión personal posiblemente condicionada por elementos ajenos o lejanos a la verdad. Esto ocurre con frecuencia, como vemos cada día, cuando nos encontramos con posturas enfrentadas desde visiones subjetivas y pasionales.

Por otra parte, es igualmente necesario distinguir entre la lógica estrictamente humana y la lógica de Dios. Ambas pueden distanciarse como consecuencia del pecado que condiciona tanto a nuestra voluntad como a nuestra inteligencia.

Es evidente que debe privar la lógica divina; y sabemos que ésta se manifiesta en su palabra revelada que nos llega por la Sagrada Escritura tal como la interpreta el Magisterio de la Iglesia.

Pero en este proceso de atención a la enseñanza divina pueden inmiscuirse interpretaciones, más o menos condicionada por diversas circunstancias humanas. De esto tenemos pruebas abundantes en las herejías y, en distinto grado, en las discrepancias que dan origen a diversas corrientes y a los consiguientes grupos internos a una misma religión e incluso a la Iglesia Católica.

Lo que preocupa al considerar las diferencias y los comportamientos que estas provocan, es la reacción humana capaz de actitudes y acciones verdaderamente inoportunas, intolerables y, en ocasiones, incluso merecedoras de castigo.

El Papa Benedicto XVI  nos habla de ello lamentando las distintas formas en que nace y se consuma la persecución y, especialmente, la persecución religiosa. Dice el Papa: “la verdadera causa está en el cinismo que considera la mofa de lo sagrado un derecho de la libertad (…) la tolerancia que necesitamos con urgencia incluye el temor de Dios, el profundo respeto a lo que es sagrado para el otro”.

Ante este comportamiento, presente en nuestra sociedad, incluso protagonizado por gentes que se presentan como cultas, debemos adoptar una postura movida por el amor y el perdón. Al mismo tiempo, y en la medida de lo posible, debemos dirigir unas palabras comprensivas con ánimo de romper silencios inoportunos; y siempre con la voluntad de ayudar a la reflexión y al cambio de actitudes.

Es muy necesario distinguir entre el respeto a las creencias ajenas y una constante acción apostólica o evangelizadora. Como también nos dice el Papa: “no faltamos al respeto a las demás religiones y culturas, no faltamos al respeto a su fe, si confesamos en voz alta y sin medios términos a aquel Dios que opuso su sufrimiento a la violencia, que ante el mal y su poder eleva su misericordia como límite y superación”.

Es muy importante que pensemos en todo lo dicho para adoptar y mantener la postura oportuna como cristianos responsables en el mundo de hoy, plural y adverso, muchas veces, al Evangelio.

El silencio puede ser oportuno en unas ocasiones, y traicionero en otras. Discernir cuando y cómo hay que callar o hablar no puede someterse a la improvisación. Es necesario formar bien el criterio y educar el temple. Solo así podremos discernir el momento del silencio o el de la palabra, desde convicciones bien fundadas, sin ser cobardes transgresores ni pretenciosos aleccionadores.

Sería muy oportuno reflexionar sobre estos puntos, especialmente en este Año de la Fe, abierto a la responsabilidad de la nueva Evangelización.

No olvidemos que, sobre todo, las nuevas generaciones necesitan consciente o inconscientemente, la luz de Jesucristo, la enseñanza del Evangelio, y el amor fraternal de quienes deben sentirse llamados a servir a los hermanos. El mejor servicio es el ofrecimiento de la Verdad capaz de ayudarnos a descubrir el sentido de la vida, el valor de cuanto nos ocurre, y la esperanza trascendente en un futuro de misericordia y felicidad que Jesucristo nos ha traído.

 

+ Santiago García Aracil. Arzobispo de Mérida-Badajoz

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