“Amor apasionado a la verdad”, carta semanal de Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos, correspondiente al domingo 26 agosto 2012
Carta del Obispo Iglesia en España

“Amor apasionado a la verdad”, carta semanal de Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos, correspondiente al domingo 26 agosto 2012

Francisco Gil Hellín
Mons. Francisco Gil Hellín

 ¿Puede construirse una casa, una autopista o un polideportivo sin conocer qué son esas   realidades o negando que haya casas, autopistas o polideportivos? Parece obvio que sólo quien admita y sepa qué son cada una de ellas, podrá construir un lugar confortable para vivir, un lugar apto para trabajar y un espacio adecuado para practicar deporte.

Esto que es tan comprensible en los casos señalados, parece que resulta inaplicable cuando hablamos del hombre, de la familia y de la sociedad. Son muchos, en efecto, los que sostienen que no podemos conocer qué son el hombre, la familia y la sociedad. El ala más radical de este planteamiento piensa que no lo podemos conocer por la sencilla razón de que no existe una verdad objetiva de ellos, sino que cada uno de nosotros tiene su modo de enfocarlos y, por tanto, su propia y particular verdad.

Es el caso del relativismo intelectual y moral, propuesto hoy como el ideal de una sociedad avanzada y en vías de superar definitivamente visiones obscurantistas del hombre y del mundo. Algo semejante le ocurre al positivismo, que hace depender la verdad del hombre, de la familia y de la sociedad de los pactos, consensos y mayorías. Por estas sendas hemos llegado a situaciones que rebobinan la historia hacia etapas que parecían completamente superadas. La más sangrante es, quizás, la del aborto, que, al margen de todos los eufemismos lingüísticos que se usen, no dejará nunca de ser la destrucción de un inocente y de un ser situado en las más altas cotas de indefensión. Pero no esla única. Porla vía del relativismo y del positivismo hemos dejado de formularnos los grandes porqués que se han hecho los pensadores de todos los tiempos: ¿qué sentido tiene la vida del hombre en la tierra?, ¿por qué trabajar?, ¿por qué sufrir?, ¿qué hay después de la muerte?

Pero esas preguntas no dejan de existir por el hecho de que no nos interroguemos por ellas. Al contrario, se agudizan y, al no encontrar el cauce debido, desembocan en el suicidio, en la desesperación, en la angustia vital, en las consultas de los psiquiatras y en las echadoras de cartas.

Urge que la sociedad y cada uno de sus miembros retomemos el camino de hombres tan eminentes como Aristóteles, san Agustín, Cervantes, Pascal, P. Claudel, E. Stein y todos los que componen esa lista casi interminable de investigadores de todo tipo. Ese camino es el de la convicción firme de que existe la verdad y que es alcanzable con constancia y esfuerzo. El relativismo y el positivismo ya han demostrado con creces que no son el horizonte al que ha de encaminarse una persona y una sociedad realmente progresista.

Esto aparece con especial fuerza en el campo de las relaciones internacionales, nacionales, institucionales y personales. Cuando no se admite la verdad, se abren paso la mentira sistemática por conveniencia, el engaño mientras no sea descubierto, la deslealtad en el cumplimiento de los pactos, la infidelidad en los compromisos asumidos y un largo etcétera. La corrupción que actualmente estamos padeciendo hunde sus raíces, en buena medida, en la falta de amor a la verdad. Cuando no se actúa conforme a una norma que es anterior y está por encima de las leyes de los Estados, se pueden cometer los mayores crímenes si poseemos una fuerza superior al contrario o sabemos que tales crímenes nunca serán descubiertos.

Si la historia no ha desmentido a Napoleón, que sostenía que para cambiar la sociedad de mañana hay que comenzar educando en ese estilo a los niños de hoy, urge que los educadores, los escritores, los creadores de opinión, los formadores sociales de todo tipo nos planteemos como tarea inaplazable la recuperación del amor a la verdad y la educación en ese espíritu a las nuevas generaciones. Si somos capaces de inculcar en nuestros niños y adolescentes de hoy el amor apasionado a la verdad, podemos estar seguros de que la semilla que ahora plantamos dará una abundante cosecha en el futuro.

                                                                                                 

                                                                                  (26 de agosto de 2012)

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