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Álvaro García, coordinador del huerto ecológico de Cáritas diocesana de Ávila: «Somos una gran familia»

Entre el aulario de las catequesis y la residencia de estudiantes, el convento de frailes dominicos alberga uno de los grandes proyectos sociales de Cáritas diocesana de Ávila: la huerta ecológica «Santo Domingo de Guzmán». Este lunes, justo cuando finaliza la semana dedicada a Laudato Si’, la encíclica del Papa Francisco sobre el cuidado del medio ambiente y la casa común, este espacio ha recibido la bendición de José María Gil Tamayo, obispo de Ávila.

Si bien antes en esta huerta se realizaban exclusivamente los talleres hortofrutículas, el proyecto se ha remodelado por completo y ya no es exclusivo para los usuarios del programa de empleo sino que abarca toda Cáritas donde cualquier usuario de sus programas (atención primaria, refugiados, drogodependencia, empleo, etc) puede participar en él.

Un trabajo cooperativo

«Esto es un trabajo cooperativo, donde todos trabajamos todo lo que tiene que ver con el cuidado y el mantenimiento de la huerta». Explica para la delegación diocesana de medios el coordinador de la huerta, Álvaro García Zazo, quien se muestra orgulloso de todo lo que están consiguiendo en muy poco tiempo. La dinámica es muy sencilla: los trabajadores cultivan las hortalizas, y cuando estén listas para su consumo, pueden disponer de ellas para alimentar a sus familias. El resto se destina tanto al dispensario de Cáritas como al hogar “santa Teresa” (el antiguo albergue de la calle Príncipe Don Juan). «Es algo muy gratificante para ellos, porque saben que no sólo están consiguiendo alimentos para su casa, sino que con su trabajo pueden ayudar a otros que están en situaciones similares a las suyas. Se sienten muy felices con ello».

En total, son unas 18 las personas que trabajan ahora mismo la huerta ecológica. Aunque no se juntan todas a la vez, siguiendo un protocolo establecido para evitar los contagios de la covid-19. Se crean turnos de mañana y tarde, de unas 7 personas, acompañadas siempre no solo de Álvaro, sino también de unos “capataces” muy especiales: personas que, en su día, pasaron por los antiguos cursos de horticultura de Cáritas, han encontrado estabilidad laboral y familiar, y han regresado a estos mismos terrenos como voluntarios para enseñar a otros lo que un día ellos aprendieron.

Lechugas, repollos, puerros o tomates empiezan a despuntar en estos meses de primavera en un espacio hortícola extraordinariamente cuidada. Nadie imaginaría, viendo su estado actual, cómo se encontraban estos terrenos hace sólo dos meses. Y es que, durante el confinamiento, la tierra del huerto dejó de cuidarse y se echó a perder. Pero en poco menos de unas semanas, con ilusión y esfuerzo, han removido toda la tierra, han levantado invernaderos y plantado distintas verduras, consiguiendo que, a día de hoy, sea una verdadera huerta con un futuro prometedor.

Trabajo y ecología

Este trabajo además viene tutelado con una formación específica para que los integrantes del proyecto sepan cómo llevar a cabo los cultivos de una manera sostenible. «Les enseñamos la importancia de sembrar juntos los tomates con las zanahorias, porque las hojas de estas últimas desprenden un olor que ahuyenta las plagas de las tomateras. También les damos nociones de cómo aprovechar el riego para no malgastar agua. Y todo, todo lo que se cultiva, es completamente natural, sin químicos. Ecológico», explica Álvaro.

La huerta ecológica estará a pleno rendimiento el próximo año. Y en el futuro, esta apuesta por un trocito de “Ávila verde”, como ellos la llaman, puede ampliarse a zonas con flores y plantas aromáticas para favorecer la presencia de abejas (tan necesarias para la naturaleza), e incluso un mayor número de cultivos.  Y todo gracias al trabajo de este grupo de personas demandantes de ayuda en alguno de los programas de Cáritas. Y es que, como bien señala el coordinador de esta apuesta ecológica y sostenible de Cáritas para nuestra compañera encargada de las comunicaciones sociales en Ávila, este proceso de integración se da casi sin enterarnos, porque «la mejor reinserción es que ellos no sean conscientes de que están en una reinserción. Que vengan, que disfruten con lo que hacen. No se trata de hacer trabajar a nadie a la fuerza, sino que sientan que lo que hacen es útil, que no se les haga pesado. Somos una gran familia. Y esto es lo que a mí me llena. Cada día, cuando vuelvo a mi casa, me siento feliz por lo que vamos consiguiendo».



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