Carta del Obispo Iglesia en España

Alocuciones en la Plaza de Zocodover (Toledo) por la procesión del Corpus Christi

Braulio

Alocuciones en la Plaza de Zocodover (Toledo) por la procesión del Corpus Christi

Procesión eucarística en la solemnidad del Corpus Christi en Rito Hispano-Mozárabe

Toledo, 19 de junio de 2014

Señor Sacramentado: “Tú te quedas con nosotros bajo la apariencia del pan con que robusteces los corazones, de manera que por la fuerza de este pan, durante estos días dedicados a tu nombre, podamos ayunar sin impedimento del cuerpo y la sangre, teniéndote a ti mismo como pan, porque sacias a los pobres con pan celestial” ( Misal Hispano-Mozárabe, Illatiode la Misa Corpus Domini).

 

Hermanos, es verdaderamente bendito nuestro Señor Jesucristo, que instituyó la Eucaristía y enseñó a sus discípulos a vivir con pura inocencia y a ofrecer el sacrificio de alabanza a solo Dios, pero no con sacrificios de animales o frutos de la tierra, sino con el sacrifico de la entrega de su Hijo para siempre. Esta acción salvadora del Señor Jesús esgrandiosa y hace muchos siglos que sintió el Pueblo cristiano la necesidad de prolongar la Eucaristía por calles y plazas. De este modo, nosotros, cristianos de Toledo, nos sentimos impulsados un año más a colocar el Santísimo Sacramento en la impresionante custodia de Arfe y recorrer nuestra ciudad y estar delante del Señor, a su disposición y también, estar unos al lado de otros.

 

Pero sabemos que la Eucaristía no es un asunto privado en el círculo de amigos que formaran un club de personas afines y en el que se buscan unos a otros; no se trata, por tanto, de algo que sucede porque personas que ya están de acuerdo se reúnen  unas con otras. La celebración de la Eucaristía se nos olvida con frecuencia que es la pública asamblea cultual de todos aquellos a quienes convoca el Señor, sin que le importe a Él cuál sea su composición, pues todos son llamados y convocados. Así pues, como vemos hacer a Jesús en el Evangelio cuando come con todo tipo de personas, fue propio de la celebración de la Eucaristía el que en ella tomaran asiento, uno al lado de otro, el aristócrata que ha descubierto el cristianismo, el estibador del puesto de Corinto; el esclavo pobre que, según el derecho romano, no era considerado plenamente persona. También es propio de la celebración de la Eucaristía que el filósofo tome asiento junto al analfabeto; la prostituta convertida y el publicano arrepentido junto al asceta, que ha encontrado a Jesucristo. Hubo personas que se oponían a esta praxis, pero esa es la Eucaristía, porque así es la Iglesia. Y nos cuesta entenderlo y por eso no está con nosotros del todo el espíritu de Jesucristo, que supera barrera y conduce a los hombres a una nueva unidad, anclados en el Señor.

 

 

Significa esto, Señor Jesucristo, que en el corazón de tu Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros; significa que confesar que el Hijo de Dios asumió nuestra carne humana es aceptar que cada persona humana ha sido elevada al corazón mismo de Dios. Confesar que tú diste tu sangre por nosotros y que eso nos impide dudar que tu amor sin límites ennoblezca a todo ser humano; que tu redención tiene un sentido social y que tu Espíritu nos da fuerzas para desatar los nudos de los sucesos humanos, incluso los más complejos e inaceptables. Que evangelizar procura también cooperar con la acción liberadora del Espíritu; que entre evangelización y promoción humana hay una profunda conexión.

 

¡Qué peligroso y qué dañino es este acostumbrarnos a perder el asombro, el entusiasmo por vivir el Evangelio de la fraternidad y de la justicia! La palabra de Dios, tu palabra Señor, enseña que en el hermano está la permanente prolongación de tu Encarnación para cada uno de nosotros: “Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”.

 

Repítenoslo tú, Cristo: lo que hagamos con los demás tiene una dimensión trascendente. Salir, pues, hacia el hermano necesitado es de absoluta prioridad, ya que este es uno de los mandamientos principales que fundan toda norma moral e indica el camino de crecimiento espiritual. Haznos, Señor, entender que esta es la respuesta a tu donación total hacia nosotros.

 

Ayúdanos, Señor Sacramentado, a entender hoy, que en tu enseñanza está que Dios quiere la felicidad de sus hijos también en esta tierra, aunque estemos llamados a la plenitud eterna, de la que no habla nuestro mundo, porque el Padre de los cielos creó todas la cosas “para que las disfrutemos” (1 Tim 6, 17), para que todos puedan disfrutarlas. Te pido que no olvidemos esta lección de amor, que tanta paz puede traer a nuestra dolorida sociedad. Por ello, Señor, que nadie nos exija que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre acontecimientos que afectan a los ciudadanos. Con el Papa Francisco, también nosotros confesamos: “Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos. Si bien “el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política”, la Iglesia “no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia” (EG, 183)

 

 

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