Carta del Obispo Iglesia en España

Alocución de monseñor Braulio Rodríguez en la procesión del Corpus en la Plaza de Zocodover (Toledo)

Alocución del Sr. Arzobispo D. Braulio Rodríguez en la plaza de Zocodover durante al procesión del Corpus Christi este jueves 26 de mayo. 

ALOCUCIÓN EN ZOCODOVER 2016

Llegados a Zocodover, nos detenemos en nuestro caminar con el Señor Sacramentado por calles y plazas de Toledo. Reflexionamos admirados, al comprobar, hermanos, que en la fiesta del Corpus Christi vuelve a proponernos la Iglesia el misterio del Jueves Santo, pero esta vez a la luz de la resurrección. También en el Jueves de la Cena del Señor hacemos una procesión eucarística hasta el llamado Monumento. Pero ese día es como si acompañáramos a Jesús del Cenáculo al monte de los Olivos.

De este modo, en aquella noche del Jueves Santo, Jesús sale y se entrega en manos del traidor, del exterminador y precisamente de este modo vence la noche, vence las tinieblas del mal. Sólo así el don de la Eucaristía, instituida en el cenáculo, se realiza en plenitud: Jesús da realmente su cuerpo y su sangre. Cruzando el umbral de la muerte, se convierte en Pan vivo, verdadero maná, alimento inagotable a lo largo de los siglos.

En la fiesta del Corpus Christi reanudamos esa procesión del Jueves Santo, pero con la alegría de la Resurrección. Ahora el Señor ha resucitado y va delante de nosotros. Es su presencia gloriosa de Jesucristo en medio de su Pueblo. Por eso responde más bien, y de modo simbólico, al mandato del Resucitado a las mujeres: »No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán» (Mt 28, 10). Pero, además, Jesús dijo a los once Apóstoles, ya en Galilea: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19). No es un ir cualquiera: se trata de enseñar a guardar todo lo que Jesús nos ha mandado. Pero siempre sabiendo aquellas increíbles palabras de Jesús: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos» (Mt 28,20).

Ciertamente, la Eucaristía, para la fe, es un misterio de intimidad. El Señor instituyó este sacramento en el Cenáculo, rodeado de su nueva familia, por los doce Apóstoles, prefiguración y anticipación de la Iglesia de todos los tiempos.

Sin embargo, partiendo de esta intimidad, que es don personalísimo del Señor, la fuerza del sacramento de la Eucaristía va más allá de las paredes de nuestras iglesias. En este sacramento el Señor está siempre en camino hacia el mundo. Este aspecto universal de la presencia eucarística se aprecia en la procesión de nuestra fiesta. Llevamos a Cristo, presente en la figura del pan, por las calles de nuestras ciudades y pueblos. Encomendamos estas calles y plazas, estas casas, nuestra vida diaria, a su bondad. Que nuestras calles sean calles también de Jesús. Que nuestras casas sean casas para Él. Que nuestra vida esté impregnada de su presencia.

Cristo va ciertamente en la Custodia, que hoy brilla con especial resplandor; es puesto también con este gesto ante los ojos del sufrimiento de los enfermos, la soledad de los jóvenes y ancianos, las tentaciones, los miedos nuestros. Pero ante la alegría del amor de los niños, de los padres, el esfuerzo por una vida más justa, más amable, más acogedora. La procesión de Cristo por las calles es una llamada fuerte a salir de nosotros mismos, a acercarnos a los que sufren, a los que perdonan, a los que trabajan por el bien común, por la casa común que es nuestra Tierra; quiere asimismo ser una gran bendición para nuestras ciudades y pueblos: Cristo es, en persona, no la Custodia, la bendición divina para el mundo.

Comer este pan es comulgar, es entrar en comunión con la persona del Señor vivo. Y este acto de «comer», es realmente un encuentro entre dos personas, es dejarse penetrar por la vida de Aquel que es el Señor, Aquel que es mi Creador y Redentor. Este comer tiene una finalidad: transfigurarme y configurarme con Aquel que es amor vivo, vivir su amor de misericordia y llevar esta misericordia a todos los que nos rodean.

María, la Madre del Señor, nos enseña lo que significa entrar en comunión con Cristo: Ella dio su carne, su sangre a Jesús y se convirtió en la humilde tienda viva del Verbo, dejándose penetrar en el cuerpo y en espíritu por su presencia. Pidámosle a Ella que nos ayude a seguir fielmente a Cristo, día a día, por los caminos de nuestra vida. Que su bendición descienda sobre todos nosotros.

Foto en la sacristía de la catedral del cardenal Robert Sarah, el arzobispo D. Braulio Rodríguez y el obispo auxiliar de Toledo, D. Angel Fernández

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