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Algunas urgencias de Europa, carta del arzobispo de Burgos

Algunas urgencias de Europa, carta del arzobispo de Burgos

Mensaje del arzobispo de Burgos para el domingo 27 de octubre de 2013

En una reciente entrevista al director de un periódico italiano decía el Papa Francisco: “Los más graves males que afligen al mundo en estos años son: la desocupación de los jóvenes y la soledad en la que son abandonados los viejos. Los viejos necesitan cuidado, compañía; los jóvenes, trabajo y esperanza, pero no tienen ni lo uno ni lo otro, y el problema es que no lo encuentran más. Están aplastados por el presente. Dígame usted: ¿se puede vivir aplastado por el presente? ¿Es posible continuar así?” Y concluía: “Esto, creo es el problema más urgente que la Iglesia tiene delante”.

No es la primera vez que el Papa se refiere a esta angustiosa situación que toca a incontables jóvenes y ancianos. Sin ir más lejos, sobre la tragedia del paro juvenil volvió en su visita a Lampedusa, en la cual denunció con voz de profeta la terrible realidad en que se encuentran tantísimos emigrantes y refugiados.

Quizás haya sido el viaje a Río de Janeiro, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, donde el Papa ha puesto el dedo en la llaga con más fuerza y clarividencia. Allí, dirigiéndose a muchos miles de jóvenes argentinos desplazados para acompañarle, les dijo: “Esta civilización mundial se pasó de rosca, porque es tal el culto que ha hecho al dios dinero, que estamos presenciando una filosofía y una praxis de exclusión de los dos polos de la vida que son la promesa de los pueblos: los ancianos y los jóvenes”.

Esto tiene plena vigencia en Europa donde se cuentan por millones los jóvenes que no encuentran trabajo o lo encuentran de forma absolutamente precaria; y, donde el problema de los ancianos es particularmente agudo. Algunos Parlamentos ya han levantado sus voces contra el gasto que supone la atención a los ancianos. Naciones como Bélgica tienen ya el dos por ciento de la población muriendo por la eutanasia, y se está luchando para ampliar la capacidad de provocar la muerte desde la niñez hasta la ancianidad. En Francia, el presidente Hollande parece dispuesto a reformar la ponderada ley Leonetti, de 2005, sobre el fin de la vida.

Reflexionando sobre éstos y otros fenómenos de Europa me viene a la mente pensar si habrá alguna potencia económica, cultural o política –o todo ello juntamente- que esté empeñada en hundir a Europa, donde el cristianismo ha arraigado y penetrado profundamente en la cultura, mostrando con hechos las altísimas cotas a las que se puede llegar en literatura, arquitectura, pintura, música, libertad, reconocimiento de la dignidad de la persona si se pone a Dios en el centro de la vida familiar, profesional y social. Cada día se hacen más fuertes mis dudas en ese sentido, al comprobar la agresividad con que actúan algunos y la pasividad que adoptan quienes deberían reaccionar ante estos elementos disolventes. Hasta tal punto que me pregunto: ¿Tendrán estos tales las manos atadas por fuerzas invisibles pero poderosísimas, que buscan destruir los cimientos de la sociedad occidental e implantar unos modelos de convivencia en los que los individuos estén cada vez más narcotizados, cultural y moralmente, y, por ello, sean cada vez más manipulables y fáciles de manejar?

Ante esta situación nada más estéril que lamentarse y arrugarse. Me parece que la única postura digna y eficaz es la que indican estas palabras del Papa en Río: “Jóvenes: tenéis que salir a luchar por los valores; ancianos, abrid la boca y enseñadnos, trasmitidnos la sabiduría de los pueblos. Sabed que, en este momento, los jóvenes y los ancianos están condenados al mismo destino: la exclusión. No os dejéis excluir”.

Jesucristo dio a los cristianos la misión de ser “luz del mundo y sal de la tierra”. Ser cristiano no es una broma. Es, más bien, un desafío apasionante: ser fermento en una masa informe y convertirla en pan tierno y sabroso.

+Francisco Gil Hellín

Arzobispo de Burgos



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