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Alfonso Belenguer elegido administrador diocesano de Teruel y Albarracín

El colegio de consultores de la diócesis de Teruel y Albarracín ha elegido al sacerdote Alfonso Belenguer Celma como administrador diocesano, cargo que ocupará hasta que sea nombrado un nuevo obispo.

La sede episcopal de Teruel y Albarracín se encontraba vacante desde el sábado 13 de marzo, cuando el obispo Antonio Gómez Cantero tomó posesión como nuevo obispo coadjutor de Almería.

Biografía

Fue la mañana del 20 de marzo, cuando se reunió el colegio de consultores. Asistieron al mismo los siguientes miembros: Pedro HernándezAlfonso Latasa, Alfonso BelenguerJuan Pablo Ferrer, Blas Sanz, Francisco Domingo, Avelino Belenguer y Manuel Sebastián. Ellos eligieron a Alfonso Belenguer Celma como administrador diocesanAlfio.

Alfonso Belenguer es natural de Alcorisa, aunque nació circunstancialmente en Zaragoza el 8 de marzo de 1948 y fue ordenado como sacerdote el 11 de julio de 1971. Ha sido vicario general durante el episcopado de Antonio Gómez Cantero (desde enero de 2017 hasta enero de 2021), y también con su predecesor, Carlos Escribano Subías (desde marzo de 2012 hasta mayo de 2016). Además, entre los dos episcopados, ejerció también este cargo de administrador diocesano (desde junio de 2016 hasta enero de 2017)

Sus antiguos encargos pastorales fueron: sacerdote de Utrillas, Las Barriadas, Las Parras de Martín en la Cuenca Minera Central; formador y secretario del Seminario Menor Colegio «Las Viñas»; Párroco de Celadas; Capellán de las Madres Carmelitas Descalzas de Teruel y Párroco de Mas de las Matas, Abenfigo y Seno en el Bajo Aragón. También ejerció como Delegado Episcopal para la Vida Consagrada y Administrador Parroquial de San Andrés.

Tal y como publica la diócesis: «Alfonso es un hombre de la casa y al servicio de la diócesis» y recuerdan las palabras de Gómez Cantero en su despedida: «Gracias Alfonso, tú has sido mi “hermano mayor”. Como siempre he dicho, el vicario general se debía llamar “el cirineo del obispo”. […] Gracias por estar ahí de una manera discreta, laboriosa y con mucha caridad para conmigo».

Historia de la diócesis

La diócesis de Teruel fue erigida por el Papa Gregorio XIII en 1577. En los siglos anteriores, desde la conquista de Teruel por Alfonso II de Aragón en 1171 la ciudad y los pueblos de su distrito constituían el Arcedianato de Teruel. El Arcediano, dotado de amplias facultades, ejercía la jurisdicción eclesiástica en nombre del Arzobispo de Zaragoza.

La primera demarcación geográfica del Obispado coincidió con los límites del antiguo arcedianato, que sustancialmente eran los mismos que los de la Comunidad de Teruel. Tenía una extensión de 5.120 Km2. y comprendía la ciudad y las parroquias de 80 pueblos, todos enclavados al Sur de la provincia de Teruel. En 1955 experimentó una notable ampliación territorial de 3.647 Km2., al asignarle la Santa Sede 136 parroquias, pertenecientes a pueblos de la provincia de Teruel que, sin embargo, dependían del Arzobispado de Zaragoza.

Todavía hoy continúan bajo la jurisdicción eclesiástica de Zaragoza 42 pueblos de la provincia de Teruel, cuya integración en esta diócesis constituye una vieja aspiración.

El primer Obispo de la Sede turolense, nombrado en 1578, fue Andrés Santos de Sampedro, al que han sucedido otros 44 obispos, incluido el actual, D. Antonio Gómez Cantero. Entre los más insignes, merecen destacarse: Jaime Jimeno de Lobera (1580-1594), también Virrey de Aragón, que fue el verdadero organizador de la diócesis. Martín Terrer de Valenzuela (1596-1611), fundador del Colegio de Teólogos de Aragón en la Universidad de Alcalá de Henares. Diego Chueca (1647-1672), que fundó el convento de Carmelitas Descalzas de Teruel. Francisco Pérez de Prado y Cuesta (1732-1755), luego Inquisidor General, que asumió a expensas de la Mitra el mantenimiento del Hospital de la Asunción, y ejerció un importante mecenazgo artístico. Francisco Rodríguez Chico (1757-1780), que estableció el Seminano. Félix Rico (1795-1799), de cuya generosidad nació la Casa de la Misericordia. Antonio Ibáñez Galiano (1880-1890), fundador del Asilo de Ancianos Desamparados y decidido promotor de la Unión Católica. El Beato Anselmo Polanco y Fontecha (1935-1939), mártir en la última guerra y recientemente beatificado.

El ordenamiento jurídico y pastoral de las diócesis ha venido establecido históricamente por los Sínodos. En la de Teruel se han celebrado ocho. El primero, convocado por el Obispo Andrés Santos en 1579, y el último, por Fray León Villuendas Polo en 1952. La diócesis de Albarracín fue erigida en 1172 sobre el territorio del Señorío del mismo nombre, que era independiente de Castilla y de Aragón. El Papa Alejandro IV el año 1259 estableció su unión con la de Segorbe, constituyendo ambas una sola diócesis hasta 1577, en que nuevamente Gregorio XIII las separó, pasando a ser diócesis independientes. Tras la muerte del obispo José Talayero Royo en 1839, la Sede no volvió a proveerse, siendo regida por sucesivos Vicarios Capitulares hasta 1878, en que empezó a ser habitual el nombramiento del Obispo de Teruel como Administrador Apostólico de Albarracín. Esta situación anómala terminó el año 1984 con la Bula «Cum Nostrum» del Papa Juan Pablo II que establece la unión «aeque et principaliter» de las diócesis de Teruel y de Albarracín. La diócesis comprende la parte occidental de la provincia de Teruel, que limita con la de Cuenca y Guadalajara. Geográficamente es una zona natural perfectamente definida que abarca la sierra de Albarracín con el macizo de los Montes Universales. Sobre una extensión de 1940 km2. tiene actualmente 29 parroquias. Entre los 67 obispos que han ocupado la Sede cabe destacar a: Bartolomé Martí (1473-1498), nombrado Cardenal por Alejandro VI; Gaspar Jofre (1530-1556) y Juan de Muñatones (1556-1571), que participaron en el Concilio de Trento; Francisco Navarro Salvador y Gilabert (1727-1765), que construyó el convento de Capuchinas de Gea y promovió el Colegio de las Escuelas Pías de Albarracín; José Molina Lario (1766-1776) a quien se debe el restablecimiento de las fábricas de lanas y paños de la ciudad; José Constancio de Andino (1781-1790), que construyó a sus expensas el Hospital de Albarracín.

Ambas diócesis, la de Teruel y la de Albarracín, han recorrido una larga trayectoria histórica en la que, sin duda, hay luces y sombras. Pero han estado entrañadas en los problemas y esperanzas de los hombres y mujeres de estas tierras. La predicación de la Palabra y el servicio sacramental a la comunidad cristiana han sido su actividad preferente, aunque sin descuidar la atención a las plurales necesidades sociales. De hecho, han promovido muchas iniciativas de carácter asistencial y educativo, que han beneficiado a todos, pero especialmente a los más pobres. Sin olvidar las múltiples realizaciones artísticas, que hoy constituyen un valioso patrimonio cultural, que han contribuido a fomentar la sensibilidad y la capacidad creadora de sus gentes.



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