Opinión Última hora

Alegría y felicidad, por Cristina Inogés

Las luces están puestas desde hace semanas; los dulces colocados en las estanterías más visibles de los supermercados, con el riesgo de deslizarse anticipadamente en la cesta de la compra de los más afortunados; y la nostalgia más presente que nunca en esta Navidad que se nos acerca.

La mayoría de los que lleguéis a leer este artículo tendréis —tendremos— añoranza de navidades más familiares, compartidas con amigos y hasta con vecinos, y la nostalgia vendrá con fuerza al ver nuestras casas más vacías que de costumbre. Por desgracia habrá personas, familias, que no tendrán ni paredes que mirar. No es por ponerme en «modo lacrimógeno Dickens», es solamente que quiero tenerlas presentes porque son nuestra realidad, nuestro presente, nuestro prójimo y nuestra responsabilidad como cristianos, y aún como simples seres humanos.

Muchas ausencias estarán presentes —aunque suene a paradoja— estos días. Y lo harán de tal manera que la alegría se desvanecerá de nuestro corazón, y muchas personas desearán que llegue el 7 de enero para despertar de ese sueño doloroso. Sí, nadie podrá evitar que la alegría huya por la ventana o por la puerta este año y nadie, en su sano juicio, podrá decir que eso no es una actitud cristiana. ¡Pues claro que lo es! Que los cristianos somos de carne de hueso, no de plástico, y no siempre hay motivos para estar alegres.

Sin embargo, la alegría es una cosa y la felicidad es otra; y si a la alegría este año no le es posible celebrar la Navidad, sí lo hará la felicidad que estará con nosotros, aunque nos toque estar solos, o no tan acompañados como otros años, o haya algún espacio vacío en la mesa. La felicidad es saber que los ausentes disfrutan ya —como difuntos y no muertos— de la Navidad del Cielo, y nos permitirá que el corazón sonría aunque los ojos insistan en nublarse con las lágrimas del recuerdo; la felicidad nos hará sonreír sabiendo que nuestro recuerdo se junta en algún momento con ese familiar o amigo que está en el hospital, aunque esté en la UCI, porque es lo que tiene la ¿«magia»? de la Navidad. No, no es magia, es «Su» presencia. La felicidad consiente celebrar que todo un Dios se hizo Niño para compartir nuestra vida desde el principio pasando, incluso, más infortunios que muchos de nosotros. Y esta es la gran felicidad… ¡Dios se hace como nosotros, de carne y hueso! Decía Václav Havel que «la tragedia del hombre moderno no es que sabe cada vez menos sobre el sentido de su propia vida, sino que se preocupa cada vez menos por ello». No permitamos que pase eso.

Probablemente esta Nochebuena sea de las más largas de los últimos años, porque estamos necesitados de luz y ansiaremos que amanezca la mañana del día de Navidad. Sin embargo, descubriremos que más que la luz nos visitará la Luz, y dejará sus regalos que son la compasión, la fe, la esperanza, el verdadero sentido de la vida… La alegría podrá tardar más o menos en regresar a nuestra vida; pero creamos con todo nuestro corazón que la felicidad está presente esta Navidad, y que podremos celebrarla muy cristianamente con nostalgia y con lágrimas; las presencias ausentes y los espacios vacíos nos recordarán la felicidad pasada y el recuerdo la hará realidad; porque nuestra vida tiene sentido en la dicha y también en la desgracia.

¡Feliz Navidad! De todo corazón os la deseo y pido a Dios que amanezca pronto para ver la Luz. ¿Alegría no? ¡Pues a vivir la felicidad!

Por Cristina Inogés

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