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“Alégrese también nuestra Santa Madre la Iglesia”, por Julián López, obispo de León

 “Alégrese también nuestra Santa Madre la Iglesia”, por Julián López, obispo de León

Queridos diocesanos:  ¡Feliz Pascua Florida! Que la alegría de Jesucristo Resucitado llene vuestros corazones y llegue a todos los ámbitos de vuestra vida, a vuestras casas, a vuestras calles y a vuestros pueblos. Os lo deseo con las palabras del pregón pascual: “Exulten por fin los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo, y por la victoria de Rey tan poderoso que las trompetas anuncien la salvación. Goce también la tierra, inundada de tanta claridad, y que, radiante con el fulgor del Rey eterno se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero. Alégrese también nuestra santa madre la Iglesia revestida de luz tan brillante”.

Como sabéis, en el centro del año litúrgico se encuentra el triduo santo de Jesucristo muerto, sepultado y resucitado, correspondiendo cada uno de estos aspectos del misterio de la Pascua del Señor a uno de los tres días: viernes santo, cuando Cristo muere en la Cruz, sábado cuando reposa en el sepulcro en la espera de la resurrección, y domingo cuando se levantó vivo y glorioso para comunicarnos la vida nueva en el bautismo y en los demás sacramentos. Pues bien, en la noche del sábado al domingo, cuando “solo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos”, se enciende la luz de innumerables cirios pascuales en las manos de los que permanecen despiertos para celebrar la victoria de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado, de la luz sobre las tinieblas. Esa luz, luz de Cristo como proclama un diácono o presbítero, representa a quien ha iluminado e ilumina a la humanidad venciendo para siempre nuestros miedos, nuestras huídas, nuestras infidelidades.

Ya en el alba y durante el domingo de Pascua de Resurrección resuenan con fuerza las palabras que asombraron a las mujeres, María Magdalena y la otra María que fueron al sepulcro de madrugada, desconsoladas y tristes por la pérdida de su Maestro, y les salió al encuentro un ángel que removió la piedra del sepulcro y, dirigiéndose a ellas, les dijo: “No temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí. Ha resucitado como había dicho…” (Mt 28, 5-6). Desde aquella mañana, estas palabras siguen resonando en todo el mundo como un anuncio gozoso y perenne, que atraviesa los siglos impregnado a la vez de infinitos y siempre nuevos ecos.

Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, semejante en todo a nosotros excepto en el pecado y que murió realmente, no podía permanecer en el sepulcro bajo el dominio de la muerte porque la tumba no podía esconder al que es la fuente misma de la vida. La muerte apenas logró retenerlo dos días porque al tercero resucitó como había dicho. En efecto, del mismo modo que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo, también Cristo quedó sumido en el seno de la tierra antes de volver a la vida transformado y glorioso para nunca más morir, garantizando así la esperanza de nuestra propia resurrección, anunciada y misteriosamente anticipada en nuestro bautismo.

Este es el motivo gozoso que debemos celebrar no solamente el domingo de Pascua sino durante los cincuenta días del tiempo pascual que culminan en la solemnidad de Pentecostés. Por eso alegrémonos todos y procuremos vivir como resucitados e hijos de la luz. ¡Feliz Pascua Florida! Verdaderamente ha resucitado el Señor. ¡Aleluya!

+ Julián, Obispo de León



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