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Alcance y perspectivas del histórico encuentro entre Francisco y Kiril – editorial ECCLESIA

Alcance y perspectivas del histórico encuentro entre Francisco y Kiril – editorial ECCLESIA

La pasada semana esta misma página Editorial de ecclesia se congratulaba con el importante y significativo anuncio de la participación del Papa Francisco, el próximo 31 de octubre en Suecia, en un acto conmemorativo ante el quinto centenario de la reforma luterana. Hoy estamos ante un acontecimiento aún mayor, ante un hito -ecuménico y no solo ecuménico- de verdadero calado histórico. Nos referimos, claro está, al encuentro de este viernes 12 de febrero de 2016 –citamos completa la fecha porque es una fecha, repetimos, para la historia- entre el Papa Francisco y el Patriarca Kiril, entre el Obispo de Roma y pastor supremo de la Iglesia y el Obispo de Moscú y de todas las Rusias.

         El cristianismo establece sus estructuras eclesiásticas y jerárquicas en Rusia en el año 988, con la conversión del príncipe Vladimir de Kiev. Nacida e insertada en la órbita de influencia del Patriarcado de Constantinopla, se desgajó también del catolicismo en el año 1054. Iglesia metropolitana autocéfala desde 1488, en 1589 se convierte en Patriarcado, en la práctica independiente –más que autónomo, al menos, y no siempre en buena sintonía- del Patriarcado de Constantinopla. En el año 1700, el zar Pedro el Grande lo eliminó, creando a cambio el Santísimo Sínodo Gobernante. Finalmente, en 1917, Lenin, a pesar de que también promovió grandes persecuciones contra los cristianos rusos, permitió la restitución del Patriarcado, que actualmente es una de las catorce Iglesias autocéfalas de la Ortodoxia y la más numerosa de todas ellas con más de la mitad de los cerca de 300 millones de cristianos ortodoxos existentes en todo el mundo.

Desde estos apresurados  y esenciales apuntes históricos, creemos que se puede calibrar mejor el alcance de la reunión entre Francisco y Kiril, máxime teniendo, además, en cuenta que es la primera vez en medio milenio y, por extensión desde 1054, que un Obispo de Roma y un Obispo de Moscú se encuentran, se abrazan y firman una declaración conjunta. La cita, pues, del 12 de febrero de 2016, en La Habana, es de características similares y significado tan hondo como la cita en Jerusalén, el 5 de enero de 1964, entre Pablo VI y Atenágoras, el entonces patriarca ecuménico de Constantinopla. Y es que y a pesar de los grandes esfuerzos y desvelos empleados con insistencia y por todos los medios posibles por Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, un encuentro como el de ahora entre Francisco y Kiril no había podido producirse. A punto estuvo de lograrlo san Juan Pablo II en 1997 en Austria como anfitriona, pero, a última hora, Alexis II, entonces patriarca ruso, no lo consideró oportuno.

         ¿Por qué ahora sí? Porque quien siembra, recoge, porque, con palabras teresianas, la paciencia todo lo alcanza… Y porque -entrando ya en valoraciones más “humanas”- las personalidades de Francisco y Kiril lo permiten; y por, al menos, otras dos poderosísimas razones. La primera es lo que el Papa actual denomina “el ecumenismo de la sangre”, esto es, la persecución a los cristianos, sobre todo, en Oriente Medio –singularmente en Siria la Iglesia ortodoxa rusa tiene gran presencia- y en África, donde el patriarcado quiere abrirse paso y las franquicias africanas del yihadismo terrorista asolan a los cristianos, sin importar su confesión concreta. Y la segunda razón, también apremiante, es la secularización y la descristianización de Europa, con  las dos realidades aunadas: secularización interna y externa y descristianización social y cultural.

         Al encuentro de La Habana se llega también gracias al trabajo, una vez más magnífico, de la diplomacia vaticana, la cual, a su vez y de la mano y del carisma de Francisco, abre un nuevo puente de diálogo y de encuentro con Cuba, país donde la Ortodoxia está abriendo caminos nuevos. Además, dicen que la cita en La Habana, que se produce en un momento muy delicado y hasta de aislamiento en las relaciones internacionales de Rusia, podría servir para que Francisco mediara al respecto ante Occidente. De ser así, miel sobre hojuelas.

         ¿El resto? Si es de todo punto evidente que las relaciones entre la Iglesia católica y el Patriarcado de Constantinopla han mejorado tan notable y alentadoramente desde aquel 5 de enero de 1964, es lógico que así suceda también ahora. Toda la humanidad, y no solo catolicismo y ortodoxia rusa, lo necesitan y se beneficiarán. Deo gratias!

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