Al abrir la puerta

Alabar. Bendecir. Predicar.

La psicología y la pedagogía han estudiado cómo las palabras nos influyen y nos ayudan o nos perjudican hasta el punto de transformar nuestra manera de vernos a nosotros mismos y nuestra manera de ver el mundo. Es la performatividad del lenguaje. Es la programación neurolingüística. Somos palabra, estamos hechos de palabras, las palabras construyen el mundo, las palabras nos construyen a nosotros mismos con lo que decimos y con lo que nos decimos. La Palabra se hizo carne. La Palabra prende fuego al mundo. La Palabra es puerta de encuentro con Dios. ¿Cómo creer si nadie nos habla? ¿Cómo ser sin palabras?

Nuestros políticos lo saben bien y de ahí todo lo relativo a la corrección política, el lenguaje inclusivo, y demás. Y también saben bien cómo defender, orientar, dirigir y controlarnos a los españolitos de a pie con la palabra. Entre el discurso y la demagogia hay una delgada línea que se cruza mucho, que se obvia demasiado, que se mide tantas veces por las propias ideas, que nos ciega con excesiva frecuencia.

Y es que el ambiente en el país está bronco. Se dicen palabras gruesas, se azuzan fuegos, se polarizan posiciones.

Hay que reconocer que la indignación hace mella y que muchas de las situaciones que estamos viviendo a uno le condicionan y le encienden, y casi sin querer, se suma a la espiral del lenguaje como arma.

Hay algo de legítimo en ese querer sumarse a la defensa de ideas, planteamientos y batallas culturales, con el lenguaje. Máxime cuando no tenemos los ciudadanos otros espacios para tratar de influir en quienes nos gobiernan. En la fachada del rectorado de la Universidad de Salamanca, que fue casa de Unamuno, aparece el lema que tomó el famoso rector como moto de vida: “Antes la Verdad que la Paz”.

Después, en el silencio, piensa uno en que la bronca sólo genera bronca. Que el enfrentamiento voraz esconde también la verdad. Que tendría que haber otros modos de firmeza distintos que el verbo grueso para hacer frente al abuso y la mentira y la manipulación. Que otros modos de hablar, sin caer en el buenismo inane y permisivo, han de darse.

El evangelio, como siempre, es buena guía para eso. Jesús habla de otro modo, usa la palabra de otra manera. Sin caer en la agresión, muestra firmeza, trasluce verdad sin renunciar a la paz. Si he faltado en algo, dime en qué.

Uno de los lemas de la Orden de Predicadores es “Alabar, Bendecir, Predicar”. Tres verbos centrados en la Palabra. En usar las palabras de otro modo. En construir el mundo de otro modo, a través de la Palabra.

Alabar lo justo, lo bueno, lo hermoso, lo positivo, lo que de recto, cierto y verdadero se dice, sea donde sea. Lo diga Agamenón o su porquero. La verdad es verdad venga de donde venga. La diga quien la diga. Alabar es mirar con ojos de amor y que las palabras lo constaten.

Bendecir es decir bien de alguien, de algo, es desear que Dios diga bien de alguien, de algo, lo mire con bondad, con amor, con cuidado. Bendecir es que el amor sea guía de las palabras.

Predicar es recordar, orientar, guiar, exhortar, reconvenir, enseñar, mostrar el mensaje del evangelio de amor, de perdón, de justicia, de verdad.

Urge recuperar otra palabra. Otro lenguaje. Que no renuncie ni a la verdad ni a la paz. Que no caiga en el buenismo pero que no ceda a deshumanizar al otro. Urge alabar, bendecir y predicar.

Fr. Vicente Niño Orti. @vicenior

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