Al inicio de un año, por el arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez Plaza
Carta del Obispo Iglesia en España

Al inicio de un año, por el arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez Plaza

Al inicio de un año, por el arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez Plaza

El ser humano y su vida necesita un ritmo, y es el año el que nos lo da. Y ello ya desde la creación. Y posteriormente por medio de la historia de salvación que la fe presenta en el trascurso del año. Ese libro bíblico inquietante y sugestivo que es el Eclesiastés lo dice con precisión: “Todo tiene su momento y todo cuanto se hace debajo del sol tiene su tiempo. Hay tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado… tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de lamentarse y tiempo de danzar” (Ecl 3, 1ss).

Como cristianos nos interesa el año civil en el trascurso nuestra vida en la sociedad en que estamos; pero nos interesa incluso más el Año litúrgico, que nos permite medir la historia entera de la salvación con el ritmo de la creación. De este modo, se puede ordenar y limpiar todo lo que de caótico pueda tener nuestro ser. El Año litúrgico nos permite, en efecto, conmemorar en la celebración de nuevo la gran historia de la salvación. Todas las fiestas del año eclesiástico-litúrgico son acontecimientos del recuerdo de lo que Dios ha hecho por nosotros y, por lo mismo, se convierten en sucesos de esperanza. De este modo también, los grandes recuerdos de la humanidad se convierten en recuerdos personales de la propia historia de la vida. No hay duda de que cada uno de nosotros podría contar su propia historia de lo que para su vida significan los recuerdos de las fiestas navideñas, pascuales o cualquier otra.

De cualquier modo, en lo relativo al tiempo, a la suerte y el destino humano, es bueno considerar lo que dice el Salmo 16 (15), 5: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano”. El texto juega, por un lado, con la vieja imagen del cubilete y los dados con los destinos de los hombres, pero rechaza la idea pagana del destino que cada hombre tendría, pues, en ella el mundo es un juego de azar bajo la única ley de la casualidad. Pero la Biblia ha cambiado de arriba abajo esta intranquilizadora imagen.

Podríamos aceptar que existe la rueda de la fortuna, en la que se pueden hallar los destinos agraciados y los fracasos. Ahora bien, esta rueda de la fortuna se halla “en tu mano” <la de Dios>, en las manos de la razón y del amor eternos. Éste es el indispensable supuesto, el único que permite al ser humano tener esperanza. Y el único destino desgraciado para él consiste en querer vivir fuera de “esa mano” de Dios. Podemos decirle al Señor: “En tus manos descansa mi tiempo”. Lo más interesante es que, de este modo, se pone de manifiesto que el tiempo del hombre no es simplemente el de las rotaciones del sol, la tierra o la luna.

Las palabras del salmo 16 (15), 5 nos exhortan a nutrirnos de ese tiempo. Como quiera que nuestro corazón no golpea el vacío, el tiempo del corazón se torna lleno de sol. Nuestro corazón descubre su verdadero compás cuando se pone en las manos de Aquel que tiene nuestro tiempo: en las manos de la razón eterna, que es amor eterno y, por ello, nuestra verdadera esperanza. Pongamos, pues, el nuevo año, el nuevo tiempo, nuestro futuro, en manos de Dios. Sí, el Dios eterno entró y permanece en el tiempo del hombre. Entró en él y permanece con él con la persona de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. Pero quien nos entrega a Cristo, nuestra esperanza, es siempre Ella, la Madre de Dios: María santísima.

Hermanos, se nos invita a mirar al futuro, y a mirarlo con esperanza, que es la palabra final del himno Te Deum: “Señor, Tú eres nuestra esperanza, no quedaremos defraudados eternamente”. Sí, ¡Señor Acógenos y bendícenos!

+Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo y Primado de España

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