Al abrir la puerta

Al abrir la puerta

Decía Chesterton que «una aventura es un inconveniente considerado positivamente, y un inconveniente, una aventura considerada incorrectamente», es decir, que casi cualquier situación que se nos presenta en la vida, puede convertirse en una aventura apasionante si cambiamos el foco y la manera de mirarla.

Tolkien en su famoso El Señor de los Anillos hace decir, en la misma línea de ideas, a uno de sus protagonistas: «Es muy peligroso cruzar la puerta. Vas hacia el Camino, y si no cuidas tus pasos no sabes hacia donde te arrastrarán…».

Los tratadistas medievales morales hablaban del pecado de Acedia, algo así como un estado de apatía vital, una especie de letargo, un estado de no preocuparse por nada, de abandonarse, de no importarle a uno nada, y menos que nada la posición o condición de uno en el mundo, todo lo cual podía conducir a un estado de incapacidad para realizar los deberes más básicos de uno en la vida, y quizás hasta de ser incapaces de apreciar la misma vida, lo que existe, ver sin interés ninguno nada de lo que sucede, negar pues en definitiva el valor de lo que nos rodea, reducir todo a un gris monótono, por no ser capaz de mirar detrás de las cosas. Hoy se relaciona con la depresión, pero Quevedo en sus Sueños del Infierno, coloca a la melancolía y la acedia como causas que llevaban al fracaso humano.

Hoy igualmente está muy presente esa insatisfacción vital apática que busca evadirse en el consumo, el entretenimiento y la evasión más superficial, como una de las notas más marcadas de nuestra civilización occidental. Fabrice Hadjadj relaciona eso con el fracaso de la modernidad. En su planteamiento, al haber negado este mundo posmoderno, tecnológico, globalizado, pluralista, economicista, consumista, comodón, presentista y emotivista, la trascendencia, el misterio, lo sagrado, la presencia de Dios, la razón y el sentido en el mundo, ha negado la misma humanidad, y con ella no solo los vínculos de comunidad, sino casi que ha negado la misma existencia, por eso se aboca a lo transhumano, incapaz de valorar cuanto le rodea, lo natural, lo que existe, se convierte en incapaz de ver el fascinante regalo de cada día, y busca una huida infantil en lo tecnológico. Una huida hacia la nada.

Y es que todo lo que nos rodea es susceptible de convertirse en una fascinante oportunidad de recorrer la vida. Frente a la tentación de la nada, diría el recientemente fallecido Roger Scruton, está la apuesta por la maravilla de lo de siempre, el amor a lo que crece, vive, existe y tanto ha costado construir, descubrir y valorar, el amor por lo cotidiano. Abrir la puerta como el acto cotidiano para salir y entrar se convierte en una inmensa fuente de oportunidades. Salir a la calle, o regresar a casa, entrar en otros lugares, encontrarnos personas, situaciones, objetos, hechos, noticias, desde lo más pequeño y sencillo hasta lo más extraordinario, es así una aventura en potencia. Lo cotidiano es siempre una puerta que abre a mucho más.

Al abrir la puerta –esta columna de opinión que pretende ser una mirada semanal a lo cotidiano- pretende pues abrir los ojos a lo diario que nos haga reflexionar, contemplar, buscar, observar la realidad de cada día, esa experiencia de asombro que mezcla humor, amor, inteligencia, ternura, hondura y tras la que los creyentes buscamos el rostro de Dios.

Decían los antiguos que el primer paso hace la mitad del camino, y ante el vértigo de comenzar una columna de opinión nada menos que en Ecclesia, la revista de la Conferencia Episcopal Española, siente uno la responsabilidad de comenzar el camino con buen pie. Decían también los antiguos que de bien nacidos es ser agradecidos, y quizás es la mejor manera de comenzar en esto, dando las gracias. Gracias a quienes me ofrecen este espacio y gracias desde luego a los lectores que vayan llegando.

El primer paso pues está dado.  Abran la puerta conmigo semana a semana, para mirar al mundo con los ojos de la sorpresa, el amor y la aventura, para buscar el misterio que se esconde tras lo cotidiano, para buscar el fascinante rostro de Dios.

Fray Vicente Niño Orti, OP

Print Friendly, PDF & Email