Opinión

Agua y cambio climático, por Fernando Chica

Con el lema «Agua y cambio climático», este 22 de marzo se conmemora el Día Mundial del Agua, convocado por las Naciones Unidas. Esta iniciativa se enmarca en el Decenio Internacional para la Acción «Agua para el Desarrollo Sostenible» (2018-2028), que la Asamblea General de la ONU proclamó dentro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030, buscando así acelerar las iniciativas encaminadas a hacer frente a los desafíos relativos a los recursos hídricos.
El cambio climático es una realidad compleja, como incisivas son también sus consecuencias sobre el ciclo del agua en el planeta. Entre ellas, voy a referirme al deshielo, al aumento del nivel del mar, a las sequías y al efecto de las anomalías hídricas sobre el acceso de la población al agua.
Si pensamos en el deshielo, es fácil que lo primero que nos venga a la cabeza sean los polos norte y sur. Pues bien, un reciente artículo científico muestra que, entre 1992 y 2017, Groenlandia y la Antártida han perdido 6,4 billones de toneladas de hielo, y que lo hacen a un ritmo creciente: el deshielo ahora es seis veces mayor que el de hace 30 años. Pero no es solo un problema de las zonas polares. Los glaciares del Himalaya, por ejemplo, pierden medio metro cada año (mientras que en el periodo 1975-2000 perdían unos 25 centímetros anuales). Los informes resaltan, además, que estos cambios afectarán más a las personas con menos recursos de la región: de los 250 millones de personas que viven en las montañas del Himalaya, aproximadamente un tercio subsiste con menos de dos dólares al día y alrededor del 50% padece algún tipo de desnutrición. Situación semejante podemos encontrar en los Andes peruanos, que acogen al 90% de los glaciares tropicales del mundo; desde 1962 hasta la fecha, se han derretido más de 1.300 kilómetros cuadrados de glaciares, la mitad de su superficie helada.
Un efecto del deshielo es el incremento del nivel del mar. Mientras que los datos geológicos hablan de un aumento aproximado de 0,2 milímetros por año en los últimos tres milenios, entre el año 1900 y el 2016 el ascenso acumulado ha sido de unos 20 centímetros. Y, de nuevo, la tendencia se va acelerando: ocho centímetros en los últimos 23 años. Actualmente, más de 6 millones de personas viven en zonas costeras vulnerables al aumento del nivel del mar, pero conviene recordar que el 40% de la población mundial vive a menos de 100 kilómetros de la costa. Gran parte de estas personas se ven aquejadas por serias carencias y no tienen recursos para encararlas debidamente. Los estudiosos indican que hay una correlación directa entre la pobreza de las familias y el riesgo de verse afectadas por la inundación.
Otro de los efectos del cambio climático y del calentamiento global es la alternancia de situaciones extremas y anómalas. Un ejemplo llamativo tuvo lugar en 2008 en la India, cuando se desbordó el río Kosi, más allá del Himalaya, provocando más de tres millones de desplazados. Diez meses después, la India experimentó el mes de junio más seco en 80 años, por lo que millones de campesinos no pudieron sembrar sus cultivos. En los últimos años, ha habido sequías importantes en Afganistán (la de 2018 provocó el desplazamiento de 260.000 personas), en el Cuerno de África (que ha sufrido cuatro severas sequías en lo que llevamos del siglo XXI) y en Sudáfrica, que en 2018 tuvo que lanzar un SOS para mantener in extremis el suministro de agua en Ciudad del Cabo.
Todos estos ejemplos muestran la íntima relación entre el cambio climático y la crisis de agua que sufre el planeta. Hay que mencionar también los numerosos conflictos suscitados en este ámbito y la amenaza que suponen los procesos de privatización del agua, que dificultan su acceso a la población. Lo denunciaba el Papa Francisco: «Mientras se deteriora constantemente la calidad del agua disponible, en algunos lugares avanza la tendencia a privatizar este recurso escaso, convertido en mercancía que se regula por las leyes del mercado. En realidad, el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal» (Laudato Sí, n. 30).
En todo esto, debemos tener siempre en la mente y en el corazón las grandes desigualdades existentes en nuestro planeta.
Según datos de la Organización Mundial de la Salud y de UNICEF, en todo el mundo, alrededor de 3 de cada 10 personas, o 2.100 millones de personas, carecen de acceso a agua potable y disponible en el hogar; el 60% de la población mundial, unos 4.500 millones, carecen de un saneamiento seguro. Anualmente, en nuestro planeta, se producen unos 1700 millones de casos de enfermedades diarreicas infantiles. En concreto, la diarrea es la segunda causa de muerte de niños menores de cinco años: 525.000 cada año. Son cifras que no admiten la indiferencia.
La dureza y amplitud de la crisis que estamos viviendo no puede encerrarnos en nosotros mismos ni hacernos olvidar que hay innumerables hermanos nuestros que llevan tiempo sumergidos en lacerantes penurias de las que no pueden librarse por ellos mismos. La hora presente pide un suplemento de generosidad, una caridad llevada al extremo que recuerde que tener agua y comida es un derecho primario que no permite exclusiones. La alimentación y el acceso al agua son «derechos universales de todos los seres humanos, sin distinciones ni discriminaciones» (Benedicto XVI, Caritas in Veritate, n. 27). Conseguir la plena realización de este derecho, hoy por hoy, sigue siendo un gran reto que requiere ser afrontado. Por eso, el Día Mundial del Agua es una buena ocasión para tomar conciencia de ello y para crecer en solidaridad con quienes más sufren dramas tan dolorosos e inicuos como la escasez del agua o el flagelo del hambre.

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