Adviento 2018 Especiales Ecclesia

Adviento, por Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo

Adviento, por Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo

Leí hace ya muchos años que es bonito caer en la cuenta de que vivir es casi lo mismo que esperar. Podemos hacer la prueba nosotros mismos: quitamos de nuestra mente todo lo que sea proyectar y preparar lo que está delante del momento presente, y nos quedamos sin previsiones, sin deseos, casi sin razones para vivir. La vida sin esperanza es una vida bloqueada, cautiva, derrotada. Es una vida sin relieve, aburrida. En cambio, una vida esperanzada es una vida abierta, que supera la caducidad de cada momento y se afirma continuamente con la fuerza creadora de la libertad y del deseo, mirando hacia adelante. Ejemplos de estos dos modos de vida vemos continuamente entre nosotros. Y, ¡cuánto cuesta levantar el ánimo de personas que se no ven aliciente para vivir!

Hoy es ya el segundo domingo de Adviento, tiempo de esperanza. Los que tenemos la suerte de creer en Dios y de contar con Él en nuestra vida, vivimos siempre con una gran esperanza por delante. Es más, creyendo en el Dios vivo los hombres aprendieron a esperar. Los que creyeron en Dios y se fiaron de Él esperaron primero lo que el Señor prometía, que aclaraba los enigmas fundamentales de la existencia en el Antiguo Testamento. Y una vez que con Jesús de Nazaret llegó el Mesías, seguimos esperando que todo lo que se manifestó en Él se cumpla también en nosotros. Es verdad, la relación nuestra con Cristo no es un frío contacto; es tal que los misterios de su vida, es decir, lo que en su vida de Hijo de Dios y de Hombre verdadero aconteció, pueden suceder también en nuestra existencia hoy. Esto es posible porque sus acciones salvadoras –sobre todo su muerte y resurrección, pero también su nacimiento y su última venida- no son agotadas: la fuerza de su resurrección es inagotable.

Quiere esto decir que no esperamos ahora, en Adviento y Navidad, sin saber qué nos va a pasar. Sabemos qué esperamos: el encuentro con Jesucristo. Aunque nuestra vida terrena se gaste y se desmorone, estamos convencidos de que hay mucha vida por delante: tenemos abiertas las puertas de la inmortalidad, al vivir más intensamente, creciendo en la vida, en el amor, en la fraternidad, en el servicio en las buenas obras. Lejos de nosotros el pesimismo, porque el mundo puede cambiar y mejorar, pero esperando desde dentro de nosotros, con la fuerza de Dios y nuestro esfuerzo personal. Les recomiendo para estos días antes de Navidad que lean despacito, en la Carta a los Romanos, el capítulo 8, en la Carta a los Efesios, los capítulos 1-2 y, en la Carta a los Colosenses, los capítulos 2-3. Todos hablan de la esperanza cristiana, y en ellos verán cómo se descubre hoy la actualidad y la vivacidad de la esperanza.

Claro está: esta esperanza cristiana no sucede cuando nos dejamos dominar por las cosas de este mundo, o cuando solo las diversiones llenan nuestra vida de la mera diversión o el juego, o cuando solo el trabajo absorbe nuestro interés. Fácilmente perdemos entonces el horizonte de Dios y las verdaderas dimensiones de nuestra vida. Quien vive sin Dios termina viviendo sin esperanza, sometido al engranaje anónimo de la vida sin sentido ni dirección. Es la fe la que cura la desesperanza. Y quien espera tiene así razones para luchar, porque los bienes que esperamos alcanzar, y de los que ya gustamos, nos hacen amables las duras horas del trabajo o de los sinsabores. Mi convicción es que vale la pena vivir, porque cada día pregustamos la felicidad que esperamos conseguir. En la tierra y en el cielo.

Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo, Primado de España

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