Adviento 2013 Carta del Obispo

Adviento; o como Dios se muestra “mu acercao”

amadeo-rodriguez-magro

No sé si se me amontonan más las ideas o los sentimientos. Ojalá fueran las dos cosas, porque así podría mejor hilar lo que quiero compartir con vosotros al comenzar el tiempo de adviento. Por cierto, aunque me pueda desviar por otros derroteros, no quiero dejar de deciros que mi intención no es otra que invitaros a que os situéis ante “EL QUE VIENE”, el Hijo de Dios Niño y a la vez Resucitado. No obstante, no entraré en muchos detalles, porque estoy convencido de que eso lo van a hacer vuestros párrocos y lo vais a reflexionar en comunidad en cada una de vuestras parroquias.

Yo voy a intentar ayudaros a actualizar el adviento en el hoy de nuestra fe y de nuestra vida cristiana y siempre mirando a nuestra responsabilidad en el mundo. Si puedo, lo voy a hacer con el Papa Francisco, que acaba de darnos unas pistas preciosas con las que aproximarnos a este misterio de espera y esperanza. Francisco lo hace, como es propio de él, con sencillez, audacia y esencialidad evangélica, no exenta de una sorprendente lucidez y también de una gran carga de belleza. Y lo hace, sobre todo, con cercanía. Es así como lo ve la gente sencilla del pueblo cristiano. Como me decía hace unos días la señora Petra en un pueblo de El Valle del Jerte; “El Papa Francisco es “mu acercao”. Hermosa y certera percepción, ¿verdad? Percepción, en efecto, que se hace evidente en la Exhortación Apostólica La Alegría de la fe. El Papa tiene la virtud de hacernos entender que el verdaderamente “acercao” es el mismo Dios, en su Hijo Jesucristo.

Esa cercanía se refleja en todos los misterios de su vida, pero se hace patente de un modo especial en el tiempo que va desde su Encarnación a su Nacimiento, o lo que es lo mismo, el tiempo que pasó en las entrañas purísimas de María. Nunca el Hijo de Dios estuvo más cerca de nosotros que en la gestación del corazón y del vientre de María. Y lo mejor de todo es que esta memoria de la encarnación de Cristo en la historia, sucedida en un tiempo ya muy alejado del nuestro, sigue siendo una historia que se renueva por el misterio de una vida que terminó siendo vida para el mundo, vida nuestra, vida de cada uno de nosotros.

La encarnación, que ahora conocemos y celebramos como redentora, se gesta en nuestras vidas por la escucha de la Palabra, por la celebración que actualiza en el altar el amor redentor de Cristo y, por supuesto, por el amor que pone en nuestros corazones, para que por él, con él y en él amemos a nuestros hermanos más débiles, pobres y humildes. El corazón y el vientre de su Madre María es ahora el corazón de cada uno de nosotros. De un modo especial la cercanía de ese Dios “mu acercao” la podemos sentir si seguimos las huellas de la Palabra de Dios que nos va a llevar por los caminos del adviento, esos en los que preparamos los caminos del Señor, nos abrimos a su llegada y le esperamos con gracia, paz y alegría. Con el amor que él trae en su venida y la pasión que nosotros pongamos en esperarlo se puede producir un encuentro que haga maravillas en nuestra vida.

En efecto, seríamos muy poco concretos si no viéramos el adviento como un gran reto personal, y también pastoral; es decir si el adviento no provoca nuestra conversión y si no proyecta nuestro futuro. El adviento es para que se produzca navidad, para que nazca Jesucristo en nosotros y en el mundo. De ahí que sería muy conveniente que durante este tiempo de gracia diéramos cada uno de nosotros y nuestras comunidades cristianas los pasos necesarios para que esto suceda. Son pasos, eso sí, que tienen su primer impulso en el amor de Dios, que le pone ritmo divino a nuestros tránsitos humanos, y por eso siempre nos han de llevar a servir a nuestros hermanos.

El Papa Francisco nos acaba de dar las pautas de este caminar en un adviento que se ha de convertir en navidad. Nos dice que el camino se hace con Jesús que nos “primerea”, para llevarnos al encuentro de aquellos a los que él quiere llegar el primero, los excluidos de la tierra; se hace con Jesús que nos “involucra”, para que pongamos gestos concretos de vida, dignidad y justicia en su carne sufriente en los pobres de alma y de cuerpo; se hace con Jesús que nos “acompaña” en nuestro proceso de conversión, para que sepamos esperar y comprender con misericordia y cercanía el camino de cuantos le buscan y quieren volver a él; se hace con Jesús que nos hace “fructificar” como sarmientos unidos a él, que es la vid, con frutos que siempre consistirán en dar la vida en favor de los demás; se hace con Jesús que nos enseña a “festejar” cada paso adelante en el crecimiento de nuestra fe, para ser testigos ante los demás de la alegría desbordante del Evangelio.

Este hermoso proyecto de vida se consolida en la espera del adviento, que no es un paréntesis sino una forma de vivir siempre abiertos al futuro. En realidad un discernimiento responsable en el adviento forja y enriquece el futuro, como hemos dicho: hace de la vida navidad.

Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro – Obispo de Plasencia

 

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