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Adolfo Nicolás, un hombre «sabio, humilde y libre»

Hoy 20 de mayo ha fallecido en Tokio, a los 84 años, el sacerdote español Adolfo Nicolás Pachón, exprepósito general de la Compañía de Jesús y vigésimo noveno sucesor de San Ignacio de Loyola, informa la Curia General de la Compañía. En la carta en la que da cuenta del deceso, su sucesor y actual superior general, el venezolano Arturo Sosa, lo define como «un hombre del Evangelio», y dice que ha sido «una bendición haberlo conocido». «Un hombre sabio, humilde y libre; entregado al servicio de modo total y generoso; conmovido por los que sufren en el mundo, pero a la vez rebosante de la esperanza que le infundía la fe en el Señor Resucitado; excelente amigo, de los que aman la risa y hacen reír a otros», subraya.

Nicolás fue elegido prepósito el 19 de enero de 2008, en la 35º Congregación General. Sucedió al holandés Peter-Hans Kolvenbach y dirigió la Compañía durante ocho años, hasta el 3 de octubre de 2016. Fue, tras el Padre Arrupe y el propio Kolvenbach, el tercer general que dejó el cargo en vida en cuatro siglos y medio de historia.

Un corazón asiático

Hijo de militar, había nacido en la localidad palentina de Villamuriel del Cerrato el 29 de abril de 1936, y era el tercero de cuatro hermanos, todos ellos varones. Estudió Filosofía en Alcalá de Henares (Madrid) y Teología en Tokio. Fue en la capital del Japón, a la que llegó en 1964 con apenas 18 años, donde se ordenó sacerdote. Ello ocurrió en 1967. En el país del sol naciente fue profesor de Teología Sistemática en la Universidad Sofía de Tokio (1971), rector de la casa de formación (1991-1993) y provincial (1993-1999), dedicándose igualmente al trabajo social con emigrantes.

Durante diez años vivió en Filipinas, donde se desempeñó como director del Instituto de Pastoral de Extremo Oriente (EAPI) y como presidente de la Conferencia de Provinciales de Asia y Oceanía (2004-2008). Tras dimitir en 2016 como prepósito general, volvió a Manila, donde ejerció como director espiritual en el EAPI y en la Residencia Internacional Arrupe. El EAPI, que él dirigió entre 1978 y 1984, ha sido un organismo clave en la renovación eclesial posterior al Vaticano II en Asia, y en él se han formado gran parte de los obispos de este continente.

Políglota consumado, Nicolás hablaba inglés, francés, japonés, italiano, latín y griego, además de español. Era, además, un enamorado de Asia, continente que conocía muy bien y donde pasó gran parte de su vida.

Su elección como general fue, en cierto modo, una sorpresa, pues su nombre no figuraba en la «quiniela» de favoritos. La designación fue interpretada como una puesta al día de la Compañía de Jesús: un corazón asiático para una época en la que el mundo mira cada vez más hacia aquel continente, en el que viven y trabajan casi un tercio de los 19.000 hijos de San Ignacio.

«Se ha dicho que soy tipo Arrupe, tipo Kolvenbach, e incluso mitad y mitad, y no me extrañaría que alguien dijera que tengo un 10% de Elvis Presley», bromeó por entonces el que ha sido el séptimo general español de la Compañía en toda su historia, tras el propio San Ignacio (1441-1556), Diego Laínez (1558-1565), San Francisco de Borja (1565-1572), Tirso González (1687-1705), Luis Martín (1892-1906) y el ya citado Arrupe (1965-1983). «No soy Arrupe y no soy Kolvenbach», añadió antes de reconocer que lo que lo definía realmente era su mirada a Asia, un continente —dijo— que «me ha cambiado para bien».

«Universalidad» y «profundidad»

El Padre Arturo Sosa ha recordado hoy su estilo personal de ejercer la autoridad —«lleno siempre de calidez, bondad y alegría»— y las dos palabras que le definían y que repetía constantemente para impulsar a la renovación de la Compañía: «universalidad» (de la vocación y misión) y «profundidad» (espiritual e intelectual).

Quizá el mejor modo de recordarle —ha dicho el actual prepósito general— sea con la oración que compuso en 2011, tras unos ejercicios espirituales con su Consejo General. Surgida de su meditación personal sobre la pesca milagrosa que narra el capítulo 21 de San Juan, constituye —dice el Padre Sosa— «una excelente síntesis de su persona y de su espiritualidad» y evoca al «Adolfo más real: un hombre sabio, humilde y libre».

Es esta:

«Señor Jesús,

¿Qué flaquezas has visto en nosotros que te han decidido a llamarnos, a pesar de todo, a colaborar en tu misión?

Te damos gracias por habernos llamado, y te rogamos no olvides tu promesa de estar con nosotros hasta el fin de los tiempos.

Con frecuencia nos invade el sentimiento de haber trabajado en vano toda la noche, olvidando quizá que tú estás con nosotros.

Te pedimos que te hagas presente en nuestras vidas y en nuestro trabajo, hoy, mañana y en el futuro que aún está por llegar.

Llena con tu amor estas vidas nuestras, que ponemos a tu servicio.

Quita de nuestros corazones el egoísmo de pensar en “lo nuestro”, en “lo mío”, siempre excluyente y carente de compasión y de alegría.

Ilumina nuestras mentes y nuestros corazones, y no olvides hacernos sonreís cuando las cosas no marchan como querríamos.

Haz que al final del día, de cada uno de nuestros días, nos sintamos más unidos a Ti, y que podamos percibir y descubrir a nuestro alrededor más alegría y mayor esperanza-

Te pedimos todo esto desde nuestra realidad. Somos hombres débiles y pecadores, pero somos tus amigos.

Amén».

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