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Actitudes y expectativas ante la clausura del Sínodo sobre los jóvenes – editorial Ecclesia

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Actitudes y expectativas ante la clausura del Sínodo sobre los jóvenes

            Este domingo 28 de octubre, con una solemne eucaristía, el Papa Francisco clausura la asamblea sinodal dedicada, desde el pasado día 3, a los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional.  Ha sido una asamblea precedida por dos años de intensa preparación y consulta, con la innovadora iniciativa del Presínodo de los jóvenes, desarrollada en Roma hace siete meses.  Y ha sido una asamblea sinodal vivida y transmitida con serenidad, alegría, realismo y esperanza.

Además, y hablando con propiedad, lo que concluye no es el Sínodo, sino esta asamblea sinodal. Y ello porque, independientemente de las conclusiones y documentos de la clausura de la asamblea y de la eventual exhortación apostólica postsinodal del Papa, bueno será recordar que el Sínodo es camino, un camino, cuyo dinamismo interno requiere el que ahora, y en los próximos meses y hasta años, esta asamblea sinodal se haga vida, se haga también camino, en todas las diócesis e instancias de la Iglesia. Y ello, máxime aún después de la constitución apostólica Episcopalis communio, de la que ya hemos venido informado en ecclesia.

Por ello, la primera de las actitudes ante la clausura, este fin de semana, de la asamblea sinodal es tomar conciencia de que el camino ha de proseguir para seguir encarnándose en todo el pueblo santo de Dios.

En segundo lugar, toda la comunidad eclesial ha de afrontar y vivir el final de esta nueva asamblea sinodal con una renovada actitud de escucha y de receptibilidad.  Escucha y acogida, que, en semejanza a las reiteradamente demandadas, en todo este proceso sinodal, por el Santo Padre, ahora corresponde también vivir a la entera Iglesia.

De ahí, que nos equivocaríamos, si, por el motivo que fuera, antepusiéramos nuestros prejuicios o pareceres, por fundamentados que nos pudieran parecer, a la hora de acoger las conclusiones de la asamblea sinodal.  Mal actuaríamos igualmente si nuestras expectativas se situaran en realidades mundanas, ajenas a la identidad de la Iglesia y a la naturaleza misma de que es un Sínodo de los Obispos. Como errático sería también el cruzarnos de brazos, mirar para otro lado como si no hubiera pasado nada y dudar y hasta renegar, por un exceso de pragmatismo, escepticismo, indiferencia, derrotismo o acedia espiritual o pastoral, de los frutos de renovación y de revitalización que todo Sínodo conlleva en sí mismo.

La Iglesia no es un partido político, ni una confederación empresarial, social, sindical, ni un organismo al uso en nuestra sociedad. El Sínodo no es tampoco ni un parlamento, ni un consejo de ministros, ni un congreso de refundación y renovación de una instancia social, política, deportiva o económica. La Iglesia es misterio, comunión y misión. La Iglesia es una realidad divina (procede de Dios; Jesucristo es su único Señor; y el Espíritu Santo, su motor y guía) y también humana (formada por hombres y mujeres). Por ello, los parámetros del mundo aplicados a la Iglesia no funcionan. Y tampoco sus dinámicas de poder, de vencedores y vencidos, de transformaciones inmediatas o de marketing.

Fue precisamente la eclesiología del Concilio Vaticano II la que ahondó en la presentación de la Iglesia como misterio (esto es, la presencia de Dios que lo envuelve todo y da sentido a todo y que llega también a nosotros), como comunión (expresión de la comunión trinitaria, traducida  a la comunidad eclesial en unidad y pluriformidad con y bajo Pedro, con y bajo sus pastores, y manifestada mediante la colegialidad, la sinodalidad, la corresponsabilidad y la escucha y acogida mutuas) y como misión (la Iglesia no es para sí misma, sino para testimoniar y anunciar el amor, la misericordia y la salvación del Dios de Jesucristo). Y fue precisamente una asamblea sinodal de obispos, el sínodo extraordinario de 1985, convocado para conmemorar los veinte años de la clausura del Vaticano II , la que en su relación final insistió en la necesidad de vivir aunadamente esta  triple dimensión eclesial de misterio, comunión y misión.

Por todo esto, creemos que una buena actitud para acoger el Sínodo sobre los jóvenes –la pastoral juvenil y vocacional es para nuestra Iglesia el mayor de sus retos y desafíos- es hacerlo desde las anteriores reflexiones, desde los recién citados planteamientos eclesiológicos, desde la naturaleza de lo que es un Sínodo y desde la oración y la conversión. Porque sin ellas, todo se podría quedar en papel mojado.

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