Coronavirus Opinión

Acompañar en estado de alarma, por Isaac Martín

El estado de alarma en el que nos encontramos como consecuencia de la pandemia provocada por el COVID-19 no solo nos obliga a aislarnos en nuestras casas y a reducir el contacto con otros al mínimo imprescindible para cubrir nuestras necesidades básicas y garantizar el funcionamiento de los servicios indispensables; también nos ha llevado a prescindir de la celebración de la mayor parte de los sacramentos y a no poder participar en la Eucaristía. Lo uno y lo otro está provocando un inmenso sufrimiento a muchas personas, creyentes y no creyentes. En este contexto puede surgir en nosotros una clara tentación: la de centrarnos única y exclusivamente en cuidarnos y protegernos, olvidando a aquellos que más gravemente pueden estar sufriendo las consecuencias de esta crisis.
Ante esta realidad, resuena con fuerza la urgencia de potenciar uno de los itinerarios que han marcado el proceso seguido con motivo del Congreso de Laicos: el acompañamiento. Como muy bien puso de manifiesto en su ponencia Covadonga Orejas, acompañar es alentar la vida, esforzándose sostenidamente para mediar con otros con el fin de gestionar todas sus necesidades, materiales y espirituales, y afrontar las dificultades y crisis que se presentan en ella.
La situación que estamos viviendo no sóolo está haciendo que se acrecienten las necesidades ya existentes, sino que también está provocando que surjan con fuerza otras nuevas a todos los niveles. Frenar en seco el ritmo de vida, tener que prescindir de rutinas que precisamos en cuanto seres sociales, privarnos de la presencia de nuestros seres queridos o, sencillamente, perderlos, ver reducidos nuestros ingresos… sumados a la angustia y las vulnerabilidades que se derivan de todo ello constituyen nuevas dificultades que deben conducirnos como Iglesia a potenciar el arte del acompañamiento. No en vano, la Iglesia existe para evangelizar y, como nos recordaba la ponente en el Congreso, el acompañamiento es un modo privilegiado de evangelización.
Por ello puede afirmarse que el momento actual trae consigo una nítida llamada a hacernos presentes en las vidas de quienes pueden estar necesitando de nosotros. Ciertamente, ya lo estamos haciendo —obispos y sacerdotes, religiosos y fieles laicos; todos, en ejercicio de nuestra respectiva vocación—: escuchar, dialogar, estar, aún desde la distancia, alentar, ayudar, anunciar con todo ello a Jesucristo como Buena Noticia… son acciones que concretan la misión de acompañar la vida de nuestros hermanos a la que hemos sido convocados.
Pero no podemos quedarnos ahí. Tenemos la obligación de seguir discerniendo a la luz del Espíritu qué es lo que Dios nos está pidiendo en esta situación tan extraordinaria y cómo podemos hacer del acompañamiento un modo de ser creyente. Al fin y al cabo, acompañar es acoger la Vida y ayudar a que otros la acojan, esa misma Vida que se dio por nosotros en la Cruz en la primera Semana Santa de la Historia y se sigue ofreciendo hoy en día para abrir nuestra existencia a la eternidad.
No perdamos de vista esta perspectiva. Tengámosla particularmente presente en estos días —probablemente los más especiales de nuestra existencia—, siguiendo el modelo de nuestro Maestro, durante cuya vida pública situó en el centro precisamente a los más débiles y necesitados, acogiéndoles, escuchándoles, sanándoles, abriéndoles las puertas a una vida más plena.

Por Isaac Martín, miembro de la Comisión Ejecutiva del Congreso de Laicos y delegado de Apostolado Seglar de Toledo

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