Coronavirus Opinión

Acompañar, acompañar, acompañar…, por Gerardo Dueñas

El próximo 22 de este mes, celebraré —aunque sea virtualmente— con mi condiscípulos, Lorenzo, Javier y José Manuel, el décimo aniversario de nuestra ordenación. Han sido años muy ricos de experiencias pastorales, ministeriales y personales: parroquias, grupos, matrimonios, bautizos, coordinación de diversas áreas, medios de comunicación, etc.; sin embargo, si he de señalar algo que ha supuesto para mí —en palabras del Papa Francisco— una «conversión pastoral» es el regalo de acompañar a personas que sufren la enfermedad o que viven la ancianidad, en el hospital y en las residencias de mayores.

A lo largo de estas últimas semanas en las que todos hemos padecido, de un modo u otro, la pandemia causada por el COVID-19, han sido numerosos los medios de comunicación que nos han pedido entrevistas, mensajes, fotografías, para contar lo que estábamos viviendo y trabajando en los hospitales y en las residencias, y mi respuesta ha sido constante: «Estamos haciendo lo que siempre ha hecho la Iglesia, acompañar a quien sufre, acompañar escuchando, acompañar de modo creativo aprovechando las nuevas tecnologías, acompañar poniendo la esperanza cristiana en el horizonte, acompañar con la oración, con el silencio, con la presencia».

Quizá algunos piensan que nos ha tocado trabajar en el ámbito hospitalario somos héroes, pero la realidad es que me reconozco pobre, superado por la situación en los comienzos, con menos herramientas materiales y personales de las que hubiera necesitado, vulnerable al miedo y a la situación que vivimos. Pero desde esa pobreza, resuena en lo profundo una vez más la llamada a ser servidor, a seguir el ejemplo del Maestro que en la Cena se levanta, se ciñe la toalla y se pone a lavar los pies. Y por eso esa situación se ha convertido en un regalo: poder estar en primera línea —y, a la vez, en segunda sosteniendo a sanitarios, capellanes y otros profesionales—, para ser presencia de Dios en medio del sufrimiento y del dolor, para acompañar en nombre de la Iglesia a quienes están postrados y aislados en su habitación, a quien le duele el duelo por la muerte sin la despedida necesaria de un ser querido…

«Estar y acompañar». Estas dos palabras recogen la tarea de la Pastoral de la Salud. De modo especial en las residencias de mayores, que se han visto fuertemente golpeadas por esta pandemia, es nuestra tarea: la presencia y el acompañamiento.

El momento del ingreso hospitalario es crítico y agudo, pero habitualmente también breve: algunos días, a lo más unas pocas semanas: la pastoral ha de ser adaptada a esa circunstancia, por lo tanto. En las residencias la estancia, en cambio, es prolongada, al menos durante algunos meses, en ocasiones muchos años, y nuestra tarea de acompañamiento es en primer lugar de presencia. Estar. Compartir la vida y el camino de la ancianidad con quien Dios pone a nuestro lado, o quizá ser capaces de ponernos al lado de quien reside, más bien.

La presencia sencilla, desde nuestra vocación, es testimonio de la Presencia del Buen Padre Dios. Porque hay mucha soledad, soledad acompañada y, en este tiempo, soledad aislada.

En unos días, el próximo 17 de mayo, coincidiendo con el Sexto Domingo del Tiempo de Pascua, la Iglesia en España celebra la «Pascua del Enfermo», este año con el lema: «Acompañar en la soledad», motivadas con las palabras de Jesús: «Venid a mí los que estáis cansados y agobiado y yo os aliviaré». ¡Qué terrible pandemia: la soledad, agravada por el coronavirus! Como reza el título del comunicado de abril de 2020 del Dicasterio vaticano para los laicos, la familia y la vida, «En la soledad, el coronavirus mata más». Y esto ha sido, desgraciadamente, cierto, en tantas residencias de mayores.

Ahí la presencia de la Iglesia es ahora más importante que nunca. Se trata de acompañar tanta soledad, tanto sufrimiento, tanto duelo por familiares y compañeros residentes; se trata de acompañar para dar sentido, y para recordar que Dios nos acompaña siempre.

Acompañar a los residentes, mayores que necesitan hablar de lo que es importante para ellos, de su historia vital, de sus temores y sus amores. Y acompañar desde la buena noticia que es el Evangelio de Jesús, fuente de esperanza y de vida plena. Acompañar personalmente en la dimensión espiritual y en la religiosa; acompañar con los sacramentos cuando los podamos administrar, y acompañar de modo comunitario en el compartir la vida y la fe.

Acompañar a los cuidadores, auténticas manos de Dios —porque Él está de modo real presente en quien sufre y también en quien cuida—, que también sufren como consecuencia de la pandemia, de la soledad, de tantos duelos. No nos olvidemos de ellos: trabajadores que han hecho de su empeño laboral auténtica vocación, y que han estado y siguen estando en primera línea, dando lo mejor de ellos mismos, incluso sus propias vidas. En esta situación de crisis es momento único de acompañar también, agradecidamente, escuchando lo vivido, y ayudando a elaborar el duelo por la salud perdida, el miedo sufrido y el cansancio acumulado.

En la crisis somos capaces de una creatividad única, lo hemos visto estos días, por eso no tengamos miedo a nuevas presencias, a nuevas formas de acompañar, con la certeza de que Dios nos habla en la historia y en este momento de modo especial. Hemos de mejorar muchas cosas en el acompañamiento que prestamos desde los Servicios de Atención Espiritual y Religiosa de las residencias de mayores —es justo reconocerlo–, potenciando la presencia significativa, la escucha activa, la formación espiritual, el anuncio de la Palabra, la vivencia cotidiana de la fe de los creyentes, la oración sencilla, la celebración compartida, el trabajo en red, la incorporación de voluntarios laicos formados en actitudes y herramientas indispensables.

Reavivemos nuestra vocación, que la pandemia vuelva a ser ocasión de conversión pastoral, de acompañar a nuestros mayores, a los que tanto debemos personal y comunitariamente, que nos han transmitido la fe, y que han de ser no solo objeto de nuestra pastoral sino, en la medida de sus posibilidades, agentes de la acción evangelizadora de la Iglesia: escuchémoslos, pidámosles su parecer desde la experiencia, contemos con su oración, con su capacidad de intercesión y de ofrecer su vida y sus años por quienes, si Dios quiere, seremos ancianos en algunos años.

Y no nos olvidemos de agradecer, de agradecer siempre y todo; agradecer a quienes, nos cuidan desde su habitación, desde su «quedarse en casa», agradecer a los profesionales de los servicios esenciales, sanitarios y no sanitarios, agradecer a tantos clérigos y laicos de parroquias y movimientos que entregan su vida cada día con fuerza renovada en la pandemia, agradecer a los religiosos y consagrados su trabajo y su oración, su vida entregada… y agradecer, de modo especial quiero ponerlo de manifiesto, a tantos capellanes y personas idóneas en nuestros hospitales, residencias, cementerios y crematorios, que, poniendo en riesgo su salud y superando el miedo son testigos de que el Señor Jesús, el Crucificado, ha Resucitado y vive para siempre.

Gerardo Dueñas
Diácono.
Subdelegado Episcopal de Pastoral de la Salud.
Archidiócesis de Madrid
@gduenasp

Print Friendly, PDF & Email