Rincón Litúrgico Última hora

Acompañados por ti

Señor Jesús, tus discípulos habían imaginado que contigo había llegado la hora de la liberación definitiva de su pueblo. No es extraño que se preguntaran qué papel les correspondía a ellos en aquella empresa que imaginaban gloriosa. Es comprensible que discutieran sobre el puesto de honor que les podía corresponder.

 Tu detención y tu muerte les demostró que nada de lo que habian imaginado se podría realizar. De pronto se encontraban fracasados.

Con todo, la certeza de que tú habías vencido a la muerte encendía en ellos el deseo de comunicar el misterio de tu vida y la riqueza de tu mensaje.

Sin duda se preguntarían qué hacer y por dónde comenzar. Pero en su memoria quedaba y se repetía insistentemente tu última promesa: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”.

El sentimiento de orfandad ha afectado a tus discípulos a lo largo de los siglos. Y nosotros no habíamos de ser la excepción. Una y mil veces nos asaltan el miedo, el vértigo y el horror al vacío.

Nos apoyamos en nuestra experiencia y en nuestros estudios, en los planes diseñados por nuestros expertos y en los esquemas de trabajo que preparan nuestros pensadores. Pero una y otra vez descubrimos que la tarea es demasiado pesada para nuestra debilidad.

Señor Jesús, bien sabemos que nuestra oración no es fruto de una nostalgia. Tú no eres para nosotros ni una sombra del pasado ni una ilusión de futuro. Te encontramos en los desafíos del presente.

Creemos que tú estas con nosotros todos los días. En los éxitos aparentes y en los aparentes fracasos. Tú nos has enviado a todas las periferias del mundo. Tú conoces nuestro esfuerzo y nuestro desaliento.

Solo tú puedes valorar los resultados de esta misión que nos has confiado. Y solo tú puedes ayudarnos a dar razón de nuestra esperanza. Bendito seas por siempre, Señor. Amén.

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