Acojamos la misericordia de Dios, por Atilano Rodríguez
Carta del Obispo Iglesia en España

Acojamos la misericordia de Dios, por Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

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Acojamos la misericordia de Dios, por Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara 

Los profetas, enviados por Dios para hablar en su nombre, tienen que denunciar en bastantes ocasiones las infidelidades y los pecados de los miembros del pueblo elegido, invitándoles a convertirse al Señor de todo corazón. Esta conversión afecta al interior de la persona, pues exige rasgar el corazón y no las vestiduras. El dolor interno, provocado por la contemplación de las idolatrías y pecados cometidos, será el acicate para emprender la vuelta al Dios verdadero, reconociendo su santidad, descubriendo su poder y asumiendo su misericordia (Joel, 2,12-13).

 

Esta conversión es posible porque Dios, rico en misericordia, no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Por eso, a pesar de los desprecios e ingratitudes de los hombres, Dios, que cumple sus promesas, no dejará nunca de salir a su encuentro para mostrarles su amor y ofrecerles su perdón. En aquellos casos en los que se produce el encuentro entre la misericordia divina y el hombre arrepentido de su pecado existe la posibilidad de la purificación y regeneración interior. El descubrimiento y acogida de la misericordia de Dios crea en el ser humano un corazón puro y lo renueva por dentro con espíritu firme, devolviéndole así la alegría de la salvación (Sal 50, 14).

 

En contra de las prescripciones legalistas de los escribas y fariseos, Jesucristo no dejará de mostrar nunca la misericordia del Padre celestial a los pecadores, a los enfermos y marginados por la sociedad de su tiempo. De hecho, cuando éstos se sientan a la mesa con Jesús y descubren la misericordia entrañable del Padre por medio de sus gestos y palabras, experimentan en lo más hondo del corazón que Dios envió su Hijo no para condenar al mundo, sino para que todos se salven por medio de Él.

 

Hoy somos nosotros los que escuchamos la llamada de Dios a la conversión del corazón, al cambio de sentimientos y actitudes para volver a la plena comunión con Él, para experimentar su misericordia y su perdón.  El Señor no deja de invitarnos a regresar a la casa paterna para vivir la experiencia del perdón y de la misericordia. Todos necesitamos que Dios cambie el corazón de piedra, con el que a veces nos comportamos en la vida, por un corazón de carne, manso y humilde.

 

Los que hemos sido regenerados por el sacramento del bautismo hemos de vivir con la profunda convicción de que el Padre celestial conoce los secretos del corazón humano y sabe que necesitamos vivir la experiencia de su amor y de su misericordia. Por eso, en todo momento, pero de un modo especial durante el tiempo cuaresmal, somos invitados a la escucha sosegada de la Palabra y a la penitencia para abrir nuestros corazones al cumplimiento de la voluntad divina. Si examinamos nuestra mente y contemplamos los sentimientos de nuestro corazón, descubriremos ciertas durezas provocadas por la adoración del becerro de oro y por el seguimiento de los ídolos.

 

Para que Dios reine en nosotros, es preciso que quitemos del corazón los ídolos y las abominaciones. Pero no debemos olvidar nunca que sólo Dios, mediante el poder transformador del Espíritu Santo, puede regalarnos el corazón de carne. Con el corazón renovado podremos sintonizar con los sentimientos del corazón de Cristo que nos invita a acoger la misericordia del Padre, a celebrarla en el sacramento de la reconciliación y a practicarla en las relaciones con nuestros semejantes.

 Con mi sincero afecto, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

 

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