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Aborto-cero, sí; cuanto menos aborto, mejor – Editorial Ecclesia

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En las vísperas de Navidad –fiesta por excelencia de la vida- y en el segundo aniversario de llegada al poder del actual Gobierno español, este ha aprobado, por fin, un anteproyecto de ley de reforma de la actual y tan inicua y letal ley del aborto.  Esta reforma formó parte del programa electoral con el que el Partido Popular concurrió y ganó las elecciones generales de noviembre de 2011 y había sido anunciada en varias ocasiones a lo largo de estos dos años.

De las líneas fundamentales y las claves de dicho anteproyecto de ley, informamos en la página 9 de este mismo número de ECCLESIA. ¿Cuál es nuestra opinión? Creemos que tan solo ya con el título de este comentario editorial se expresa claramente nuestra posición. El aborto nunca es ni jamás será ni un bien, ni un mal menor, ni un derecho, ni un progreso. Es todo lo contrario. Es, con conocidas y certeras palabras del Concilio Vaticano II, un “crimen abominable e injustificable”. Y así lo es no solo desde planteamientos religiosos y cristianos, sino desde la recta razón, desde la ley natural, cuyo código no escrito, pero sí inscrito en la conciencia y en el corazón del ser humano,  jamás puede amparar y promover el asesinato de una persona inocente como el ya engendrado aunque todavía no haya nacido. Resulta evidente, pues, de estos principios éticos y racionales que el aborto jamás podrá ser bueno. Que lo suyo es, sí, “aborto- cero”.

Desde estas premisas, y comparando el anteproyecto presentado el 20 de diciembre con la actual legislación española, en vigor desde julio de 2010,  el aborto perdería terreno y carta de ciudadanía entre nosotros. Dejaría de ser un derecho,  aberración “consagrada” con la ley vigente. Se reconocerían no solo los derechos de las mujeres, sino también los del nasciturus, ajustándose así nuestra legislación a la doctrina del Tribunal Constitucional y se daría un paso gigante al respecto. Y los mismos supuestos para abortar –que nunca, repitámoslo, una vez más, es un bien- se limitarían y  se discernirían más y mejor. Asimismo, al desaparecer el supuesto de la malformación genética, se apoyaría más el valor absoluto y sagrado de la vida con independencia de circunstancias y contingencias. Se avanzaría, igualmente, en el reconocimiento de otro derecho, hasta ahora marginado, como es el de la objeción de conciencia de los profesionales sanitarios. Y también es positivo el anuncio de la prohibición de la publicidad de las prácticas abortivas. Y es que, si todo esto va a suponer, menos aborto, menos, en suma, cultura de la muerte, mejor, aun cuando al ideal siga siendo el aborto-cero.

En estos días, junto a furibundas campañas contrarias al anteproyecto de ley, asistimos asimismo a posicionamientos favorables a la vida desde la sociedad civil, que merecen todo nuestro apoyo. La defensa de la vida humana desde su concepción a su ocaso natural no es una “cruzada” de la Iglesia, que también, sino, como antes afirmamos, de la recta razón y de la justicia.  Si,  al menos, tres cardenales españoles (Rouco, Cañizares y Martínez Sistach) se han expresado con ideas similares a las que estamos argumentando en este comentario editorial, ello no significa que el anteproyecto de ley de reforma del aborto se haga para contentar a la Iglesia. Se ha de hacer para ajustarnos a derecho, a verdad, a justicia, a humanidad, a dignidad.

Somos conscientes, por otro lado, de queda mucho camino todavía por recorrer. Que es preciso acompañar, ayudar y servir a las mujeres embarazadas, especialmente a las más necesitadas  y vulnerables, por las razones que sean. Que se debe también legislar más y mejor en pro de la conciliación entre trabajo y maternidad, familia y empleo. Que se debe apoyar y fomentar expresamente la natalidad y, además, así poder empezar a salir del abismo del invierno demográfico, que tanto nos acosa y tan funestas consecuencias puede traernos. Que es preciso seguir trabajando para superar los nocivos efectos de la cultura de la muerte, de la banalización de la sexualidad, de la subjetividad, del relativismo, del egoísmo y hasta del capricho.

No echamos las campanas al vuelo ante el anteproyecto de ley, que, además, le espera buen “calvario” político, mediático y social… Somos conscientes de que sigue siendo una ley para poder, en algunos casos, abortar. Seguimos reclamando aborto-cero. Pero también nos congratulamos con el “cuanto menor aborto, mejor”.

 

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