Carta del Obispo Iglesia en España

A vueltas con la laicidad y el laicismo, por Josep Àngel Saiz Meneses, obispo de Terrassa

A vueltas con la laicidad y el laicismo, por Josep Àngel Saiz Meneses, obispo de Terrassa

(01-07-18)

La llegada del verano comporta, entre otras cosas, en muchas poblaciones de la geografía diocesana la celebración de sus fiestas patronales. Unas fiestas que ofrecen posibilidades de relación no sólo entre las personas sino también entre las diferentes instituciones; así pasa entre la Iglesia y las administraciones, ya que en el origen de dichas fiestas acostumbra a encontrarse habitualmente un motivo religioso. Esto me lleva a reflexionar en esta carta sobre la sana laicidad y el laicismo.

El papa emérito Benedicto XVI, cuando se dirigió en el año 2006 a los juristas católicos, introducía una distinción que me parece muy oportuna. Recordando los principios del Concilio Vaticano II sobre la legítima autonomía de las realidades temporales, afirmaba que la sana laicidad por parte de la Iglesia comporta el reconocimiento de que las realidades de este mundo gozan de una autonomía efectiva y que consecuentemente a la Iglesia no le toca inmiscuirse para indicar cuál es el ordenamiento político o social de una comunidad. Eso sería una injerencia. Su misión es en este sentido de orden moral.

A su vez, la sana laicidad por parte del Estado implica no considerar la religión como un sentimiento únicamente individual, confinado al ámbito privado. La religión Compete a cada persona, que tiene una dimensión privada y una dimensión pública; además, la religión se organiza en estructuras visibles que están presentes en medio de la sociedad; en consecuencia, el Estado tiene que garantizar el libre ejercicio de las actividades de cada religión ya sean de culto, educativas o caritativas.

El Papa emérito advertía que cuando tiene lugar una manifiesta oposición a la presencia pública y cultural de la religión, de los símbolos religiosos, etc., pretendiendo recluir la actuación de la religión al ámbito exclusivamente privado, entonces ya no se trata de una sana laicidad, sino de un laicismo hostil. De alguna manera esta concepción se convierte en una ideología que pretende excluir el hecho religioso de los ámbitos de la sociedad y generar una sociedad en la que la dimensión religiosa o trascendente esté ausente en la vida de las personas, por tanto coartando uno de los derechos del ser humano, es decir, la libertad religiosa.

Más recientemente, el papa Francisco recordó ante los dirigentes brasileños en el marco de la Jornada Mundial de la Juventud del año 2013, que “la convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve beneficiada por la laicidad del Estado, que, sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia del factor religioso en la sociedad”.

Esta presencia y valoración del hecho religioso en medio de la sociedad a la que alude el papa Francisco es la consecuencia de esa sana laicidad que tiene que estar en el fundamento de las relaciones entre la Iglesia y las administraciones. Fruto de este reconocimiento mutuo se pueden seguir tendiendo puentes de colaboración y ayuda en amplios ámbitos de la sociedad, de respeto por las opciones religiosas y también de valoración de la aportación del hecho religioso en la construcción de la sociedad desde sus mismos fundamentos.

Desde esta sana laicidad deseo que las celebraciones de la fiesta mayor en nuestros pueblos y ciudades sean un verdadero encuentro entre personas y entre instituciones, en sana convivencia y respecto, en fructífera colaboración, en conocimiento y reconocimiento beneficioso para todas las partes, y en especial, para el pueblo al que todos estamos llamados a servir.

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Obispo de Terrassa.

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