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A veces las piedras también lloran

Quienes me conocen, saben que soy una persona optimista por naturaleza, hasta el punto de obsesionarme con ver hasta el más pequeño detalle de belleza en medio de la oscuridad. Capaz de estar feliz por sacar las enseñanzas de las etapas más duras de mi vida (que han sido varias ya). Y agradecida por poder seguir aprendiendo a levantarme después de las caídas.

Pero hasta las piedras lloran, y se desgajan en arenilla, haciéndose polvo. Literalmente. Lo hacen por el efecto de la erosión del agua, que las desgasta, poco a poco, sin apenas darse cuenta. En silencio. Con toda la alevosía de que son capaces los más sibilinos momentos de la naturaleza. Y el leve tintineo de las gotas, casi inapreciable pero insistente, día tras día, crea arrugas en la superficie y en el corazón. No por su fuerza, sino por su constancia. Y la piedra se rompe.

Y a veces cuesta ver la luz cuando todo está en tinieblas. Y hace ya demasiado tiempo que lo está. Desde marzo. Hemos intentado mantenernos serenos, pensar que todo pasaría, sobreponernos a la crisis más grande de nuestra vida. Pero todo sigue igual. Las gotas de incertidumbre, de miedo, de temor, de angustia y ansiedad, van calando dentro. Y terminan por hacer mella.

Hace semanas que no me lo quito de la cabeza. De todo lo que vivimos, de todo lo que nos queda por vivir en relación con esta plaga del covid, hay algo que me atormenta. No tengo miedo a la enfermedad ni a la muerte, pues ya he mirado a ambas a los ojos. Me preocupa el legado, la herencia que vamos a dejar a nuestros hijos, que voy a dejar a mis hijas.

Son pequeñas. Y todo esto les afecta, como a cualquiera. Pero los adultos ya estamos formados, para bien o para mal. Pero ellas están aprendiendo a saber aún quiénes son, y cómo han de enfrentarse a la vida. Todo cuanto nos rodea en este momento sobrepasa cualquier límite de la normalidad. Eso es lo que realmente me asusta.

Me encoge el alma pensar en su futuro. Saber que no van a tener una sociedad estable, porque nos estamos encargando de que así sea. Saber que van a vivir en una incertidumbre constante. Que quizá no tengan las mismas oportunidades que las generaciones precedentes. Quizá siquiera la misma educación, lastrada por los vaivenes improvisados de la pandemia.

Me da miedo que no hayamos sabido atenderlas psicológicamente en este tiempo, haberlas escuchado y comprendido sus miedos e inseguridades porque ni nosotros estábamos preparados para darles una respuesta. No quiero ganarme el título de la mejor madre del año, pero sí desearía al menos que no lo hubiera hecho del todo mal con ellas cuando el shock nos sobrevino a todos.

Estas son mis verdaderas preocupaciones en plena pandemia. Más allá de la prevención y la protección física que podamos llevar a cabo para protegernos de los contagios, se me hace un nudo en la garganta cuando cada noche en la cama intento visualizar el futuro, su futuro, y por primera vez desde que nacieron no lo veo claro.

Demasiados miedos. Demasiados agobios. Supongo que esta es la cara dura de la maternidad/paternidad. Una de tantas. Los meses van pesando. Las noticias van haciendo mella. Y las gotas van calando. Poco a poco. Porque a veces las piedras también lloran.

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