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Carta del Obispo

¿A quién hacemos caso?

Monseñor Santiago García Aracil
Mons. Santiago García Aracil

Si esperamos encontrarnos con la persona perfecta, sin error alguno, sin que nadie pueda acusarle por su conducta deficiente, y que sea admirada y aplaudida siempre como ejemplo de perfección a gusto de todos, me atrevería a decir que ni siquiera Jesucristo. Sabemos que fue acusado por blasfemo y traidor a su pueblo, y que fue ajusticiado vergonzosamente en la cruz hasta su muerte. Sabemos que en nuestros días tampoco es considerado por todos como el modelo de vida y como portador de un mensaje satisfactorio para el mundo entero.

Si, por el juicio de quienes se manifiestan exhibiendo el convencimiento de que tienen razón, difícilmente podemos encontrar alguien de quien podamos fiarnos plenamente, ¿dónde queda la posibilidad de relacionarnos serena y confiadamente con el prójimo?  ¿puede ser la desconfianza compatible con el amor, con la fiabilidad que merecen el maestro o el profesor para ejercer su labor educativa? ¿cabría el ejercicio de la medicina? ¿qué lugar quedaría para los medios de comunicación?

Después de hacernos estas preguntas y otras muchas, que a cada uno se le podrían ocurrir, la conclusión podría ser la misma que manifestó el Apóstol Tomás cuando le hablaron de la resurrección de Jesucristo y se encontró con él estando reunido con los demás discípulos. La manifestó el mismo Apóstol con toda crudeza, diciéndole al mismo Jesucristo: si no meto mis dedos en tus llagas, no creo. La respuesta del Señor, después de permitirle experimentar lo que Tomás había puesto como condición para aceptar que estaba delante de Jesucristo muerto y resucitado, y no ante una visión, dice: No seas incrédulo sino creyente.

Para vivir es necesario creer constantemente. No podemos exigir ni exigirnos la verificación fehaciente de las personas y de cuanto constituye el mundo en que vivimos. Sencillamente moriríamos de miedo o de inanición, porque la desconfianza absoluta mata, y la privación sistemática de alimentos temiendo que puedan ser venenosos, impide siquiera analizarlos a tiempo y satisfactoriamente.

Sin embargo, la confianza, imprescindible para vivir, no puede ser un obsequio incondicional que hagamos a todos y a todo. Se impone previamente un discernimiento que nos permita seleccionar los destinatarios de nuestra confianza, y las garantías de lo que debemos aceptar sin duda ni miedo. El problema está, ahora, en la fiabilidad de las fuentes que nos faciliten lo datos necesarios para creer a las personas, o para aceptar confiadamente las cosas que necesitamos. ¡Qué difícil situación se nos crea por este camino! ¿No puede ser más sencilla la vida? Yo me atrevería a responder que sí.

Lo primero que debemos tener en cuenta y aceptar es la autoridad y, por tanto, la fiabilidad que tienen quienes nos quieren. Y ese amor se intuye y se experimenta generalmente ya desde la más tierna infancia. Por eso, los primeros que merecen confianza y obediencia son los padres y familiares más allegados; luego los sacerdotes, que nos ofrecen desinteresadamente el mensaje de salvación y los medios para alcanzarla; también los maestros y profesores que los padres han elegido para los hijos, y quienes manifiestan una sabiduría y una conducta que les hace acreedores de la confianza que les tributamos.

Entre los adultos el problema es mayor, porque la experiencia de vida lleva a concluir que donde menos se podía imaginar aparece el engaño,  e incluso la traición que nace del egoísmo por el que uno se pone en primer lugar faltando al respeto de sus semejantes empujado por la voluntad de favorecer los propios intereses. Sin embargo no es sensato vivir exigiendo las garantías totales de fiabilidad a todos y a todo, porque  vivimos en un mundo muy complejo, porque las personas pueden equivocarse y dejarnos en el error sin pretenderlo, y porque nosotros mismos podemos confundirnos al interpretar las palabras y las manifestaciones del prójimo, por muy allegado que sea. Todos hemos oído alguna  vez esta expresión de sorpresa o de decepción: ¡Quien lo iba a decir! ¡Nunca podía imaginarme que esta persona me saliera por ahí!

Por eso, en la mayor parte de los casos la confianza en un regalo, una manifestación de fe en las personas o en las instituciones. Y esto no porque falten siempre las garantías básicas, sino porque aún queriendo no podríamos alcanzar las demostraciones que en cada momento manifiestan necesitar nuestra razón, nuestros sentidos y nuestras cavilaciones.

Hay una garantía de fiabilidad que es compatible con las deficiencias y debilidades humanas. Me refiero a la santa Madre Iglesia que es una, santa, católica y apostólica, fundada por Jesucristo que es también su Cabeza, y asistida por el Espíritu Santo que la mantiene en la verdad cuando ha de enseñarnos lo que hay que creer y lo que debemos hacer o evitar en la  lucha contra el pecado y en la búsqueda de la santidad. El Señor, dirigiéndose a sus Apóstoles, que eran los responsables de la Iglesia y sus primeros miembros junto con María la Virgen y Madre de Dios, les dijo: Quien a vosotros oye, a mí me oye; quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

Creer en la Iglesia como la presencia de Jesucristo en la historia, puesto que es su cuerpo místico, es imprescindible para creer a la Iglesia cuando nos enseña como maestra de la fe y de la vida cristiana. Las garantías de esa credibilidad de la Iglesia están en las palabras de Jesucristo; y las garantías para creer en Jesucristo están en la fiabilidad de la Iglesia. Esto no supone un círculo cerrado, sino el misterio permanente de la obra del Señor para cuya aceptación él mismo nos ha regalado la fe cuando recibimos el santo Bautismo.

¿A quién, pues, debemos hacer caso? Hay que pensarlo y decidirlo. Los elementos Dios. Por eso me atrevo a recordar el consejo de S. Pablo: No echéis en saco roto la gracia que habéis recibido.

Santiago García Aracil. Arzobispo de Mérida-Badajoz

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