Ana Medina y Antoni Vadell, durante la ponencia final (Foto: Nacho Arregui)
Opinión

A patear las calles, por José Román Flecha

Del 14 al 16 de febrero de este año 2020 se ha celebrado en Madrid el Congreso Nacional de Laicos. Con ese motivo, el Papa Francisco dirigió al cardenal Ricardo Blázquez, Presidente de la Conferencia Episcopal Española un mensaje que es justo tener en cuenta.
Puesto que el congreso se iniciaba en la fiesta de los santos Cirilo y Metodio, evangelizadores de los pueblos eslavos y patronos de Europa, el Papa nos recordaba que “somos Pueblo de Dios, invitados a vivir la fe, no de forma individual ni aislada, sino en la comunidad, como pueblo amado y querido por Dios”.
Una vez mas, afirmaba que “no somos una agrupación más, ni una ONG, sino la familia de Dios convocada en torno a un mismo Señor”. El lema del congreso proclamaba que somos «Pueblo de Dios en salida». Apoyado por la liturgia y por la oración común de toda la Iglesia, ese pueblo, convocado por Dios camina impulsado por el Espíritu, que lo renueva y le hace volver a Él, una y otra vez.
Ahora bien, las ideas y los lemas han de hacerse realidad “en una historia concreta, que nadie ha elegido, sino que le viene dada, como una página en blanco donde escribir”.
Así pues, este pueblo “está llamado a dejar atrás sus comodidades y dar el paso hacia el otro, intentando dar razón de la esperanza, no con respuestas prefabricadas, sino encarnadas y contextualizadas para hacer comprensible y asequible la Verdad que como cristianos nos mueve y nos hace felices”.
Realizar el mandato misionero hoy, en esta vieja Europa, “en la que la Buena Noticia se ve sofocada por tantas voces de muerte y desesperación”, exige ofrecer un testimonio cristiano con pasión y alegría”. Hay que derrumbar los muros que aíslan y excluyen. El buen entendedor descubrirá en esas palabras una alusión a Europa y también a España.
Según el Papa, esta es la hora de los laicos, “hombres y mujeres comprometidos en el mundo de la cultura, de la política, de la industria”.
De hecho, les pide que eviten las tentaciones del clericalismo, que los encierra en la sacristía, la competitividad y el carrerismo eclesial, la rigidez y la negatividad. Todas ellas asfixian la llamada a la santidad.
Y desea que, con su modo de vivir, los laicos lleven la novedad y la alegría del Evangelio allá donde estén. Han de vivir su propia vocación en el mundo, escuchando los latidos del pueblo, “sin miedo de patear las calles, de entrar en cada rincón de la sociedad, de llegar hasta los límites de la ciudad, de tocar las heridas de nuestra gente”.
Con ellos la Iglesia de Dios “se arremanga para salir al encuentro del otro, sin juzgarlo, sin condenarlo, sino tendiéndole la mano, para sostenerlo, animarlo o, simplemente, para acompañarlo en su vida”.

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