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A Juan de Dios Martín Velasco, por José María Avendaño

Ayer, domingo de Ramos, por la noche, murió Juan de Dios Martín Velasco en la residencia sacerdotal San Pedro en Madrid. Murió silenciosamente. Y se ha ido al encuentro con Dios. Pedimos por él y damos gracias a Dios todos los dones con los que lo enriqueció a lo largo de su vida.

Juan nació en Santa Cruz del Valle, Ávila, 1934. Cursó estudios eclesiásticos en el Seminario de Madrid, donde fue ordenado sacerdote en 1956. Después marchó a la Universidad Católica de Lovaina, a la Sorbona de París y a Friburgo de Brisgovia (Alemania), donde amplió la formación teológica y filosófica.

De regreso a España, enseñó Fenomenología de la Religión en la Facultad de Filosofía de Alcalá y Comillas y en el Centro de Estudios del Seminario de Madrid. Ha sido rector del Seminario de Madrid (1977-1987). También ha sido catedrático de Filosofía de la Religión en el Instituto Superior de Pastoral de la Universidad Pontificia de Salamanca con sede en Madrid, en el que ha ejercido como director. Fue profesor emérito en la Facultad de Teología San Dámaso. Y Vicario parroquial en la parroquia San Pablo en el barrio de Vallecas (1897-1997). En la actualidad participaba como sacerdote adscrito en dicha parroquia.

Entre sus escritos cabe señalar: Hacia una filosofía de la religión cristiana; Fenomenología de la religión; El encuentro con Dios; Increencia y evangelización; El malestar religioso de nuestra cultura; Experiencia cristiana de Dios; El fenómeno místico; Metamorfosis de lo sagrado y futuro del cristianismo; La transmisión de la fe en la sociedad contemporánea; El hombre y la religión; Testigos de la experiencia de la fe; Orar para vivir. Además de abundantes artículos, colaboraciones, presentaciones, recensiones.

Conocí a Juan en el verano de 1979, era rector del Seminario Metropolitano de Madrid, él me acogió y ayudó en el discernimiento de mi vocación sacerdotal. Me ayudó de tal forma que hasta el día de hoy pervive su huella en mí. Puedo afirmar que fue Juan la mediación, el testigo, el discípulo misionero, que Dios puso en mi camino para ser hoy sacerdote de Jesucristo, y vivir humildemente este ministerio en la vida cristiana. Hoy un día triste por la perdida de Juan y el espesor del dolor de tanta gente con la pandemia del coronavirus que nos tiene confundidos y confinados, pero esperanzados en que después de esta noche que estamos atravesando se vislumbra la claridad del amanecer de la Pascua.

Y así, hoy Lunes Santo, escribo con emoción unas breves notas de este gran y buen sacerdote. Su calidad humana y cristiana, su forma de acompañar, su respeto, su escucha y flexibilidad, su buen decir de Dios, de la Iglesia y del mundo, se sostenían en la esperanza cristiana y la misericordia de Dios, sin juzgar, sino disculpando y poniéndose en la piel de los demás.

Como Jacob luchó en medio de la noche hasta rayar el alba (cf. Gén 32) como teólogo y pastoralista desentrañando las potencialidades, los signos de los tiempos y de la fe para proponer un cristianismo confesante. Pues un cristianismo vivido a la altura de nuestro tiempo tiene mucho que dar a la sociedad actual. Buscaba y proponía posibilidades de la experiencia cristiana de Dios en la cultura de nuestro tiempo. Asumiendo el malestar religioso de nuestra cultura con una actitud positiva sin nostalgias, enraizada profundamente en la mejor tradición espiritual del cristianismo. Nos ayudaba a recomponer radicalmente la vida cristiana en su dimensión personal y social desde la exigencia sociocultural de la encarnación del Evangelio. Bebía y se alimentaba en la experiencia mística de autores como San Agustín, San Francisco de Asís, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, San Juan de Ávila, San Vicente de Paúl, Santa Teresa del Niño Jesús, o el sacerdote Manuel García Morente, entendiendo la mística como la experiencia personal de la propia fe, como personalización de la religión. “Oh, cristalina fuente, si en esos tus semblantes plateados, formases de repente, los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados”, esta poesía de san Juan de la Cruz era una de las poesías místicas que mejor reflejaba, según Juan, el encuentro con Jesucristo.

Exhortaba que la primera tarea pastoral era la oración. Orar cada día, como primer trabajo y responsabilidad y orar como conviene. Ponerse a la escucha de la Trinidad Santa. Quien ora está convencido de que Dios se revela como la presencia que hace posible vivir en medio de los problemas y tormentas de la vida, sin perder la esperanza. “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”, como nos dice el Señor, nos enseñaba Juan. Uno de sus libros lleva por libro Orar para vivir y ahí afirma: “Orar es para el ser humano, antes que nada: obligación, exigencia o recurso, una verdadera necesidad. Una necesidad que surge de lo más profundo de nosotros mismos, de nuestro corazón… El ser humano especialmente en una cultura como la nuestra, puede utilizar incontables recursos para ocultársela… Y bastará que un buen día, en contacto con situaciones límite, con personas carismáticas o con testigos de su fe, llegue al fondo de sí mismo , para que se le insinúe la voz de esa Presencia y sienta la necesidad de prestarle atención y de ponerse a la escucha… Por otra parte, la oración no es solo una necesidad para el ser humano. Es también una bendición… Por eso se ha repetido tanto que su presencia en una persona es señal inequívoca de la presencia en ella de la vida cristiana, y que su ausencia es la primera señal de alarma de que esa vida puede estar agotándose en esa persona”.

Estaba convencido, con una empecinada confianza en las posibilidades de la fe cristiana en una sociedad y un mundo aparentemente hostil y lejano. A la reciedumbre del pensamiento se une el vigor de la experiencia personal y la experiencia comunitaria, la formación permanente y el compromiso con la justicia. “En este mundo en el que nos lamentamos de no tener señales de la Transcendencia, los pobres, los excluidos —aquellos cuya existencia constituye el mayor escándalo para la afirmación de Dios— constituyen el lugar teofánico, de revelación de Dios”, un lugar privilegiado para encontrarnos con el Señor.

Dice el cardenal Baltasar Enrique Porras, en el prólogo del libro Nostalgia del infinito que se hizo como homenaje a Juan en 2005: “El pensamiento de Juan Martín Velasco es un excelente compañero de camino para asumir desde la teología y la espiritualidad, desde el diálogo con las ciencias y las culturas postmodernas, un cristianismo lozano y alegre que se purifica día a día en el silencio sonoro de Dios que sólo escucha con los oídos de la fe-esperanza que ha sido sembrada en el interior de nuestros corazones. Al llegar a la edad bíblica de los setenta hay normas que separan de las obligaciones laborales. Pero lo que no puede ninguna ley es apartar de la vocación a la que se ha dado toda una vida: la noble y dura misión de ser teólogo en tiempos recios”.

Había en él sabiduría del corazón, fruto de un trato frecuente y amistoso con Dios y con el mundo, y ha servido de aliento y apoyo a muchos sacerdotes, religiosos, consagrados y laicos. Su fe en la Trinidad Santa, en Jesucristo crucificado y resucitado, en la comunidad eclesial, le llevaba a creer que la resurrección embellece esta tierra de esperanza con el convencimiento de que siempre hay posibilidades de decir con el alma: hay un mañana. Y con la regla de oro del Evangelio de Jesucristo, que tantas veces nos repetía, con constante frecuencia, en clase o en sus charlas. “Tratad a los demás como queréis que ellos os traten” (Mt 7, 12).

Fue un testigo y discípulo misionero de la experiencia cristiana de Dios: “Ayudar a los creyentes, de estos tiempos, religiosamente difíciles, a identificar las posibilidades que ofrecen para una experiencia renovada de Dios que sirva de fundamento para responder a sus necesidades”. Fueron incontables las horas y los esfuerzos emprendidos y dedicados al trabajo formativo donde nos invitaba a los sacerdotes a que dejemos sitio al Espíritu Santo, y así poder abrir los ojos del corazón y dejarnos sorprender por Dios en una sociedad de la que formamos parte, siempre como hombres de Dios y siendo portadores de “la alegría del Evangelio”, como nos recuerda constantemente el Papa Francisco, estando coco con codo con la gente, encarnados, queriéndoles, sabiendo que vamos todos en la misma barca, hermanos y hermanas, cuyos nombres los lleva Dios tatuados en el corazón, conscientes de que la vida cristiana tiene su manifestación más auténtica en el servicio y el amor a los hermanos, reflejo del amor infinito que Dios nos tiene. A los sacerdotes nos testimoniaba, citando a san Juan de Ávila que nuestro vivir era como “un vivir alquilados para el Señor”.

Fue un testigo humilde y vulnerable en clave misionera. Lo he visto deslizarse, voluntariamente, sin hacer ruido, hacia los últimos. En su vivir cotidiano le acompañaba siempre el buen ánimo, aunque su carácter era tímido, pero también le hacían compañía la soledad, el silencio, el suspiro, la ternura, el llanto (recuerdo sus lágrimas en la muerte de mi hermano Jesús), y lágrimas ante otros dramas, y siempre la oración.

Lo vi hace un mes en la Residencia sacerdotal donde residía desde hacía unos meses y su mirada y sus palabras reflejaban una vida entregada a la Iglesia hasta el final. Y ha muerto silenciosamente.

Quiero terminar con una de sus oraciones junto a la Virgen María al pie de la cruz:

“Señor Jesús, que, desde la cruz, sede de la sabiduría, trono de la misericordia, nos has revelado el Misterio del amor del Padre, haz que, como María, conservemos en nuestro corazón estas palabras y que ellas sean luz que ilumine nuestras vidas y alimento para nuestra peregrinación por este mundo. Para que, siguiendo tus pasos, como fieles discípulos tuyos, cumplamos la voluntad el Padre y lleguemos, todos juntos, a estar para siempre contigo en tu Reino”.

Juan, gracias por haberte conocido y ser un testigo creíble del Evangelio de Jesucristo.

Descansa en paz. Te dejamos en las manos de Dios.

José María Avendaño Perea
Vicario General de la Diócesis de Getafe

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