Revista Ecclesia » 800 aniversario del nacimiento de Alfonso X el Sabio, el rey de las Cantigas
Destacada Iglesia en España Última hora

800 aniversario del nacimiento de Alfonso X el Sabio, el rey de las Cantigas

El pasado 23 de noviembre se cumplieron 800 años del nacimiento del rey Alfonso, un monarca que ha pasado a la historia con el apelativo de «el Sabio». Su padre era Fernando III, por esas fechas rey de Castilla, aunque unos años más tarde, en 1230, incorporaría a su soberanía también el reino de León. Su madre era Beatriz de Suabia, una princesa alemana, una «muger excelente, hermosa, prudente y discreta», según la opinión del cronista Rodrigo Jiménez de Rada.

Todo parece indicar que parte de su infancia la pasó en Galicia, años en los que aprendió la lengua gallega, que más tarde utilizaría en la redacción de las Cantigas, quizá porque entendía que era la más apropiada, de todas las que se hablaban en la España cristiana, para la expresión lírica. Los estudiosos suponen que en los años de su juventud el futuro rey recibiría una amplia formación intelectual, que a la postre sería decisiva para su ingente «actividad cultural». Aunque no sepamos gran cosa de su educación literaria y musical, sí está documentado que en su juventud «le gustaba rodearse de músicos y poetas, y competir con los trovadores y juglares músicos que trabajaban en la corte de su padre». Allí empezó a apreciar los cantos de la lírica galaicoportuguesa. Gracias a los vínculos con la casa real de Francia, puede acercarse a los repertorios monódicos en latín y romance, y a los cantos populares de la Provenza. En la capilla real de su padre, aprendió el canto eclesiástico y, en la corte, el uso de instrumentos musicales como «laúdes y rondallas», además de algunas formas musicales de los trovadores provenzales como «virolais».

Un rey sabio y culto

Uno de los rasgos más relevantes, una vez coronado rey de Castilla y León, fue la capacidad que tuvo de asimilar la cultura oriental que ya se realizaba en la Escuela de traductores de Toledo, donde venían trabajando un numeroso grupo de estudiosos cristianos, judíos y musulmanes, que desarrollaban una ingente labor científica, rescatando textos de la Antigüedad y traduciéndolos a las lenguas occidentales, un hecho que contribuyó a poner las bases del Renacimiento científico de la Europa medieval.

Quizá fue esta la faceta más llamativa del monarca, tal y como ponen de manifiesto los documentos de la época: fue «escodriñador de sciencias, requeridor de doctrinas e de enseñamientos». Su gran acervo cultural lo legó a todas las ramas del saber y del arte: la astrología, la música, la historia, el ajedrez y la literatura. «El Rey faze un libro, non porquel escriva con sus manos, mas porque compone las razones del, e las emienda e yegua e endereça e muestra la manera de cómo se deven fazer, e desi escrívelas qui él manda, pero dezimos por esta razón que él faze un libro». Todos los textos que nos han llegado proclaman al rey como autor, sin apenas mencionar a los sabios cristianos y judíos que le ayudaron a escribirlos, con el fin de que el rey Alfonso X figurase como «modelo de sabiduría» ante sus súbditos y, con ello, cimentar una monarquía en cuya cabeza se situaban los reyes, los cuales, en la visión alfonsí, eran los «vicarios de Dios en la tierra». Uno de los grandes «sabios» que le ayudó fue fray Juan Gil de Zamora, franciscano, gran intelectual, y gran amigo y colaborador del Rey en casi todos los proyectos literarios, especialmente en las Cantigas de Santa María. A petición del monarca escribió el Officium Almifluae Virginis, obra que tuvo suma importancia en la formación mariana del Rey, y que constituye la base de las «loores» que el Rey dejó plasmadas en las Cantigas, y que difundirán por todo el mundo los prodigios de la Madre de Dios.

El rey Alfonso quiso que, como criterio, todos sus libros tuvieran una gran claridad, sin perder rigor científico. Eso explica que empleara la lengua romance para casi todas sus obras: el castellano para el derecho, la historia, la ciencia y el gallego para las Cantigas a la Virgen. Emplear la lengua vernácula fue una decisión revolucionaria para la época y un hecho único en la Europa de su tiempo, pues el latín se mantuvo como principal lengua científica hasta bien entrada la Edad Moderna. Solo para obras de proyección internacional se sirvió del latín, como en los tratados astrológicos

La mariología antigua y medieval

Según las fuentes conservadas en diferentes papiros coptos y egipcios del siglo III y como demuestran los textos de san Efrén de Siria (+ 373) y de san Epifanio (+ 403), autor de las Precationes ad Deiparam y de los primeros himnos litúrgicos de carácter popular, los orígenes del culto público a María se desarrollan primero en Oriente. De hecho, en el lugar donde se alzaba el famoso templo de Artemisa, diosa de la caza, los bosques, las montañas y la luna, considerada por las antiguas tradiciones como la hermana gemela de Apolo, en la ciudad de Éfeso, en aquel tiempo la segunda ciudad más importante del Imperio romano, (hoy está sita en la provincia de Esmirna, en Turquía), se proclama en el tercer Concilio de la Iglesia (431) a María como «Madre de Dios». Podemos considerar la difusión de este dogma como el preludio de la expansión del culto mariano en Oriente y Occidente, pues, de hecho, en Roma, la proclamación de este primer dogma mariano es celebrado por Sixto III con la reconstrucción de la basílica liberiana, conocida hoy con el nombre de Santa María la Mayor. En esa basílica, se extienden rápidamente y con un gran esplendor los rituales de la liturgia mariana, como ponen de manifiesto las antífonas: O admirabile commercium [Oh admirable intercambio], Quando natus es ineffabiliter ex Virgine [Cuando naciste de manera inefable de la Virgen María], Ecce Maria genuit Salvatorem [He aquí que María engendró al Salvador], todavía hoy cantadas el 1 de enero en Roma, pero que primero fueron cantadas por las comunidades de Oriente y que posteriormente, se tradujeron al latín para poder incluirlas en la liturgia romana. Llama la atención que las Cantigas, aunque inspirándose en esta larga «tradición mariana», no tenían la menor intención litúrgica. Es más, Alfonso X las escribió para que las cantaban los juglares: «E desto cantar fezemos, que cantassen os jograres».

Lee todo el reportaje aquí

Por Juan Carlos Mateos, director del Secretariado de la Comisión Episcopal para el Clero y Seminarios



O si lo prefieres, regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

HAZME DE ECCLESIA

Cada semana, en tu casa

Últimas entradas