Revista Ecclesia » 6 de agosto. Transfiguración del Señor
El camino de la transfiguración
Rincón Litúrgico

6 de agosto. Transfiguración del Señor

6 de agosto. Transfiguración del Señor

NVulgata 1 Ps 2 EConcordia y ©atena Aurea (en)

 

(1/4) Benedicto XVI, “Jesús de Nazaret-1”, IX, 2 (pp. 356-370)

(2/4) Benedicto XVI, Ángelus 6-8-2006 (gehrspfrenitpo)

(3/5) Benedicto XVI, Ángelus 1-8-2010(ge hr sp fr en it po): «El próximo viernes, aniversario de la muerte del Papa Pablo VI, celebraremos la fiesta de la Transfiguración del Señor. La fecha del 6 de agosto, considerada el culmen de la luz estival, se eligió para significar que el esplendor del Rostro de Cristo ilumina el mundo entero».

(4/4) Juan Pablo II, Exh. ap. Vita consecrata 25-3-1996, 14-16 (ge zh-s, sp fr en it lt po): «15. (…) El episodio de la Transfiguración (…) es un acontecimiento de revelación que consolida la fe en el corazón de los discípulos, les prepara al drama de la cruz y anticipa la gloria de la resurrección. Este misterio es vivido continuamente por la Iglesia, pueblo en camino hacia el encuentro escatológico con su Señor. Como los tres apóstoles escogidos, la Iglesia contempla el rostro transfigurado de Cristo, para confirmarse en la fe y no desfallecer ante su rostro desfigurado en la cruz. En un caso y en otro, ella es la Esposa ante el Esposo, partícipe de su misterio y envuelta por su luz.

Esta luz llega a todos sus hijos, todos igualmente llamados a seguir a Cristo poniendo en él el sentido último de la propia vida, hasta poder decir con el Apóstol: “Para mí la vida es Cristo” (Flp 1, 21) (…). “Bueno es estarnos aquí” (Mt 17, 4). Estas palabras muestran la orientación cristocéntrica de toda la vida cristiana (…).

16. A los tres discípulos extasiados se dirige la llamada del Padre a ponerse a la escucha de Cristo, a depositar en él toda confianza, a hacer de él el centro de la vida. En la palabra que viene de lo alto adquiere nueva profundidad la invitación con la que Jesús mismo, al inicio de la vida pública, les había llamado a su seguimiento, sacándolos de su vida ordinaria y acogiéndolos en su intimidad (…).

En la unidad de la vida cristiana las distintas vocaciones son como rayos de la única luz de Cristo, “que resplandece sobre el rostro de la Iglesia”. Los laicos, en virtud del carácter secular de su vocación, reflejan el misterio del Verbo Encarnado en cuanto Alfa y Omega del mundo, fundamento y medida del valor de todas las cosas creadas. Los ministros sagrados, por su parte, son imágenes vivas de Cristo cabeza y pastor, que guía a su pueblo en el tiempo del “ya pero todavía no”, a la espera de su venida en la gloria. A la vida consagrada se confía la misión de señalar al Hijo de Dios hecho hombre como la meta escatológica a la que todo tiende, el resplandor ante el cual cualquier otra luz languidece, la infinita belleza que, sola, puede satisfacer totalmente el corazón humano».

 

Fray Gregorio Cortázar Vinuesa, OCD



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