Internacional

500 años primera diócesis tierra firma en América, homilía del Nuncio

Homilía de la Solemne Eucaristía de Santa María la Antigua, el lunes 9 de septiembre de 2013, por el nuncio apostólico en Panamá, monseñor Andrés Carrascosa Coso

Homilía de S.E.R. Mons. Andrés Carrascosa Coso, Nuncio Apostólico en Panamá en la Celebración del Quinto Centenario de la erección de la primera diócesis sobre tierra firme americana

Panamá, 9 de septiembre de 2013

 

Excmos. señores Obispos, Sucesores de los Apóstoles, 

Excmas. autoridades nacionales, provinciales y locales,

Queridos sacerdotes, queridas religiosas, queridos seminaristas,

Invitados especiales, Queridos hermanos y hermanas, todos, en el Señor
Pocas veces en la vida se tiene una impresión tan fuerte, de estar tocando la historia con la mano, como la que se siente en estos momentos al celebrar que hace quinientos años, un día como hoy, el 9 de septiembre de 1513, Su Santidad el Papa León X firmó la Bula “Pastoralis officii debitum”, con la que erigía la diócesis de “Santa María la Antigua del Darién”. Más tarde todo el mundo se dio cuenta de que había resultado ser la primera diócesis erigida en la tierra firme americana.

En estos días, Panamá se está convirtiendo en centro de atención mundial también porque recordamos los 500 años del avistamiento, el 25 de septiembre de 1513, por parte de Vasco Núñez de Balboa, de lo que él llamó “el Mar del Sur”, que hoy conoce la humanidad con el nombre de Océano Pacífico. En aquel momento no se sabía en estas tierras que 16 días antes el Papa había firmado la Bula que creaba la nueva diócesis. No había twitter ni e-mail!

Dos hechos que han tenido enorme importancia en la historia de la humanidad y de la Iglesia. Estas efemérides han dado lugar a sendos Congresos de historia celebrados la semana pasada en Panamá: el Congreso Académico Internacional del Pacífico, del 2 al 4 de septiembre en la Ciudad del Saber, y el Congreso de Historia eclesiástica, del 4 al 6 de septiembre, celebrado en la USMA, la Universidad que lleva el nombre de la patrona Santa María la Antigua. A los especialistas corresponde la profundización de los diversos problemas que aún buscan respuestas y la interpretación del significado que revisten ambos hechos.

La historia nos dice que la nueva diócesis recibió el nombre del villorrio fundado el 1510 por Balboa y Enciso, bautizado con el nombre de Santa María la Antigua en cumplimiento de la promesa a la Santísima Virgen María si salían bien librados en el encuentro con los indígenas. En la Bula se eleva al rango de Catedral la capilla, un humilde bohío del cacique Cémaco, y el villorrio recibe el título de ciudad. La sede fue posteriormente trasladada a lo que conocemos como Panamá la Vieja en 1521, desde donde la torre de la Catedral sigue hablándonos de las raíces de la vidacristiana en estas tierras.

La historia refiere que, al divisar desde lejos el mar desconocido, el clérigo Andrés de Vera, capellán de los expedicionarios, guió al grupo a cantar el Te Deum (“A Ti, oh Dios, te alabamos”) y que Vasco Núñez de Balboa, al entrar en sus aguas hasta las rodillas, llevaba en una mano un estandarte sobre el cual estaba representada la imagen de Santa María la Antigua.

El Papa León X nombró primer Obispo al franciscano fray Juan de Quevedo, al que sucedió el dominico fray Vicente de Peraza y así, en una sucesión apostólica, 47 Obispos hasta Mons. José Domingo Ulloa. Hoy el territorio panameño se halla subdividido en 8 circunscripciones eclesiásticas.

Santa María la Antigua, declarada “Patrona de la República de Panamá” el 9 de septiembre del año 2000 por la Conferencia Episcopal panameña y ratificada como tal por el Beato Papa Juan Pablo II, ha acompañado con su mirada y su protección materna los comienzos de la predicación del Evangelio en estas tierras y sigue siendo punto de referencia para los panameños, que de este a oeste y de norte a sur han tenido ocasión de venerarla en este año durante la visita a cada parroquia de la imagen peregrina que fue bendecida el 24 de octubre del año pasado en la Plaza de San Pedro del Vaticano por Su Santidad el Papa Benedicto XVI. ¡Cuántos ruegos, cuántas lágrimas, cuántos gozos y cuántas penas de todos nosotros ha podido escuchar en estos meses la Madre de todos los panameños!

Más allá del juicio histórico sobre el encuentro de los recién llegados con la población local, hoy celebramos que la fe que nos ilumina llegó a estas tierras istmeñas de la mano de María, la Madre.

Esa fe, en momentos en que se estrenaba la imprenta en Europa, hizo que los misioneros trajeran consigo la Biblia, los Misales y otros libros catequéticos y litúrgicos, como ha sido puesto de manifiesto en la reciente Feria del Libro.

Esa fe impulsó a los frailes a aprender las lenguas y costumbres de aquellos a quienes querían comunicar la Palabra de Dios en este continente y hoy existen ejemplares de la Biblia y del catecismo en varias lenguas indígenas, ya que muy pronto fueron traducidos por los religiosos.

Panamá, como toda América Latina, es testigo de cómo los frailes de las diversas Órdenes religiosas no sólo fundaron escuelas para los hijos de los nativos sino que dieron inicio a Universidades. Por ejemplo, no tiene paralelo en la historia de las colonizaciones el hecho de que, menos de 50 años después de la llegada de Cristóbal Colón, el Papa Pablo III erigió como Universidad el Estudio General de los Padres dominicos de Santo Domingo el 28 de octubre de 1538.

La fe que nos llegó de la mano de Santa María la Antigua es una luz potente que ilumina la construcción de una sociedad fundada en los valores de la libertad, del respeto al otro, de la fraternidad y de la solidaridad, hasta el punto de que llevó a muchos misioneros a proteger a los nativos de la codicia y de los malos tratos infligidos por aquellos colonos y conquistadores que, cristianos sólo de nombre, ofrecían un anti-testimonio de cuanto significa el Evangelio de Jesucristo.

Es impresionante, por ejemplo, el caso de Bartolomé de las Casas: propietario de una plantación, se arrepintió del trato que se daba en ella a los indios, se convirtió en fraile y emprendió su defensa. Muchos otros religiosos apoyaron sus puntos de vista y consiguieron que el rey de España, ya desde 1512, ordenase proteger a los indios. El Papa Pablo III señaló en una Bula que los indios son seres humanos y no pueden ser esclavizados. De estos misioneros llegó el influjo que hizo nacer las Leyes de Indias y el derecho internacional en la Universidad de Salamanca.

La celebración del quinto centenario de la llegada de las estructuras del cristianismo al Continente Americano, con la creación de la Diócesis de Santa María la Antigua del Darién, es ocasión propicia para reflexionar sobre las luces y las sombras en la vida cristiana tanto de quienes trajeron la fe y el Evangelio como de quienes componemos hoy esta Iglesia. En aquellos tiempos, las tensiones y peleas entre el gobernador Pedrarias y el Alcalde Vasco Núñez de Balboa, de tan sangriento final, son un ejemplo de cuanto afirmaba recientemente el Papa Francisco: la incoherencia, tanto en los fieles como en los pastores, entre la fe que se profesa y la conducta que se vive, mina la credibilidad de la Iglesia (cfr Homilía en San Pablo Extramuros, 14 de abril de 2013). Ciertamente las luchas entre cristianos por intereses que nos muestra la historia no ayudaron a que la evangelización tuviera profundidad. Hoy debemos examinar nuestra conducta, porque la manera de vivir de nosotros, los cristianos de este siglo, puede acabar siendo una ayuda o un freno para que la vida del Evangelio, hecha de respeto y de amor al prójimo, sea lo que prevalezca en nuestra sociedad para el bien de todos.

Conmemorar cinco siglos no significa triunfalismo. Podemos preguntarnos si quien visita estas tierras por primera vez podría adivinar que somos un pueblo mayoritariamente cristiano, si quien observa nuestra vida y nuestro comportamiento entendería que subyace el mandamiento nuevo del amor, que es el distintivo que el Señor Jesús dejó a quienes se declaran seguidores suyos: “En esto conocerán todos que ustedes son discípulos míos: si tienen amor los unos por los otros” (Jn 13,35). Una sociedad en la que impera el juega-vivo, en la que se echa de menos el respeto a la opinión del otro, en la que las familias sufren por la falta de responsabilidad a la hora de asumir los compromisos de cónyuges y de progenitores nos muestra la enorme necesidad que tenemos de una evangelización vivida con mayor profundidad.

Deseo, en esta celebración, reconocer y agradecer, en nombre del Papa Francisco, el esfuerzo y el trabajo realizado para conmemorar estos 500 años de vida eclesial, de una Iglesia pujante, activa, joven, con sus luces y sus sombras porque está compuesta por hombres y mujeres deseosos de vivir el Evangelio en quienes a veces prevalece la fuerza y la coherencia de la fe mientras que en otras es más visible la debilidad y fragilidad humana, pero Iglesia conducida por el mismo Señor Jesucristo que está vivo y camina presente en medio de nosotros.

No puedo silenciar mi agradecimiento a las autoridades de diversas instancias, sobre todo de la Fuerza Pública –SENAFRONT, SENAN, Policía, SPI- que, con su solícita colaboración, han contribuido a que varias de las actividades y festejos conmemorativos realizados durante este año jubilar obtuvieran un mayor alcance en el ámbito socio-eclesial en beneficio de la comunidad panameña.

Celebrar 500 años de vida de fe organizada, celebrar 500 años del nacimiento de una diócesis bajo la advocación de la Madre, “Santa María la Antigua”, nos impone ser conscientes de su maternidad, de su protección, de su intercesión poderosa. Cuando miramos a la imagen de María podemos descargar en su corazón de madre, en un diálogo del alma, todas nuestras penas, nuestros sufrimientos, nuestras luchas, nuestros anhelos… Y Ella es para sus hijos consoladora de los afligidos, auxilio de los cristianos, refugio de los pecadores, salud de los enfermos, puerta del Cielo, causa de nuestra alegría…

Pero celebrar 500 años de una diócesis bajo el patronazgo de María significa también la exigencia de tener en ella no sólo una madre sino también un modelo, una maestra de la fe. María nos enseña a vivir como discípulos de su Hijo, María nos lleva a escuchar la Palabra que expresa la voluntad del Padre, María va por delante en el responder un “sí” a Dios: “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu Palabra!”.

Y María, como a los discípulos en las Bodas de Caná, nos dirá siempre: “Hagan lo que Él les diga”, nos pedirá que escuchemos la voz de Jesús, porque de seguir o no esa voz dependerá nuestra felicidad o nuestra tristeza.

Hoy la Iglesia que peregrina en Panamá, esa iglesia que formamos todos los bautizados (“Cristiano, la Iglesia eres tú”), al celebrar 500 años tiene el reto de la autenticidad, de ponerse a la escucha de lo que “el Espíritu pide a la Iglesia” (Ap. 2,7). Tenemos el reto de salir de nuestras comodidades y nuestras costumbres para ir a las “periferias existenciales” –como las llama el Papa Francisco- y ser misioneros que anuncian, primero con el testimonio de su vida y después con su palabra, que el Evangelio es una luz que ilumina nuestra existencia y que guía nuestros pasos en la construcción de una comunidad de discípulos que se aman y se preocupan por el bien común, por la construcción de la sociedad en la que viven.

Pido a María, la mujer fuerte, la madre de los creyentes, la que siempre supo decir “sí” a Dios, que continúe intercediendo por esta Iglesia, por este pueblo panameño para que, como pide el Papa Francisco en su mensaje, “siguiendo fielmente el ejemplo de Nuestra Señora, escuchemos con humildad la Palabra de Dios y seamos auténticos discípulos y misioneros de Jesucristo, hondamente arraigados en el amor a la Iglesia” y que María nos obtenga de su Hijo un corazón grande que sepa responder con generosidad a Sus llamados.

Mons. Andrés Carrascosa Coso
Nuncio Apostólico en Panamá

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