Carta del Obispo Iglesia en España

50 años de la Marcha a Barbartona, carta obispo Sigüenza-Guadalajara

50 años de la Marcha a Barbartona, carta obispo Sigüenza-Guadalajara, Atilano Rodríguez: Peregrinamos con María al encuentro del Salvador

Durante las celebraciones del Triduo Pascual hemos meditado un año más los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Junto a la cruz de Jesús hemos contemplado y admirado a la Santísima Virgen con el alma traspasada de dolor por la muerte violenta de su Hijo. Acompañada por el discípulo amado y por las piadosas mujeres, la llena de gracia permanece firme en la fe y confiada en el cumplimiento de las promesas del Padre.

Desde lo alto de la cruz, María escucha y guarda en lo profundo de su corazón la última recomendación de Jesús: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26). De este modo, la que había permanecido íntimamente unida a Jesús a la largo de su peregrinación por este mundo, se convierte a partir de aquel instante en la Madre de sus discípulos, al acoger su última súplica junto a la cruz.

Elegida por Dios desde toda la eternidad para llevar a cabo la incomparable misión de engendrar en su seno al Verbo eterno del Padre para la vida terrena, al pie de la cruz permanece en comunión con su Hijo, que lleva a término la obra de la redención de todos los hombres. Con su “sí” junto a la cruz, la Santísima Virgen extiende el ejercicio de su maternidad a toda la Iglesia. Se convierte en la Madre espiritual de todos los hombres, al aceptar el encargo de su Hijo de cuidar maternalmente del discípulo amado, en quien todos estábamos representados.

Esta función maternal María comienza a realizarla desde los primeros pasos de la Iglesia, acompañando a los apóstoles de su Hijo que se preparaban para recibir el Espíritu Santo y para salir en misión hasta los confines de la tierra, cumpliendo así el mandato del Maestro (cfr. Act 1, 13-14). Como Madre buena, les enseña a orar, a poner la confianza en la providencia divina y a abrir la mente y el corazón a la acción purificadora y transformadora del Espíritu Santo.

A lo largo de la historia de la Iglesia constatamos admirados cómo María acoge bajo su protección a hombres y mujeres de toda lengua, raza y cultura para llevarlos a Cristo. En todos los rincones de la tierra, millones de personas acuden a Ella con total confianza para presentarle su dolor, para exponerle sus esperanzas, para impetrar su protección maternal. Iluminados por el testimonio de la Madre, muchos creyentes han descubierto la necesidad de abrir el corazón desde las pequeñas esperanzas de cada día a la gran Esperanza, que da plenitud de sentido a la vida y puede colmar la existencia humana de una alegría profunda e indestructible.

Contemplando el testimonio filial de tantos hijos de la Iglesia que, a lo largo de los siglos, han invocado la especial protección y amparo de la Santísima Virgen en sus oraciones personales y comunitarias, el papa Pablo VI, después de escuchar a los padres conciliares, el día 21 de noviembre de 1964, durante la celebración del Concilio Vaticano II, proclamaba solemnemente a María con el título de Madre de la Iglesia.

Entre los padres conciliares que pidieron el reconocimiento explícito de este título mariano se encontraba Don Laureano Castán Lacoma, obispo de Sigüenza-Guadalajara en aquel momento. Al regresar a la diócesis, no dudó en apoyar la iniciativa de los Movimientos de Acción Católica que le habían propuesto la posibilidad de llevar a cabo una peregrinación de toda la diócesis al Santuario de Nuestra Señora de la Salud de Barbatona. Esta iniciativa, además de agradecer al Santo Padre la concesión del nuevo título mariano a la Virgen, pretendía estrechar los vínculos de la comunión eclesial entre todos los diocesanos tras la reestructuración de la diócesis y estimular la verdadera devoción a la Virgen, presentándole los proyectos para la renovación espiritual de todo el pueblo cristiano.

Desde aquel 9 de mayo de 1965, fecha de la primera peregrinación a Barbatona, miles de peregrinos venidos de todos los pueblos de la diócesis y de las diócesis vecinas han participado con profunda devoción en la tradicional “marcha” a la casa de la Madre, haciendo verdad cada año el lema de la primera peregrinación: “Aclamar a María, Madre de la Iglesia. Darle el gozo de la gracia en nuestro corazón de hijos”.

Cuando estamos a punto de finalizar el cincuenta aniversario de estas peregrinaciones, después de escuchar a los distintos organismos de la diócesis, he considerado oportuno convocar a todos los diocesanos a peregrinar un año más al encuentro de la Madre. En esta ocasión, además de la tradicional peregrinación que tendrá lugar el día 10 de mayo con el rezo del Santo Rosario y la celebración de la Eucaristía en la explanada del Santuario, la Comisión organizadora de los actos ha dispuesto también la realización de distintos momentos de oración, de convivencia fraterna, de experiencia evangelizadora y de celebración festiva en la ciudad de Sigüenza el día anterior. A todas las parroquias, movimientos y asociaciones llegará información detallada de estas celebraciones.

Con el fin de favorecer la participación de todos los diocesanos en la peregrinación, invito a los sacerdotes a que supriman las celebraciones de la Santa Misa en las parroquias durante la mañana del día 10 de mayo, avisando previamente a los fieles. De este modo, como ocurrió en la primera “marcha”, quienes así lo deseen podrán participar en las celebraciones de la Santa Misa que tendrán lugar en Barbatona o en las respectivas parroquias el sábado o el domingo por la tarde.

En esta ocasión, al mismo tiempo que agradecemos a Jesucristo el habernos regalado a su Madre como Madre nuestra, pretendemos que el encuentro oracional y gozoso con la Santísima Virgen nos ayude a crecer en la comunión fraterna, a experimentar la infinita misericordia de Dios y a seguir impulsando con nuevo ardor apostólico los objetivos pastorales propuestos en nuestro Plan Pastoral para los próximos años.

María, la Madre de Jesucristo, el Evangelio viviente, no quiere nada para sí. Ella nos orienta siempre al encuentro de su Hijo, el único Salvador de los hombres, para que le dejemos hacer en nosotros y en el mundo. Con su testimonio de fe, nos enseña a vivir en la contemplación del misterio de Jesucristo, a proclamar la salvación de Dios a todos los hombres y a salir con prontitud de nosotros mismos para ir al encuentro de los hermanos, concretando así nuestra condición de discípulos misioneros.

En medio de las fatigas y cansancios del camino, la contemplación de la fe de María nos ayuda a no dejarnos vencer por el fatalismo, sino a buscar en todo momento la voluntad del Padre celestial con la profunda convicción de que lo único que Él quiere es el amor, la felicidad y la vida de sus hijos. Cuando pretendemos afirmar nuestra voluntad y nuestros proyectos ante Dios, considerándolos buenos y razonables, María nos enseña a presentárselos a Él y a dejarle hacer, asumiendo siempre el mandamiento del amor.

En la celebración de la Eucaristía, Jesucristo, el Hijo de Dios, nacido de María, muerto y resucitado por la salvación del mundo, se nos da como alimento de vida eterna. Bajo las especies del pan y del vino, el Señor se hace real y verdaderamente presente sobre el altar y viene a nosotros para enseñarnos a amarle a Él y a los hermanos como lo amó la Santísima Virgen en cada instante de la vida.

A partir de esta experiencia del amor de Dios, podremos mostrarlo y ofrecerlo a los hermanos, como María lo llevó a su prima Isabel y a los jóvenes esposos de Cana de Galilea, suscitando en ellos alegría y gozo. Como templos del Espíritu, presentemos al Señor nuestros cuerpos y nuestra disponibilidad para que a través de nuestro testimonio su amor llegue a todos los hombres y mujeres de la tierra, especialmente a los más pobres y necesitados.

Contemplando el testimonio de fe, esperanza y caridad de la Santísima Virgen, pidámosle confiadamente que nos ayude a evitar el mal y hacer el bien, a no desanimarnos ante las dificultades del camino y a crecer en la fraternidad. De este modo, unidos en un mismo bautismo y en la confesión de un solo Señor, podremos mostrar cada día el verdadero rostro de la Iglesia estaremos poniendo los medios para la construcción de un mundo más justo, pacífico y solidario.

La celebración del cincuenta aniversario de las peregrinaciones a Barbatona tiene que movernos a invocar de un modo especial la intercesión maternal de la Santísima Virgen sobre toda la diócesis y sobre los cristianos perseguidos en distintos rincones del mundo por dar testimonio de su fe. Este año no ha de faltar nuestra súplica confiada por los miembros de la vida consagrada, por las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa, así como por aquellas situaciones personales o sociales, a las que sólo la gracia de Dios puede llevar paz, verdad, justicia, consuelo y esperanza.

En comunión con el papa Francisco, que acaba de invitarnos a la celebración de un Año Jubilar para profundizar en el conocimiento y en la vivencia de la misericordia divina, oremos a María con confianza y esperanza:

“Tú, llena de la presencia de Cristo,
llevaste la alegría a Juan el Bautista,
haciéndolo exultar en el seno de su madre.
Tú, estremecida de gozo,
cantaste las maravillas del Señor.
Tú, que estuviste plantada ante la cruz
con una fe inquebrantable
y recibiste el alegre consuelo de la resurrección,
recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu
para que naciera la Iglesia evangelizadora.

Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados
para llevar a todos el Evangelio de la vida
que vence a la muerte.
Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos
para que llegue a todos
el don de la belleza que no se acaba”.

Con mi sincero afecto y bendición

Atilano Rodríguez Martínez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

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