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50 años de la encíclica “Ecclesiam suam” de Pablo VI

50 años de la encíclica “Ecclesiam suam” de Pablo VI, su documento más significativo, la encíclica del diálogo

Pablo VI terminó de escribir su Encíclica el 11 de julio de 1964; fue publicada en la fiesta de la Transfiguración del Señor;, 6 de agosto de 1964. Él mismo la definió como una «conversación epistolar» y advirtió que con la Encíclica no pretendía afirmar contenidos nuevos y completos, porque habría sido una paradoja. De hecho, se estaba desarrollando todavía el Concilio Ecuménico Vaticano II, puesto en marcha por Papa Juan XXIII, cuya tarea era precisamente esa.

El texto presenta expresiones y conceptos ya pronunciados anteriormente. Más que un anuncio del programa, se trata de la confirmación del proyecto de Papa Pablo VI, quien afirmó: la Iglesia debe, sobre todo, verificar y reforzar la propia fidelidad total a Cristo. Por ello no debe tener miedo de renovarse, de cambiar. Pablo VI no tuvo temor de hablar sobre reforma, palabra generalmente poco usada en los documentos pontificios. Reforma que no puede consistir principalmente en los derroteros de los sentimientos o costumbres mundanas de una época, con sacerdotes que se adecúan buscando popularidad y con fieles que consideran fatal y sabio el conformismo: «El cristiano no es flojo y cobarde, sino fuerte y fiel».

Entonces, se lee en el libro “Las llaves pesadas” (de ediciones San Paolo), bien consciente de sí y dispuesta a la renovación constante salvaguardando íntegra la doctrina, surge la Iglesia lista al deber arraigado en la fidelidad a Cristo: el diálogo con el mundo de la modernidad (cercano, alejado, adverso, sin exclusiones). Es más, «con inmensa simpatía». Y con honestidad: descubrir, comprender y respetar la generosidad y la buena fe en donde quiera que se encuentren, pero, al mismo tiempo, mostrarse tal y como se es, sin engaños, sin olvidar o disfrazar los límites que la Iglesia no puede superar.

Un ejemplo de la relación entre la firmeza en los principios y la disponibilidad al diálogo se encuentra en un pasaje de la encíclica que se realciona con lo que habría sucedido poco después de su publicación. En la “Ecclesiam suam” Pablo VI repite la condena de sus predecesores a los «sistemas ideológicos que niegan a Dios y oprimen a la Iglesia, sistemas identificados frecuentemente con regímenes económicos, sociales y políticos, y entre ellos especialmente el comunismo ateo». Añade: «Pudiera decirse que su condena no nace de nuestra parte; es el sistema mismo y los regímenes que lo personifican los que crean contra nosotros una radical oposición de ideas y opresión de hechos. Nuestra reprobación es en realidad, un lamento de víctimas más bien que una sentencia de jueces […]La Iglesia del Silencio, por ejemplo, calla, hablando únicamente con su sufrimiento, al que se une una sociedad oprimida y envilecida donde los derechos del espíritu quedan atropellados por los del que dispone de su suerte». Poco más tarde comenzaron los contactos con el gobierno checoslovaco que habrían provocado un relustado clamoroso: el 20 de febrero de 1965 pudo visitar Roma el arzobispo de Praga Josef Beran, que desde hacía muchos años figuraba en el Anuario Pontificio como “impedido”. Esos impedimentos eran la cárcel o el arresto docmiciliario. Entonces Pablo Vi decidió crearlo cardenal. Cuando llegó a Roma, se apresuró a recibirlo, aunque estuviera todavía sorprendido por el salto imprevisto de la condición de sospechoso a príncipe de la Iglesia.

Exactamente 14 años después de la publicación de la Encíclica, el domingo 6 de agosto de 1978, Pablo VI falleció. Habían llegado a la Plaza San Pedro peregrinos y turistas, porque el Papa se habría asomado para saludarles y recitar el Ángelus. Pero no sucedió. El texto que Pablo Vi habría debido pronunciar dice: «La Transfiguración del Señor, recordada por la liturgia en la solemnidad de hoy, proyecta una luz deslumbrante sobre nuestra vida diaria y nos lleva a dirigir la mente al destino inmortal que este hecho esconde. En la cima del Tabor, durante unos instantes, Cristo levanta el velo que oculta el resplandor de su divinidad y se manifiesta a los testigos elegidos como es realmente, el Hijo de Dios. “el esplendor de la gloria del Padre y la imagen de su substancia” (cf. Heb 1, 5); pero al mismo tiempo desvela el destino trascendente de nuestra naturaleza humana que El ha tomado para salvarnos, destinada también ésta (por haber sido redimida por su sacrificio de amor irrevocable) a participar en la plenitud de la vida, en la “herencia de los santos en la luz” (Col 1, 12). Ese cuerpo que se transfigura ante los ojos atónitos de los Apóstoles es el cuerpo de Cristo nuestro hermano, pero es también nuestro cuerpo destinado a la gloria; la luz que le inunda es y será también nuestra parte de herencia y de esplendor. Estamos llamados a condividir tan gran gloria, porque somos “partícipes de la divina naturaleza” (2 Pe 1. 4). Nos espera una suerte incomparable, en el caso de que hayamos hecho honor a nuestra vocación cristiana y hayamos vivido con la lógica consecuencia de palabras y comportamiento, a que nos obligan los compromisos de nuestro bautismo. El tiempo restaurador de las vacaciones traiga a todos oportunidad de reflexionar más a fondo sobre estas realidades estupendas de nuestra fe. Una vez más deseamos a todos los aquí presentes, y a cuantos pueden disfrutar de una pausa de solaz en este tiempo de vacación, que los transforméis en ocasión para madurar espiritualmente. Pero tampoco este domingo podemos olvidar a cuantos sufren por hallarse en circunstancias especiales y no pueden sumarse a quienes gozan, en cambio, de un reposo ciertamente merecido. Queremos aludir a los desocupados, que no alcanzan a subvenir a las necesidades crecientes de sus seres queridos, con un trabajo acorde con su preparación y su capacidad; a los que padecen hambre, una multitud que aumenta cada día en proporciones pavorosas; y en general, a todos aquellos que no aciertan a encontrar un puesto satisfactorio en la vida económica y social».

Fuente: www.vaticaninsider.it



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