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Entrevista al nuevo arzobispo de Sevilla: «Una vez escuchada y atendida la llamada del Señor, a por todas»

«Una vez escuchada y atendida la llamada del Señor, a por todas». Con esta entrega e ilusión comienza el ministerio de José Ángel Saiz Meneses como arzobispo de Sevilla. El prelado ha concedido una entrevista que publica la archidiócesis en la que profundiza sobre su vida familiar y su recorrido pastoral, pasando por el Seminario Menor Nuestra Señora de Montalegre de Barcelona, su ordenación sacerdotal en la Catedral de Toledo y sus múltiples destinos pastorales, hasta su reciente nombramiento como cabeza visible de la Iglesia hispalense.

Durante la conversación, el arzobispo ha descubierto uno de sus salmos preferidos, cuyas palabras del salmista eleva como un estandarte en la nueva misión que el Señor le ha encomendado: «Mi corazón no es ambicioso ni mis ojos altaneros, no pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos como un niño en brazos de su madre. Por tanto, «una vez escuchada y atendida la llamada del Señor, a por todas», ha expresado.

Saiz Meneses es el cuarto hijo de una familia cristiana. «Nací en Sisante, un pueblo de Cuenca. Somos dos hermanos y dos hermanas. Y mi familia es un regalo del Señor. Mis padres ya murieron. El de mi padre era un trabajo de agricultor, él tenía tierras, olivos, viñedos y tierras blancas, donde sembraban trigo y cereales. El recuerdo que tengo de él es el de un buen padre, un hombre muy noble, generoso, fiel, un caballero. Mi madre era una mujer de fe de estas que define la Biblia. Ella fue la que nos educó cristianamente, la que nos enseñó a rezar cada noche, antes de leer y escribir, me sabía las Letanías a la Virgen, de memoria, porque se rezaban cada noche y a un niño pequeño se le graban más rápido las cosas. Era una mujer inteligente y emprendedora y las circunstancias difíciles de la vida, que tarde o temprano se presentan, siempre las abordó desde un planteamiento muy sobrenatural, muy de fe».

—¿Tiene recuerdo de la infancia en Cuenca antes de marcharse a Barcelona?

—En Cuenca recuerdo que fui monaguillo, tengo recuerdos de la escuela de Sisante, de la parroquia, del convento de clausura de las monjas clarisas, donde está la imagen de nuestro padre Jesús Nazareno, esculpido por Luisa I. Roldán (La Roldana) y eso es algo que marca mucho la vida de los hijos de Sisante. Quizá los recuerdos que más tenga de la infancia y de la adolescencia es del Seminario Menor en Barcelona, claro, fueron siete años, allí es donde uno entra niño y sale ya un jovencito, los recuerdos son muy buenos.

—¿Cursillos de Cristiandad los conoce en esa etapa de Seminario Menor o posteriormente?

—Lo conocí por medio de una de mis hermanas que había hecho el Cursillo. Ella fue invitada, lo hizo, tuvo muy buena experiencia y luego me animó a que fuera yo. Yo estaba en el Seminario Menor, tenía 17 años, pero lo que realmente me impactó de Cursillos de Cristiandad fue el testimonio de los laicos que hablaban de Dios, hablaban de cosas espirituales y hablaban desde el testimonio y la experiencia. Me impactó tanto como he dicho, que me incorporé al Movimiento, hacíamos reuniones de grupos, Ultreya, estuve en las reuniones de dirigentes y siempre hemos mantenido contacto.

—¿Qué le aportó su etapa de formación en Toledo?

—La figura de don Marcelo González era como un paraguas importante de consistencia y seriedad. Él traía lo mejor que podía y encontraba como profesores. Luego, tuve otra figura que me influyó mucho, mi director espiritual, José Rivera Ramírez, un sacerdote diocesano que está en proceso de beatificación y que realmente es un santo, perfectamente canonizable, un hombre de una espiritualidad y un modo de vida extraordinarias, de una ascética extraordinaria, eso también me marcó. Luego todo el claustro de profesores que eran muy buenos, allí coincidimos compañeros excelentes, gente de espiritualidad recia, de buena formación, de buen nivel académico, de inquietud evangelizadora y de opción por los pobres. Fue una etapa preciosa, un regalo del Señor, que yo disfruté mucho y en el que aprendí mucho.

—¿Qué recuerdos tiene de su vida de párroco?

—Fui párroco de ocho pueblos, tres de Toledo y cinco de Ciudad Real. Me tocó arreglar tres iglesias y los domingos por la mañana era un rally, porque salía del pueblo donde residía, hacía 35 kilómetros, decía la primera Misa, volvía para atrás, 25 kilómetros más, hacía la segunda Misa, 10 kilómetros más al pueblo donde residía, hacía la tercera Misa y luego en la tarde otro sitio. También el sábado en la tarde presidía tres celebraciones eucarísticas, fue un año intensísimo. Aquella experiencia de pueblos pequeños y de recorrer comunidades fue muy bonita. Después hice la mili en León, estuve como capellán en el Hospital de Valladolid, volví a Toledo y allí estuve tres años como vicario parroquial en Illescas: la experiencia fue extraordinaria, porque todo lo que se sembraba, fructificaba.

Después volví a Barcelona y estuve tres años como vicario parroquial en San Andrés de Palomar; después fui nombrado rector de una iglesia que canónicamente no era parroquia, era una iglesia como centro del culto y fui nombrado también responsable de la Pastoral Universitaria. En el año 2000 fui nombrado secretario general y canciller del Arzobispado de Barcelona y el 15 de diciembre del año 2001, al cabo de un año y medio, obispo auxiliar y después en junio del 2004, se crearon dos nuevas diócesis: Sant Feliu de Llobregat y Tarrasa, yo fui nombrado obispo de la segunda.

—¿Qué destacaría de su vida como obispo?

—Resumiría esa pregunta con la palabra: Encuentro. Lo que más llena mi vida es el encuentro con Dios, el encuentro con Cristo, fundamentalmente en la celebración de la Eucaristía, eso llena mi vida y después el encuentro con las personas. Ese encuentro con todos los colaboradores y todos los feligreses, el escucharlos y compartir y darte cuenta que es absolutamente desproporcionado el efecto que se produce en ese grupo de personas en relación a tu pobre persona. Te das cuenta que les hace mucho bien tener una relación con el obispo, les hace mucho bien porque es el Señor el que actúa. El encuentro con Dios, el encuentro con las personas concretas, de todas las condiciones, de todas las circunstancias, eso es lo que más me llena. Luego en cada diócesis toma formas distintas. Eso sí que me gustaría continuarlo. Las visitas pastorales también son momentos preciosos y fecundos.

—Ha conocido la vivencia de fe dentro de las hermandades. ¿No es así?

—Los prejuicios y los estereotipos, una vez que se conocen las hermandades de verdad, caen todos. Hay una cuestión muy importante para la Iglesia hoy día y que se está convirtiendo en un problema en muchos lugares, que es la transmisión de la fe. Hace 50 o 60 años todo giraba en torno al complejo parroquial, la fe en la parroquia y en el centro parroquial, música, teatro, danza, cine parroquial, cultura, lo que quisieras. Hoy día no se puede competir con las discotecas, los cines, etc. La transmisión de la fe en la misma familia es muy difícil, es muy difícil, cuesta mucho y se pierde. En las hermandades, ves a los niños, jóvenes, adultos, adultos mayores, la transmisión de la fe se da como se daba antes con nuestros mayores, cuando no había televisión, ni redes ni nada. Se daba en las familias, en las parroquias, en las escuelas. En las hermandades, la transmisión de la fe se va produciendo y eso es algo importantísimo. Después, también veo que gracias al trabajo que se ha ido haciendo desde hace ya muchos años, la hermandad no es folclore de un día al año, sino que dentro de las hermandades hay vida espiritual que se fomenta en la interioridad y la vida de oración. Está también la acción caritativa y social, hay obras sociales de las hermandades que son impresionantes, por lo tanto, mucho respeto y mucho cariño a las hermandades.

—¿Qué sector de la Iglesia le ha marcado más?

—Con el tema de juventud, siempre me ha tocado trabajar bastante en las parroquias y luego estuve en la Pastoral Universitaria, ocho años, muy intensos. Del 2001 al 2008 me eligieron presidente de la Comisión de Seminarios y Universidades, luego al dejar Seminarios, coincidió con que en nuestra diócesis erigimos Cáritas Diocesana como estructura y quise ir a la Comisión de Pastoral Social para hacer una inmersión en este mundo y también he estado como Obispo responsable  de Pastoral Penitenciaria, que han sido años preciosos porque la Pastoral Penitenciaria es una pastoral pequeña en cuanto a volumen dentro de la pastoral de la Iglesia, pero es muy significativa. Yo antes de ser el encargado de Pastoral Penitenciaria, estuve visitando el Centro Penitenciario de Cuatro Caminos y celebré la Misa de Navidad con los privados de libertad, porque también son parte de la familia diocesana y así se lo hacíamos sentir. Yo lo he vivido con mucha intensidad. La Pastoral Penitenciaria no se trata de ir a visitar a los presos, es prepararlos, organizar ámbitos de acogida para que no reincidan, y acompañar a las familias, a las parroquias donde van a ir a vivir, es decir, al final, un centro penitenciario tiene que ser como una parroquia, donde el Triple Munus (enseñar, santificar y gobernar), se pone en práctica.

—¿Cuál es su visión ante el surgimiento de nuevos carismas?

—De toda la vida que brota, trato de acompañarla, encauzarla y fermentarla. Todos estos métodos nuevos (Retiros de Emaús, Effetá), a todos esos movimientos los hemos ido acompañando. Ahí hay que, para entendernos bien, hacer como la parábola que nos narra el Señor en el Evangelio, sobre aquel dueño de la casa que sabe sacar del arca lo nuevo y lo antiguo. No se trata de copiar y pegar nuevas experiencias, porque hay realidades distintas en cada lugar, entonces hay que evaluar si es conveniente su implantación, por medio del discernimiento, eso es lo que intentamos hacer.

—Sobre Sevilla ¿Cuál ha sido su impresión de la ciudad, un primer flash de su visita semanas atrás?

—Si tuviera que resumirlo, en una palabra, sería “Grandeza”. Visitas la Catedral de Sevilla, grandeza. El Palacio Arzobispal, grandeza. Los santos más significativos de la historia de Sevilla, grandeza; la vida de las hermandades, grandeza. El Seminario Metropolitano, grandeza, porque 55 seminaristas hoy día, es una bendición. Las noticias que tengo de lo preparado que está el clero sevillano, y del número del presbiterio, de los religiosos y de las religiosas, de los monasterios de vida contemplativa, grandeza. Es una sensación de decir, grandeza, y yo vengo de una diócesis que no es pequeña. Profundizo ahora en la vida de san Leandro y san Isidoro, son grandes. Fernando III, el santo, la repercusión y trascendencia histórica de su vida, el beato Spínola, santa Ángela de la Cruz… Dios quiera que, en la Iglesia diocesana de Sevilla en su conjunto, con el Obispo a la cabeza, seamos dignos continuadores de esta grandeza y de esta gracia de Dios con la que ha ido bendiciendo la historia de la Iglesia en Sevilla.



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