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José Luis Pinilla: «La encíclica sobre la fraternidad recoge el sueño de muchos»

La Delegación Diocesana de personas migrantes y refugiadas Coria – Cáceres organizó una conferencia online en el Día Mundial para la abolición de la esclavitud el 2 de diciembre. En la charla participó José Luis Pinilla, exdirector del Secretariado de la Comisión de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española, actualmente trabaja en Madrid en obras de Migraciones de la Compañía de Jesús  (Pueblos Unidos-P.Rubio)  y en el Grupo Loyola.  Desde la delegación de medios de comunicación de la diócesis de Coria-Cáceres nos ofrecen esta entrevista con el jesuita donde profundizó sobre los sueños rotos de la inmigración, «que se rompen como las pateras en el mar».

—¿Podremos hacer realidad el sueño del Papa que es el de Jesucristo de que todos seamos hermanos?

—Un bello sueño. Así es. La encíclica sobre la fraternidad recoge el sueño de mucha gente. El de san Francisco de Asís y el del Papa que tomó su nombre. Y de tantos otros. Recuerdo aquello de Eduardo Galeano: “El derecho de soñar no figura entre los treinta derechos humanos que las Naciones Unidas proclamaron a fines de 1948. Pero si no fuera por él, y por las aguas que da de beber, los demás derechos se morirían de sed”. La encíclica invita a recomponer muchos sueños porque, como él mismo dice, prácticamente en el frontispicio de su encíclica (nº10) hay “sueños que se rompen en pedazos”. Sueños rotos de muchos migrantes que como  desplazados forzosos huyen del hambre, de la violencia, de la conculcación de derechos humanos, de desastres ecológicos. Sueños rotos como las pateras que se parten en medio de mar. Sueños rotos   en los actuales internos de los CIE, en los que dejan en tierra de nadie como actualmente en Canarias. Sueños rotos  en sus aspiraciones por un trabajo decente sueños rotos por injusticias, egoísmo, etc… Pero el Papa no se rinde ante la aventura desafiante de la fraternidad nunca acabada. Tiene la fuerza del evangelio detrás de él. Y la de la comunión eclesial. Aquella por la que no apuestan los que ponen la ideología por encima de la fe y sus convicciones. La Fratelli Tutti es ejemplo de ello pues recuerda pistas evangélicas muy concretas. Por ejemplo, el buen samaritano.

—En uno de sus escritos reciente dice que “en la ‘nueva normalidad’ los descartados, los de siempre, pagarán el pato”. Pero también pone un atisbo de esperanza, deseando que el “cruel bichito nos enseñe a ser ciudadanos del NOSOTROS, ahuyentando nuestro despiadado y triste individualismo”.

—Recuerdo aquella palabra casi mágica de Nelson Mandela en los tiempos de la independencia surafricana: “Ubuntu”. Básicamente se traduce por “yo soy porque nosotros somos”. Ubuntu, en su cultura, puede traducirse también como: “Todo lo que es mío es para todos” . El Papa propone e insiste en  la ‘función social de la propiedad’ (120) de manera clara y rotunda en su encíclica

—Ahora que acabamos de celebrar la Jornada Mundial de los Pobres, ¿siguen “molestando” los pobres, los migrantes, los refugiados?

—La Jornada de los pobres celebrada en la Iglesia nos está dando una oportunidad que Dios ha puesto para que brille su santidad a través de nuestras vidas cotidianas y descubrir esa santidad a pie de vecindad. La Covid-19  ha ofrecido la oportunidad de sacar lo mejor de las personas y, seguro, lo hará también de nosotros  también pobres seguidores del Cristo. Una gran  oportunidad que hay que mantener en el tiempo y en el espacio para una sentida y sencilla conversión de verdad hacia los empobrecidos, los preferidos del Señor. Adela Cortina decía que el problema no eran los emigrantes y refugiados sino los pobres. No es xenofobia, es aporofobia, es decir el rechazo al pobre. De ahí la urgencia  de descubrir y manifestar a Cristo como Señor de la Historia sin olvidarnos de nuestros señores que son los pobres.

—¿Cree que a pesar de estar en el siglo XXI todavía tenemos equivocados los términos caridad y justicia, incluso en la Iglesia?

—Sabemos muy bien que la Iglesia –servidora de los pobres – practica como eje de su actividad la caridad, tanto personal –a través de sus miembros– como institucional –mediante sus organismos–. Pero la propia Iglesia propone más. Se puede hablar de caridad política como la dimensión social y pública de la vida de la persona cristiana. Nuestra caridad no puede ser solo para paliar sino para prevenir, curar, proponer. (…) Me parece que no se trata solo de mitigar el sufrimiento y la necesidad de los empobrecidos –que hemos de seguir haciéndolo con todos nuestros medios personales y colectivos –, sino también, y a la vez, de imposibilitar estructuralmente la acción de aquellos que (individualmente y colectivamente) tratan injustamente a los que sufren; y esto se logra con mayor justicia.

—En tiempos donde seguimos hablando de la importancia de estar el máximo posible en casa hay muchos que no disponen de ella. ¿Nos hemos olvidado de los campos de refugiados y de otras realidades de la migración? 

—Los campos de refugiados son la casa de los más pobres. Y como dice la Iglesia española los más pobres entre los pobres son los migrantes sin papeles. Hay países mucho más pobres que nosotros que tienen mayor acogida migratoria con muchísimos menos medios. Los campos de refugiados deben ser temporales y como paso previo mínimo para la acogida, la protección, integración y promoción de los refugiados  migrantes. Y por desgracia se están convirtiendo en casa permanente donde muchas personas van agotando su vida por inanición, por aburrimiento, por desastres como el incendio de Moria, por la falta de esperanza…etc. Por desgracia estos campos forman parte de una política de tapón migratorio en condiciones indignas a pesar del valiosísimo esfuerzo de organizaciones humanitarias. Sin ellas, la tragedia sería mayor

—En numerosas ocasiones, usted ha dicho que Europa debe recuperar su “identidad de acogida”. ¿Qué debemos hacer cómo Iglesia dentro de la sociedad para que emigrantes y refugiados vean reconocidos sus derechos? 

—Hay como un autismo europeo en la crisis migratoria porque  Europa ante la realidad migratoria se acerca también en muchos casos – no todos- a esa imagen  de la crisis de un antiguo régimen de atrincherados en un salón de espejos. Una Europa autista que muchas veces solo se mira a sí misma. Con políticas migratoria aplicadas de manera distinta según sean los países. Ahí la Iglesia “Europea” a través de la COMECE pide urgentemente la solidaridad con los refugiados que viven en condiciones inhumanas en los campos y están seriamente amenazados por el virus. No se trata solo de financiación, sino también apertura proporcional de las fronteras de la Unión Europea, Y hay que tener en cuenta los  principios, valores y obligaciones jurídicas internacionales que siempre deben ser respetados, independientemente de las condiciones de las personas involucradas, principios de actuación y valores que son la base de la identidad de Europa y tienen su origen en sus raíces cristianas. Europa no puede ser un castillo amurallado. Muchas de sus ciudades y países están constituidos y enriquecidos precisamente por las migraciones. Hay que insistir en vías seguras y legales para los migrantes, y corredores humanitarios para los refugiados, (tanto con entidades eclesiásticas como privadas) mediante los cuales puedan venir a Europa con seguridad y ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados según los verbos del Papa Francisco . Europa no puede ni debe dar la espalda.

—Cuando comenzó el Estado de Alarma, Cáritas propuso la puesta en marcha de un “plan de choque” que resolviese o paliase en lo posible las consecuencias de esta crisis en las personas refugiadas y migrantes. 

—Cáritas ha estado en primera línea en el tema de la pandemia. La caridad en la Iglesia no se ha cerrado. Se ha seguido trabajando como en “catacumbas” y me parece que muy en red -que no son precisamente los lugares que visitan las autoridades institucionales-. Aun así, la respuesta no puede ser inmediatista, de huracán, sino de seguir respondiendo todo lo que se pueda, pero primando proyectos importantes a medio y largo plazo y alcance en tiempos y espacios. Con proyectos que al principio no se ven, pero que son los que se convierten en imprescindibles. Lo importante no es solo trabajar por los efectos de la pandemia sino evitar el desamparo ante las próximas crisis. Trabajar desde ellos mismos. Que los empobrecidos se sientan y sean protagonistas de la historia en tiempos tan dolorosos.

—Tras su marcha del Secretariado de la Comisión de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española, cargo que ha ocupado 12 años, le ha sustituido la hasta ahora responsable del Departamento de Trata, Marifran Sánchez. ¿Realmente ha llegado la hora de los laicos de la que se habla desde el Vaticano II?

—Siento casi pudor para hablar de los laicos, siendo jesuita. Creo que son ellos los que deben opinar sobre si ha llegado su hora. Aun así, diré algo, porque siempre he apostado por el laicado (devolviendo lo que de ellos primero he recibido) y son ellos y ellas los que han sostenido siempre con una gran e imprescindible fortaleza y compromiso  mi vida religiosa y eclesial en las misiones encomendadas. ¡Sobre todo los laicos que no han ocupado primeros puestos! Y me he alegrado mucho que en mi caso como Director de Migraciones  me haya cogido el relevo una mujer laica. Me gustaría decir que su hora ha sido siempre. Desde el bautismo. Está claro que estamos todavía  lejos de un mayor y demandando protagonismo laical. No se trata de mero cambio de papeles o de posición de poder. Que no sea sustitución de puestos donde están los curas ante la ausencia de vocaciones religiosas. El último Congreso de Laicos lo desvelaba. Para que sea más visible y  no mera consigna, ni pose, se necesita que  los cristianos laicos se impliquen y decidan mucho más en los compromisos sociopolíticos del mundo (y en los eclesiales por supuesto) y que los clérigos se lo facilitemos mucho más en los ámbitos en los que nos movamos. Cada uno como pueda y sepa. Y que se trabaje mucho más la espiritualidad laical.



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