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25 años del asesinato de los maristas españoles del Zaire
De izq. a dcha., Miguel Ángel Isla, Julio Rodríguez, Fernando de la Fuente y Servando Mayor.
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25 años del asesinato de los maristas españoles del Zaire

Hoy domingo, 31 de octubre, se cumplen veinticinco años del asesinato en el antiguo Zaire (actual República Democrática del Congo) de los misioneros españoles Servando Mayor, Miguel Ángel Isla, Fernando de la Fuente y Julio Rodríguez, los mártires de Bugobe. El superior general de los Maristas, Ernesto Sánchez Barba, evoca en un mensaje elaborado para la efeméride su testimonio de fe, esperanza y caridad, así como su disposición y entrega hasta el final.

Los cuatro hermanos dieron la vida sirviendo a los desplazados de la violencia del genocidio de Ruanda en la región de los Grandes Lagos. «Vivieron el amor de forma que no optaron por conservar la vida, sino por arriesgarla», recuerda Sánchez Barba. «Hicieron lo que creían que tenían que hacer. Entre los últimos diálogos con el Superior general decían: “No podemos abandonar a quienes ya están abandonados de todos”».

Los misioneros fueron asesinados por las milicias interhamwe (ruandeses exiliados de etnia hutu), pero bien pudieron hacerlo también a manos de los banyamulenges (congoleños de etnia tutsi). De hecho, el hermano Servando, superior de la comunidad, temía ser víctima de estas últimas debido al auxilio que prestaban a los refugiados hutus del campo de desplazados de Nyamirangwe, situado a apenas tres kilómetros de la misión.

Según explicó el entonces superior general de los Maristas, Benito Arbués, los hermanos fueron tiroteados en torno a las ocho de la tarde. Los autores del crimen —unos setenta hombres— permanecieron después unos días en la casa y luego la saquearon. Cuando casi una semana más tarde llegaron a ella los hermanos de la comunidad marista de Nyangezi solo hallaron tres cosas: el diario de Miguel Ángel Isla tirado en el suelo, un crucifijo con los brazos y las piernas mutilados y una tosca estatuilla de la Virgen. Los cadáveres de los religiosos fueron extraídos de una fosa séptica y enterrados en la casa-noviciado de Nyangezi. «Han muerto —dijo entonces Arbués— porque a pesar de los riesgos que corrían decidieron quedarse junto a miles de personas que iban y venían errantes, víctimas del pánico y de la presión de quienes querían hacer de ellos escudos humanos en los combates o en la resistencia».

Cristo mutilado encontrado en la misión de Bugobe.

Tres burgaleses y un vallisoletano

Servando Mayor (44 años), Miguel Ángel Isla (53) y Fernando de la Fuente (53) eran burgaleses: de Hornillos del Camino, Villalaín y Burgos capital, respectivamente. Julio Rodríguez (40), por su parte, era natural de Piñel de Arriba (Valladolid).

Pese a ser el más joven, Julio era el que más tiempo llevaba en el Zaire: doce años. Miguel Ángel había estado 13 en Argentina y otros 22 en Costa de Marfil; y Fernando había pasado la mayor parte de su vida en Chile, donde había sido formador y consejero provincial. Servando solo llevaba un año en Zaire.

Desde Bugobe trataban de atender a los cientos de miles de ruandeses que habían huido de su país tras el genocidio de 1994. La situación de estas personas era dramática. El hermano Servando la describió tan solo unas horas antes de ser asesinado desde los micrófonos de la Cadena COPE: «Los refugiados y, en primer lugar los más vulnerables —los niños, las mujeres, los ancianos—, están a punto de perecer sobre las carreteras y las colinas bajo una lluvia torrencial. (…) No tenemos comida. Ni una sola aspirina. (…) Lo que puede ocurrir es imprevisible, porque al más de un millón de refugiados se está sumado ahora mismo la población zaireña».

El campo de Nyamirangwe estaba bajo la administración de la Cruz Roja y acogía a unas 30.000 personas, casi todas campesinas. Servando, Miguel Ángel, Fernando y Julio se dedicaban principalmente a la enseñanza, pero también atendían a ancianos y enfermos, proporcionaban alimentación a unos 300 niños… e incluso habían puesto en marcha un molino para proporcionar harina a los desplazados.

Los cuatro sabían que sus vidas corrían peligro. «Ahora soy mucho más consciente de la realidad en que estoy metido y a veces aflora a mi conciencia un miedo sordo, como chispas vivas y fugaces», dejó escrito  Miguel Ángel. «De todos modos —añadía—, sé bien de Quién me he fiado y voy con alegría al refugio… Este mundo (occidental) no es el mío; hay demasiada abundancia y allí demasiada necesidad, pero el hombre allí es más hombre».

Amaron hasta el final

El hermano Sánchez Barba, el actual superior general, ha escrito con ocasión de la efeméride: «Son hermanos dignos de nuestra admiración y entran en la categoría de los grandes modelos maristas, haciendo parte de tantos otros hermanos que “amaron hasta el final” en los cinco continentes. Valoramos mucho su acto de entrega. Nos asombra y admiramos su fe, esperanza y caridad, su compromiso, su disponibilidad a dejar la comodidad y la seguridad para ser una presencia marista entre un grupo aislado y frágil como lo era ese gran grupo de desplazados».

«Hacemos notar —añade— que los cuatro hermanos fueron asesinados como comunidad. Quiero resaltar el testimonio de vida en común. No fueron cuatro individuos aislados, fue una comunidad marista, trabajando juntos, viviendo en fraternidad. Discernieron juntos sus decisiones significativas».

Portada del libro «Amaron hasta el final».

La historia de los cuatro maristas del Zaire y su compromiso con los refugiados ruandeses fue contada por el sacerdote y periodista donostiarra Manuel de Unciti en el libro Amaron hasta el final (Edelvives, 1997). En youtube, este video ayuda a conocer los escenarios en los que se movieron.

Asesinato del arzobispo Munzihirwa

La muerte de los maristas españoles se produjo solo dos días después del asesinato en el Kivu Sur, también en el antiguo Zaire, del arzobispo de Bukavu, Christophe Munzihirwa. A este prelado, jesuita, que solo llevaba dos años en la sede, lo mató la otra parte: los soldados ruandeses del Frente Patriótico Ruandés (tutsis).

Munzihirwa se dirigía en coche a la universidad acompañado del chófer y un soldado encargado de facilitar el paso por los puestos de control, cuando su vehículo fue interceptado en uno de ellos. Sacado del mismo, fue interrogado y asesinado a tiros. El cuerpo fue encontrado al día siguiente y recuperado por los misioneros Javerianos.

Monseñor Munzihirwa era la voz de los refugiados y se había convertido en un testigo incómodo para las fuerzas ocupantes. Su causa de beatificación fue introducida en 2016.



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