Al abrir la puerta

2021

Pues en esta última columna del año tengo que contarles que había preparado un texto negro como el año que termina. Es como si lo hubiera ido rumiando con los humores terribles de estos meses, plagado de preguntas, dudas, mementos y elegías. Era a medias jeremíaco y a medias con el eco de los miedos y las incertidumbres y los reproches de Job. Un eco existencialista terrible, créanme. También es cierto que traía respuestas, las de un Dios que está detrás de cuanto hay, pero al que en medio de tanto como hemos tenido ni vemos, ni sentimos ni comprendemos, pero con auto-tirón de orejas también en que ni yo ni nuestro mundo, aunque nos duela lo que pasa, somos un Job, justo y bueno, para increpar a Dios.

Pero en el último momento he decidido borrarlo. Sobre todo porque no quiero que me coja el año nuevo protestando ni doliéndome. No quiero empezar el próximo 2021 –venga como venga, y ojalá no haga bueno al que acaba, que como decía aquella escena de Calvin y Hobbes lo más notable de la vida es que no hay nada tan malo que no pueda ir a peor…- resignado, enfadado y dominado por la negrura.

No quiero que mi vida sea un constante dar vueltas al sufrimiento y al dolor aunque, evidentemente, este sea inevitable. No quiero empezar la próxima vuelta al sol centrado en lo mal que está todo, aunque lo esté. No quiero escribir al acabar este tiempo algo dominado por dudas, incertidumbres, remordimientos y melancolías. Por más que la muerte y el confinamiento y la inquietud haya sido lo común de estos meses, no quiero que se me metan en el alma de tal modo que no vea más.

Y aunque la tentación de la superficialidad es real a la hora de mirar este año –el buenismo de todo va a salir bien, más fuertes, hay que aprovechar mientras estamos aquí, bla, bla, bla…- también es una tentación vestirnos solo de saco y negrura, y ser demasiado serios y severos, y encerrarnos en el llanto y la ceniza, y creernos más profundos porque nuestra mirada es torva y doliente… por más que lo que acaba lo merezca. Y reconozco –las primeras confesiones eran públicas y esta columna que cierra el año algo de esto tiene…- que a punto ha estado de vencerme la tentación de la desesperanza y la falta de fe.

Pero no quiero. Quiero que aunque el 21 –Dios no lo quiera- traiga más muerte, más llanto, más dolor, más rupturas, más sufrimiento, más miedo, más incertidumbre, más distancia, más encierros, más remordimientos, más melancolías, no puedan con la fe, la esperanza y el amor.

Y lo quiero no sólo para mí, sino para todos los demás.

De corazón, deseo que el año nuevo resistamos a la tentación de la negrura tanto como la de la superficialidad y que nos llenemos de Dios. De fe, esperanza y de amor.

Feliz año nuevo.

 

Vicente Niño  Orti, OP. @vicenior

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