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2020: El año que nos cambió (1/15)

Nadie podía imaginar hace un año que este 2020 que ahora dejamos iba a cambiar de una manera tan radical nuestras vidas. Las noticias de una nueva variedad de gripe en China empezaban a asomar ya por el horizonte, pero tampoco era la primera vez que saltaban las alarmas. Además, China queda muy lejos. Y, de repente, en unos meses, esta vez sí, llegó «el lobo». Y el letal virus cambió el mundo y nos cambió a todos. Decenas de miles de muertos (más de 1,6 millones a día de hoy), sistemas sanitarios colapsados, confinamientos, soledad, negocios arruinados, colas para conseguir comida…

La covid-19 nos ha mostrado nuestra fragilidad como criaturas. Un minúsculo virus nos ha devuelto a la realidad de nuestra pequeñez. Ha sacado lo mejor y lo peor de cada uno, conductas egoístas y comportamientos heroicos. En estos meses hemos llorado el abandono de nuestros mayores en las residencias, y aplaudido hasta la extenuación la entrega heroica de nuestros sanitarios, reconocida mediante la concesión del Premio Princesa de Asturias.

Y la Iglesia ha estado siempre ahí, en primera línea, multiplicando la asistencia y el acompañamiento a los necesitados a través de Cáritas; reorientando actividades de manera telemática; acompañando en el dolor a los familiares de las miles de vidas truncadas por la pandemia; proporcionando alimentos a quienes se han quedado sin trabajo o recursos económicos y engrosan las llamadas «colas del hambre»… Ha estado en primera línea, y lo sigue estando, porque ni la pandemia ni sus consecuencias han desaparecido. La redacción de ECCLESIA ofrece la crónica de un año que, esta vez sí, se ha ganado a pulso el adjetivo de «horribilis».

El virus que transformó nuestras vidas

En el momento de escribir estas líneas, España es el segundo país europeo con un mayor número de casos confirmados de covid-19, tan solo por detrás de Francia, y el tercero, tras Italia y Francia, en número de fallecidos. Sin ninguna duda, el 2020 será recordado en España, y en el mundo, por esta pandemia que transformó nuestras vidas.

Después de algunas semanas de incertidumbre y cierto escepticismo, al filo de la medianoche del 14 de marzo, el presidente del Gobierno Pedro Sánchez, decretaba la entrada en vigor en España del inesperado estado de alarma que conllevó un confinamiento para combatir la imparable expansión del coronavirus. El confinamiento se instaló en nuestras vidas y las calles de nuestras ciudades se quedaron vacías de la misma forma en la que los hospitales se colapsaban. Una situación que provocó el caos y que afectó especialmente a nuestros ancianos que estaban en las residencias. Un frenazo en seco para nuestras vidas que nos hizo darnos cuenta de la importancia de lo esencial en nuestras vidas, que nos descubrió frágiles y vulnerables y que nos lanzaba a reconocer todos aquellos trabajos esenciales que sustentan a la comunidad y que se convirtieron en el principal activo: los trabajadores sanitarios, en un ejercicio de supervivencia que, entre el heroísmo y la improvisación, tuvieron que reinventar aceleradamente la organización de los procesos asistenciales para dar respuesta a una emergencia sanitaria inédita. Un momento en el que costaba transmitir un mensaje de espereza solo fortalecido por Quien no nos abandona. La sobreinformación se contrastaba con la falta de imágenes que pusieran rostro a las miles de cifras que oíamos sin parar en los informativos. La foto que publicó el diario El Mundo en su portada, tomada por Fernando Lázaro en la morgue improvisada en el Palacio de Hielo de Madrid, valedora de un premio ¡Bravo! de la CEE, nos quitó la venda de los ojos y nos devolvió a una realidad que solo imaginábamos pero que no habíamos visto.

La desescalada a partir de mayo paso a una falsa calma que intentó salvar la campaña de verano. Pero el virus ha seguido y sigue en nuestra sociedad, enmascarado también de disputas, falta de diálogo, conflictos políticos que nos han situado en una Navidad atípica que en medio de tanto sufrimiento vuelve a mostrar en lo esencial el verdadero sustento que nos hace sentir que esta pandemia no tendrá la última palabra.

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