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Caravaca, el camino de la Vera Cruz: carta del obispo de Cartagena

Caravaca, el camino de la Vera Cruz: carta del obispo de Cartagena

Arrancamos el día 8 de enero de 2017 con otra aventura de gran alcance en la vida de la Iglesia de Cartagena, porque se abre en la Basílica Menor-Santuario de la Santísima y Vera Cruz de Caravaca, el tercer Año Jubilar, desde que la Iglesia concediera en el año 1998 la celebración periódica –cada siete años– de este tiempo de gracia y bendición de Dios en torno a la Santísima y Vera Cruz. Las raíces de los Años Jubilares se hunden en el Antiguo Testamento y en la Historia del pueblo de Israel, donde aparecen ligados a la liberación del pueblo, a la acción de gracias y a la reconciliación con Dios y con los hermanos. Venir a Caravaca como peregrinos supone una decisión y un ponerse en camino, pero lo más grande es la enriquecedora experiencia de sentir cerca la Cruz de Cristo, porque te permite hacer silencio para conocerle más y para reconocerte aceptado y querido por Dios. Esperamos que los frutos del presente Año Jubilar –así lo pedimos a Dios– sean muy abundantes.

El lema que acompañará este año a quienes peregrinen a Caravaca es una invitación a entrar en el corazón misericordioso de Dios: “Jesucristo, Puerta de la Vida”. Se trata de un mensaje, de una palabra de esperanza y de bienvenida para todos, sin excepción; es la oferta generosa del mayor regalo, sentir cerca a Cristo mismo, Redentor y Salvador. El mensaje de la Cruz de Cristo, el anuncio de su muerte y resurrección es una Buena Noticia, una luz poderosa que nos llama a escucharle y a seguirle, a sintonizar nuestra vida con esa Palabra y esa Gracia que se nos regala. Es lo que los cristianos llamamos la “conversión”. Por eso, a todo aquel que quiera vivir su fe, renovarla, despertarla si está dormida o anquilosada, a todos, va dirigida esta fiesta de encuentro, esta llamada a la conversión del corazón.

Durante este año una multitud de fieles se acercará a Caravaca, porque allí se custodia desde tiempo inmemorial la Sagrada Reliquia del Lignum Crucis, es decir, unas astillas de la misma Cruz en la que pendió el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo hasta el extremo del Amor, hasta dar la vida, cosa que ya había anunciado de palabra y de obra, obedeciendo a la voluntad del Padre hasta el final, abriéndonos el camino de la vida que viene de Dios.

¿Qué vamos a encontrar al llegar a Caravaca durante este Año Santo? Nos encontraremos con Cristo mismo, pero a Cristo crucificado, lo que llenaba de alegría a San Pablo, que manifestó que el motivo de su gozo y gloria era la Cruz de Cristo (Gal. 6, 14). La Cruz te hace ver el rostro de Dios, como el Varón de dolores, humillado y deshecho de los hombres, marcado por las cicatrices de la violencia de la condición humana. El Padre Dios hizo con su Hijo lo que no le permitió a Abraham, que entregara la vida sin enviar legiones de ángeles para reparar… Es como si Dios se dejase expulsar del mundo, de nuestras vidas. En este sublime trance es donde ves a Cristo, que se hace presente en forma de debilidad. Cosa que les costó entender a los primeros. ¡Cuánto revela a la gente esta actitud de Dios que calla! Dios, en Jesús, baja hasta lo más hondo de la condición humana, allí donde ni uno mismo puede llegar. Su Hijo destrozado, surcado por una crueldad real es la expresión más paradójica del deseo de mostrarnos su rostro. Dios nos ha hecho ver lo esencial, lo que es invisible a los ojos humanos. En Jesús se nos muestra al Padre construyendo, en lentitud, el progreso del Reino. ¡Cómo nos aturde esto a los impacientes! Esa lentitud la experimentamos cada día y este es el “banco de pruebas” para muchos idealistas, porque Dios hace progresar el Reino en lentitud.

Encontraremos también en Caravaca el gran regalo de la Indulgencia Plenaria, que es uno de los preciados frutos jubilares. Ya conocéis que las indulgencias permiten remitir la pena temporal, gracias a los méritos de valor infinito de Nuestro Señor Jesucristo, Redentor del género humano, y los méritos de la Santísima Virgen María y de todos los santos, que dimanan sobreabundantemente de los de Jesús. El pecador perdonado puede necesitar una purificación ulterior, es decir, puede ser deudor de una pena temporal que ha de satisfacer en la vida terrena o en la otra vida, en el purgatorio. La indulgencia permite remitir aquella pena temporal. Para los que se pregunten cómo se puede uno lucrar de ese regalo de las indulgencias, les podemos decir que se obtienen con las condiciones habituales que nos pide la Iglesia, que son estas tres: confesión sacramental, participación en la eucaristía y comunión, y oración por las intenciones del Sumo Pontífice. Esto, en el día de la peregrinación o unos días antes o después. Claro, que no habría que aclarar que se pide una gran sinceridad para con Dios, nada de formalismos o con una hipócrita rutina, sino desde la verdad y transparencia, como expresión de tu mundo interior que te hace patente el amor de Dios.

Para impregnarse bien de este don de la Indulgencia, la Iglesia y Dios mismo nos piden una doble mirada: una interior y la otra exterior. La interior porque la conversión que Dios nos exige es conocer nuestros pecados y pedir perdón por ellos de corazón, pero sobre todo porque en nuestro interior vamos a descubrir la presencia gozosa de Cristo que nos anima y alienta a dar el paso a la reconciliación. La mirada al exterior será el signo de la conversión, porque es la confirmación de que nos sentimos ya cercanos a todos los que nos rodean; nos hará descubrir el valor y la importancia auténtica de cada persona o cosa, porque lo verdaderamente cristiano es también profundamente humano. Nadie se marchará de Caravaca sin este regalo: haber crecido en sensibilidad para la caridad, que es el regalo de saber compartir el gozo de no pasar de largo del hermano, particularmente de los más pobres y necesitados, donde también se refleja el rostro de Cristo. Porque la reconciliación y la paz son los frutos de la Cruz de Cristo, y en ella encontramos no el triunfo mundano, sino, por el contrario, el triunfo verdadero, el de una vida plenamente entregada a Dios y a los demás, sembrando juntos esa esperanza que hemos cifrado en Cristo.

La apertura del Año Jubilar perpetuo en Caravaca siempre se hace coincidir con la fiesta litúrgica del Bautismo del Señor, cuando vemos a Jesucristo en un lugar que no le correspondía: en la misma fila de los pecadores, que se dirigían a Juan Bautista para hacer un signo de conversión y penitencia y ser bautizados por él. Cristo, que quiso compartir nuestra condición humana hasta este extremo, participó también de ese bautismo de Juan, momento en el que se oyó la voz del cielo: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”. La misma voz se dejará oír bajo el cielo de Caravaca de la Cruz para todos los que acudimos como peregrinos, la voz que nos pedirá que abramos los oídos y escuchemos atentamente a Cristo.

En Caravaca de la Cruz te espera la oportunidad de una vida nueva, de un replanteamiento de la misma y la posibilidad de un cambio de ruta. Tenemos por delante todo un año de gracia, por eso os animo a venir en cualquier momento, que siempre seréis bienvenidos, pero no olvidéis que el 7 de enero del 2018, en la fiesta del Bautismo de Jesús, será la clausura. En Caravaca no os espera solamente una oportunidad extraordinaria de hacer turismo y conocer este maravilloso enclave del noroeste murciano, lo cual ya de por sí merece la pena. Allí encontraréis una acogida fraterna, una oportunidad de vivir y compartir la fe con alegría y un signo de esperanza, la Esperanza única, que es Jesucristo, Puerta de la Vida. Que Nuestro Señor nos ayude a seguir adelante a pesar de las dificultades y que Dios os bendiga a todos en este Año Santo. Nos vemos en Caravaca.

Venga, nos ponemos en camino de la gracia y la paz del corazón.

+ José Manuel Lorca Planes

Obispo de Cartagena

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