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Reflexión IV Domingo de Cuaresma, (6-3-2016), por fray José Borja

Reflexión IV Domingo de Cuaresma, (6-3-2016), por fray José Borja

Estamos en el cuarto domingo de Cuaresma y nos vamos acercando cada vez más a la semana santa. Hoy las lecturas se leen desde un marco un poco diferente al de resto de domingo. A este domingo lo llamamos: “laetare” que significa alegría.

Y es una alegría que como nos dice el Evangelio, el Padre nos espera con misericordia y brazos abiertos.


Todos hemos tenido y tendremos a lo largo de nuestra vida, esos momentos que nos hacen apartarnos del camino, tropezar una y otra vez con la misma piedra, que haya pecados que repitamos…
Pero durante toda la cuaresma vamos viendo que el Señor sigue a nuestro lado. Como Padre, sale a nuestro encuentro. Olvida nuestros fallos, perdona y nos espera con misericordia y alegría.

El salmo 33: Gustad y ved que bueno es el Señor.
Saboreemos una y otra vez el salmo.
Vemos como el Señor siempre está dispuesto a salvarnos de esos momentos de angustias. Que nos sirva de reflejo para que en esos tiempos de desolación que la vida nos va poniendo en el camino, en esos momentos, confiemos en Dios y gustemos su mano misericordiosa.

San Pablo hoy llama nuestra atención advirtiéndonos que Dios ha reconciliado al mundo consigo sin pedir cuentas por nuestros pecados. Es decir, es el mismo Dios que por medio de Cristo se reconcilia con su pueblo, con nosotros. Que nos no tiene en cuenta nuestros pecados, ni nuestros fallos. Seamos reflejos de esa misericordia paterna.

En el Evangelio, Lucas nos narra la maravillosa parábola del hijo pródigo.
Un Evangelio donde se muestra la gran e incalculable misericordia del Padre con su hijo. Una bondad y un perdón donde el AMOR con mayúscula vence.
A pesar de todos los fallos, traición, pecado y rechazo que podamos tener, el sale a nuestro encuentro. Nos abraza y vuelve a confiar.

Que este domingo no perdamos la alegría de sabernos perdonados con infinita misericordia. Que María madre la misericordia nos ayude a que actuemos como enviados de Dios; a no juzgar a los otros, y que las veces que tengamos la tentación de cerrar las puertas a los que quieren volver, gustemos que Dios ha tenido también con cada uno de nosotros (individualmente) paciencia y compasión.
Aprovechemos esta cuaresma y como decía el Papa Francisco, la misericordia de Dios acaricia las heridas de nuestros pecados.
Ojalá no dejemos nunca de sentir esa caricia.
Que así sea.

Fray José Borja.

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