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10 años de obispo de Plasencia: homilía de Amadeo Rodríguez Magro

Homilía en la Eucaristía de celebración del X Aniversario de la Ordenación Episcopal de monseñor Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia, 31 de agosto de 2013

“En el reparto apostólico me ha tocado un lote muy hermoso”

Queridos hermanos y hermanas: sacerdotes, consagrados y consagradas y queridos hermanos y hermanas en la fe bautismal.

1. Ante todo gracias, muchas gracias, por compartir mi gratitud al Señor, que me eligió como vuestro obispo y pastor. Con toda verdad os digo que, cuando hablo con él de vosotros, que lo hago todos los días, siempre le digo: Te estoy muy agradecido porque en tu reparto apostólico me ha tocado un lote muy hermoso. En efecto, os confieso que sigo estando enamorado de la Iglesia que me cautivó desde el primer flechazo; el que me llegó por boca del Señor Nuncio, Don Manuel Monteiro de Castro, en nombre del Beato Juan Pablo II.

Pero tras esta sincera y apasionada declaración de amor, quiero deciros que, aunque todo en este día nos invite a mirar al pasado, no es mi intención echar la mirada hacia atrás. Lo hecho, hecho está. Al contrario, si no me he opuesto a esta iniciativa de mis vicarios, que según compruebo ha sido tan bien acogida por vosotros, es porque una ocasión como ésta me brinda la oportunidad de orientar esta sencilla fiesta como un suma y sigue, como una mirada al futuro. Os digo ante el Señor que lo que hoy más me importa no es lo que ya hemos hecho juntos, sino lo que tenemos que seguir haciendo.

2. Le doy las gracias al Señor Vicario General por haber puesto de relieve algunos logros, pero a él y a vosotros os digo que, si algo hemos hecho bien ha sido el Señor quien lo hacho, y desde luego lo hizo con la cooperación de toda la comunidad diocesana. Si algo tuve claro desde el primer día de mi ministerio episcopal es que, para cualquier iniciativa y acción, además de la ayuda imprescindible del Señor, también me era imprescindible la colaboración de todos vosotros. Al fin y al cabo yo soy el animador visible de la unidad en la vida de nuestra Iglesia diocesana. Y como sabéis muy bien, sólo en la unidad, en la cooperación se logra el objetivo de nuestra misión: que el mundo crea. “Que todos sea uno para que el mundo crea” (Jn 17,21).

3. No obstante, ya que me habéis querido recordar que han pasado diez años desde mi llegada a la Diócesis, no sería muy lúcido espiritualmente por mi parte, si no aprovechara la ocasión al menos para aceptar que no siempre en mi tarea episcopal acerté en mis propuestas de servicio, de entrega, de generosidad, de caridad y de ejemplaridad. El texto del Evangelio que han elegido para esta celebración (Jn 21,15-17), me sugiere lo que no hice, lo que equivoqué en los diez años que he sido vuestro pastor. Aunque también este precioso texto me dice que el amor todo lo cura, lo encauza y lo renueva. “Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si le amaba”. Hoy por diez veces me lo pregunta a mí y por diez veces me enternece hasta las lágrimas el amor y la compasión que Jesucristo resucitado me manifiesta. Como le sucedió a Pedro, también yo me siento estimulado y transformado por la confianza que pone en mi persona, cuando me dice: “Apacienta mis ovejas”. Una vez más en la palabra de Jesús me siento pastor, pero también ante él me siento oveja. Con vosotros soy del rebaño que se alimenta de su cálida Palabra, de la sabrosa comida de su cuerpo, de la gratificante fecundidad de su amor y de la humilde atención de su servicio. Pero confiando en su Palabra, que me dice que os cuide como su rebaño, quiero ser en Cristo el Pastor que conoce una a una a sus ovejas y por eso siente con especial preocupación la falta de las que se pierden o la huida de las que abandonan el rebaño.

4. Como discípulo y apóstol del Buen Pastor, al escuchar la lectura del Apóstol Pablo en su primera carta a los Corintios (1 Cor 9,16-19.22-23), me reafirmo en que el Evangelio es la razón de mi vida, es mi dedicación amorosa, es la verdad que me sostiene espiritual y pastoralmente. “Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes”. Todo lo hago en la Iglesia, en su misión, que es evangelizar. “No tengo más remedio y ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!” Esta urgencia apostólica, como sabéis muy bien, suena en estos momentos para mí y para vosotros con una especial actualidad. Una vez más, el corazón de Dios, como lo hizo en otras épocas de la historia, no envía al hombre insatisfecho de nuestro tiempo, para que le ofrezcamos lo que realmente necesita: el amor salvador de Dios, del que nosotros vivimos por nuestra participación en Cristo. Os decía hace un momento que pretendo que esta celebración nos estimule a un “suma y sigue”. Pues bien, dar a conocer el Evangelio, anunciarlo de balde a todos sin excepción y sin distinción, estando cerca de cada uno, especialmente de los más débiles como hizo Jesús, es mi motivación esencial como Obispo de esta nuestra querida Diócesis de Plasencia.

5. Hace diez años, en la alocución que os dirigía al final de mi ordenación episcopal, ya os decía que mi ministerio habría de tener un horizonte evangelizador. Al hilo de mi lema, “Preparar los caminos del Señor” (PARARE VIAS DOMINI), dije con mucha ilusión que quería dedicarme a “preparar caminos que facilitasen el encuentro condescendiente, gratuito y originario de Dios con el misterio de la libertad del hombre”. Me ocuparé -decía entonces- de allanar los obstáculos que los seres humanos le ponemos a los pasos de Dios. Y lo haré con todos vosotros: sacerdotes, consagrados y con la aportación irrenunciable de los fieles laicos”. Espero que estéis de acuerdo conmigo en que realmente, por los senderos que hemos recorrido juntos, hemos ido desbrozando para la evangelización los caminos del Señor.

6. Hicimos un Sínodo, el X de nuestra historia, que nos adentró en profundidad en nuestra realidad y nos ayudó a descubrir que nuestra misión pasaba por nuestra renovación interior, por nuestra conversión al Evangelio, por el servicio de la caridad, por la comunión fraterna, por la alegría de celebrar juntos la gracia que nos llega por los sacramentos;  y nos hizo ver que sólo así podíamos llegar a ser testigos creíbles en el anuncio del Señor. En el sínodo, nuestra diócesis se orientó para la misión con muchas ideas y propuestas que el Espíritu nos sugirió. Nuestro primer plan pastoral postsinodal quiso ponerle cimientos sólidos a nuestra vida cristiana, quiso ser un camino para la revitalización de la fe en nuestras comunidades parroquiales. “La transmisión de la fe” fue su gran objetivo.

Si esos fueron los desencadenantes, lo que ha venido después es que esa Iglesia que fortalece su fe y la renueva, ha de salir a las calles, para acompañar su latido humano y para llevar a las entrañas de la vida de nuestros hermanos y hermanas el Evangelio de Cristo. “Id y anunciad el Evangelio” es el lema que nos mueve en nuestro actual plan pastoral. Mientras estamos en eso, como un regalo que nos afianza en nuestro itinerario diocesano, los Papas Benedicto y Francisco nos animan, el uno tras el otro, a vivir con intensidad un Año de la fe. En eso andamos y por ahí queremos seguir. Pero sin olvidar que estamos metidos de lleno en la misión de la Iglesia. La fe hay que comunicarla, hay que compartirla. “La fe es un amor que se recibe y se comunica como una experiencia de gozo y gracia” (Pf 7).

7. Desde esta clara conciencia misionera de la fe, os proponía a todos al final del pasado curso, en la fiesta del Castañar, un compromiso diocesano de futuro, que formulaba de este modo: cada parroquia una misión, cada cristiano un misionero. Este lema encerraba, a mi entender, un compromiso ilusionante de nuestra Iglesia diocesana, que ha de pasar por el compromiso personal ilusionado de los que llevamos la misión en la sangre, que somos todos los bautizados, entre los que algunos hemos sido llamados por el Señor para servicios específicos. Pues bien, ha llegado el momento de hacerlo realidad. También nosotros queremos “hacer lío”, como nos está diciendo últimamente el Papa Francisco. Para realizar este compromiso, os doy una noticia: el mismo día que clausuremos el Año de la fe iniciaremos un año de misión diocesana.

8. Todo comenzará recordándonos que, para ser misioneros, hay que ser primero discípulos. Sólo el discipulado sitúa en la misión; pues la misión sólo se empieza y se realiza con discípulos. Fue a los discípulos a quienes Jesús les dijo: “Id al mundo entero y anunciad el Evangelio” (Mc 16,15-20). ¿Pero cómo se hace un discípulo? Los discípulos se hacen día a día en los caminos ordinarios de la experiencia cristiana: la escucha atenta de la Palabra, la oración del corazón, la experiencia sacramental, especialmente en la Eucaristía y en la Reconciliación y el testimonio con palabras y obras de comunión y de servicio. Es apuntalando nuestra vida en Cristo como aprendemos a abrir caminos que faciliten la entrada del Señor en el corazón del mundo.

Es, en efecto, en la vida ordinaria de la comunidad eclesial, en la de las parroquias de nuestras ciudades y pueblos, donde hemos de aprender a ser discípulos. En nuestras comunidades hemos de asumir un estilo que integre la acogida y el perdón, la pobreza, la austeridad, la humildad y la sencillez; y el compromiso por la paz, la justicia y la caridad, valores fundamentales del Reino de Dios. Un estilo que siempre tenga como predilectos de nuestro servicio a los pobres: los de medios materiales y de trabajo, los de respeto y cultura, los de afecto y esperanza. Sólo a partir de ese primer empeño de constituir comunidades de discípulos, podemos abrir caminos para presencias misioneras creíbles en los diversos ambientes de nuestra Diócesis que necesitan a Jesucristo, su verdad, su camino, su vida, su alegría, su esperanza, su amor, su salvación.

9. Con nosotros estará la Madre entrañable de la Iglesia, María Santísima, por todos muy amada y por la cercanía de su santuario aquí llamada Virgen del Puerto. También los santos nos fortalecerán con su ejemplo e intercesión: a nuestro lado estarán San Fulgencio y Santa Florentina, y los ya muchos beatos que con predilección miran hacia Plasencia desde el cielo, encabezados, naturalmente, por nuestra querida beata Matilde del Sagrado Corazón.

10. Para concluir, quiero hacer una breve mención al acontecimiento principal que hoy nos ha traído hasta aquí: la finalización de las obras del Seminario. Hoy lo han visto los sacerdotes y a lo largo de la próxima semana tendrá sus puertas abiertas durante toda la mañana para que podáis ver lo que realmente hemos hecho entre todos. Pero al contemplarlo os invito a recordar que el seminario es vida cristiana, porque es el espacio en el que se cultiva la misión servidora de los sacerdotes, pastores en nombre de Cristo para ofrecer su Palabra, la gracia del Señor y su servicio a todos los que le buscan y a todos los que quieren vivir en él. El seminario es espacio de la vocación, de la llamada y de la elección de Cristo a aquellos a aquellos que él quiere y le son dóciles en el seguimiento. Haced, pues, de vuestra visita al seminario una oración, la que Cristo nos recomendó: “Rogad al dueño de la mies que envíe trabajadores a su mies”.  Amén.

+ Amadeo Rodríguez Magro

Obispo de Plasencia

 



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