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Editoriales Ecclesia

Verdadera formación para huir del carrerismo y otras pestes – editorial Ecclesia

Verdadera formación para huir del carrerismo y otras pestes – editorial Ecclesia

Ha sido propiamente el segundo discurso de Francisco, en sus cuatro años de ministerio petrino, dirigido, de modo expreso y directo, a la Iglesia en España. El primero fue hace tres años, el 3 de marzo de 2014, con ocasión de la visita ad Limina de nuestros obispos (ecclesia, número 3.717, páginas 34 y 35). Y tanto el de marzo 2014 como el de ahora (el 1 de abril de 2017, a la comunidad del Pontificio Colegio Español San José de Roma en su 125 aniversario), aunque tienen unos primeros y obvios destinatarios (obispos y sacerdotes, respectivamente), no cabe duda alguna de que están dirigidos a la entera Iglesia en España, incluido todo su Pueblo de Dios.

¿Qué es lo que dijo Francisco (ver páginas 29 y 30) el sábado 1 de abril a nuestra Iglesia española?: la necesidad de la formación, una formación integral, sostenida sobre cuatro columnas básicas e íntimamente unidas entre sí -formación académica, formación espiritual, formación comunitaria y formación apostólica-, pues, «si falta una de ellas, ya empieza a renquear la formación y termina paralítico el cura», y dígase lo mismo, por extensión, del consagrado o del laico.

Formarse «supone ser capaces de acercarse con humildad al Señor y preguntarle: “¿Cuál es tu voluntad?, ¿qué quieres de mí?”», lo cual, además, requiere vivir en clave y hábito de discernimiento permanente.

La necesidad de la formación, una formación integral, constante y actualizada, está destinada a la misión para que, «a través de la sencillez y la austeridad de vida», los miembros de la Iglesia puedan «llegar a ser promotores creíbles de una verdadera justicia social».

De este modo, pastores y fieles, estarán mejor dotados y mejor vacunados para hacer frente a tentaciones cotidianas de la vida y del mismo ministerio como es, en primer lugar, hacer prevalecer, en detrimento de las otras tres, una de las columnas básicas de la formación ya citadas. Pues, de aquí, de esta tentación, de este error, «nacen todas las ideologías que apestan a la Iglesia, de un signo o de otro, del academicismo clerical».

El necesario equilibrio en la formación eclesial reclama, en segundo lugar, la unidad y la comunión como criterios e ideales irrenunciables. «Presbiterio (podríamos decir lo mismo de cualquier comunidad consagrada y del laicado) que no mantiene la unidad, de hecho, echa a Dios de su testimonio. No es testimonio de la presencia de Dios. Lo manda afuera». Y es que «el Señor nos llamó para ser una comunidad, de modo que esa caridad congregue a todos los sacerdotes con un especial vínculo en el ministerio y la fraternidad».

En tercer lugar, todo este proceso requiere inexcusablemente de la autenticidad de vida y de testimonio, «sin reservas, sin dobleces, sin intereses espurios, sin buscarse a sí mismo en el éxito personal o en la carrera». No fue el sábado 1 de abril la primera vez que Francisco lo dijo con toda claridad, lo cual refuerza su convicción y la verdad evangélica al respecto: «El carrerismo eclesiástico es una peste», de la que hay que huir, una peste que afecta, sí, a sacerdotes y a obispos, pero que también puede contaminar a consagrados y a laicos.

«Es en nuestras pequeñas cosas, seguridades y afectos, donde –recalcó asimismo el Papa- nos jugamos el ser capaces de decir que sí al Señor o darle la espalda como el joven rico». Y más adelante, concretó y apostilló, del modo tan gráfico que le caracteriza: «El diablo siempre entra por el bolsillo».  Porque, además, «es bueno aprender a dar gracias por lo que tenemos, renunciando generosa y voluntariamente a lo superfluo, para estar más cerca de los pobres y de los débiles». Y ello no significa «ser curas (e insistimos nosotros, tampoco consagrados o laicos) descamisados», sino testigos de Jesús, sencillos, austeros y creíbles promotores de los valores del Reino y de una nueva humanidad más justa y solidaria.

Finalmente, no queremos concluir este Editorial del hoy sin transmitir nuestra felicitación, gratitud, reconocimiento y mejores deseos para el Pontificio Colegio Español San José de Roma, con ocasión de sus 125 años. Numerosos motivos lo demandan, como el hecho de que tres de los nueve directores de los 76 años de historia de ecclesia –Antonio Montero, Joaquín L. Ortega y Jesús de las Heras- hayan sido alumnos del colegio, amén de tantos de sus colaboradores pasados y presentes.

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