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Posted 2 noviembre, 2012 by Redactora in Rincón Litúrgico
 
 

Santa Teresa de Jesús- Las Moradas. Capítulo 1. Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.

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Texto preparado por Fray Gregorio MORADAS PRIMERAS

CAPÍTULO 1

En que trata de la hermosura y dignidad de nuestras almas. Pone una comparación para entenderse, y dice la ganancia que es entenderla y saber las mercedes que recibimos de Dios. Cómo la puerta de este castillo es la oración.

1. Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí, porque yo no atinaba a cosa que decir ni cómo comenzar a cumplir esta obediencia, se me ofreció lo que ahora diré, para comenzar con algún fundamento: que es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas (1)[1]. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice él tiene sus deleites (2)[2]. Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita? No hallo yo cosa con qué comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad; y verdaderamente apenas deben llegar nuestros entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla, así como no pueden llegar a considerar a Dios, pues él mismo dice que nos crió a su imagen y semejanza (3)[3].

 

Pues si esto es, como lo es, no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo; porque puesto que hay la diferencia de él a Dios que del Criador a la criatura, pues es criatura, basta decir Su Majestad que es hecha a su imagen para que apenas podamos entender la gran dignidad y hermosura del ánima.

 

2. No es pequeña lástima y confusión que, por nuestra culpa, no entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos. ¿No sería gran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es, y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra? Pues si esto sería gran bestialidad, sin comparación es mayor la que hay en nosotras cuando no procuramos saber qué cosa somos, sino que nos detenemos en estos cuerpos, y así a bulto, porque lo hemos oído y porque nos lo dice la fe, sabemos que tenemos almas. Mas qué bienes puede haber en esta alma o quién está dentro en esta alma o el gran valor de ella, pocas veces lo consideramos; y así se tiene en tan poco procurar con todo cuidado conservar su hermosura: todo se nos va en la grosería del engaste o cerca de este castillo, que son estos cuerpos (4)[4].

 

3. Pues consideremos que este castillo tiene –como he dicho– (5)[5] muchas moradas, unas en lo alto, otras en bajo, otras a los lados; y en el centro y mitad de todas éstas tiene la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma.

 

Es menester que vayáis (6)[6] advertidas a esta comparación. Quizá será Dios servido pueda por ella daros algo a entender de las mercedes que es Dios servido hacer a las almas y las diferencias que hay en ellas, hasta donde yo hubiere entendido que es posible; que todas será imposible entenderlas nadie, según son muchas, cuánto más quien es tan ruin como yo; porque os será gran consuelo, cuando el Señor os las hiciere, saber que es posible, y a quien no, para alabar su gran bondad; que así como no nos hace daño considerar las cosas que hay en el cielo y lo que gozan los bienaventurados, antes nos alegramos y procuramos alcanzar lo que ellos gozan, tampoco nos hará ver que es posible en este destierro comunicarse un tan gran Dios con unos gusanos tan llenos de mal olor; y amar una bondad tan buena y una misericordia tan sin tasa.

 

Tengo por cierto que a quien hiciere daño entender que es posible hacer Dios esta merced en este destierro, que estará muy falta de humildad y del amor del prójimo; porque si esto no es, ¿cómo nos podemos dejar de holgar de que haga Dios estas mercedes a un hermano nuestro, pues no impide para hacérnoslas a nosotras, y de que Su Majestad dé a entender sus grandezas, sea en quien fuere? Que algunas veces será sólo por mostrarlas, como dijo del ciego que dio vista (7)[7], cuando le preguntaron los apóstoles si era por sus pecados o de sus padres. Y así acaece no las hacer por ser más santos a quien las hace que a los que no, sino porque se conozca su grandeza, como vemos en san Pablo y la Magdalena (8)[8], y para que nosotros le alabemos en sus criaturas.

 

4. Podrase decir que parecen cosas imposibles y que es bien no escandalizar los flacos. Menos se pierde en que ellos no lo crean, que no en que se dejen de aprovechar a los que Dios las hace; y se regalarán y despertarán a más amar a quien hace tantas misericordias, siendo tan grande su poder y majestad; cuánto más que sé que hablo con quien no habrá este peligro, porque saben y creen que hace Dios aun muy mayores muestras de amor. Yo sé que quien esto no creyere no lo verá por experiencia, porque es muy amigo de que no pongan tasa a sus obras, y así, hermanas, jamás os acaezca a las que el Señor no llevare por este camino.

 

5. Pues tornando a nuestro hermoso y deleitoso castillo, hemos de ver cómo podremos entrar en él.

 

Parece que digo algún disparate; porque si este castillo es el ánima claro está que no hay para qué entrar, pues se es él mismo (9)[9]; como parecería desatino decir a uno que entrase en una pieza estando ya dentro. Mas habéis de entender que va mucho de estar a estar; que hay muchas almas que se están en la ronda del castillo (10)[10], que es adonde están los que le guardan, y que no se les da nada de entrar dentro ni saben qué hay en aquel tan precioso lugar ni quién está dentro ni aun qué piezas tiene. Ya habréis oído en algunos libros de oración (11)[11] aconsejar al alma que entre dentro de sí; pues esto mismo es.

6. Decíame poco ha un gran letrado (12)[12] que son las almas que no tienen oración como un cuerpo con perlesía o tullido, que aunque tiene pies y manos no los puede mandar; que así son, que hay almas tan enfermas y mostradas a estarse en cosas exteriores, que no hay remedio ni parece que pueden entrar dentro de sí; porque ya la costumbre la tiene tal de haber siempre tratado con las sabandijas y bestias que están en el cerco del castillo, que ya casi está hecha como ellas, y con ser de natural tan rica y poder tener su conversación no menos que con Dios (13)[13], no hay remedio. Y si estas almas no procuran entender y remediar su gran miseria, quedarse han hechas estatuas de sal por no volver la cabeza hacia sí, así como lo quedó la mujer de Lot (14)[14] por volverla.

 

7. Porque, a cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración, no digo más mental que vocal, que como sea oración ha de ser con consideración; porque la que no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien pide y a quién, no la llamo yo oración, aunque mucho menee los labios; porque aunque algunas veces sí será, aunque no lleve este cuidado, mas es habiéndole llevado otras. Mas quien tuviese de costumbre hablar con la majestad de Dios como hablaría con su esclavo, que ni mira si dice mal, sino lo que se le viene a la boca y tiene deprendido, por hacerlo otras veces, no la tengo por oración, ni plega a Dios que ningún cristiano la tenga de esta suerte; que entre vosotras, hermanas, espero en Su Majestad no lo habrá, por la costumbre que hay de tratar de cosas interiores, que es harto bueno para no caer en semejante bestialidad (15)[15].

 

8. Pues no hablemos con estas almas tullidas, que si no viene el mismo Señor a mandarlas se levanten –como al que había treinta años (16)[16] que estaba en la piscina–, tienen harta malaventura y gran peligro, sino con otras almas que, en fin, entran en el castillo; porque aunque están muy metidas en el mundo, tienen buenos deseos, y alguna vez, aunque de tarde en tarde, se encomiendan a Nuestro Señor y consideran quién son, aunque no muy despacio. Alguna vez en un mes rezan llenos de mil negocios, el pensamiento casi lo ordinario en esto, porque están tan asidos a ellos, que como adonde está su tesoro se va allá el corazón (17)[17], ponen por sí algunas veces de desocuparse, y es gran cosa el propio conocimiento y ver que no van bien para atinar a la puerta. En fin, entran en las primeras piezas de las bajas; mas entran con ellos tantas sabandijas, que ni le dejan ver la hermosura del castillo, ni sosegar; harto hacen en haber entrado.

 

9. Pareceros ha, hijas, que es esto impertinente, pues por la bondad del Señor no sois de éstas. Habéis de tener paciencia, porque no sabré dar a entender, como yo tengo entendido, algunas cosas interiores de oración si no es así, y aun plega al Señor que atine a decir algo, porque es bien dificultoso lo que querría daros a entender, si no hay experiencia; si la hay, veréis que no se puede hacer menos de tocar en lo que plega al Señor no nos toque por su misericordia.

 

 

COMENTARIO A LAS MORADAS PRIMERAS,

CAPÍTULO 1

 

Desde el símbolo del «castillo» se le dice al lector que cada hombre es como un castillo; que lo interior del castillo es el alma; que la puerta de ingreso es la oración; primeros pasos de oración: conocerse a sí mismo, tomar conciencia de la propia dignidad, des%arrollar el sentido de Dios y el sentido de pecado, recu%perar la sensibilidad espiritual. Cuidar la propia interio%ridad.

 

Desde la imaginería bíblica, el hombre de las pri%meras moradas, liberado ya del pecado, está como Pablo o la Magdalena recién convertidos; como el ciego de nacimiento o el paralítico de Siloé que han recu%perado la vista o el movimiento, antes atrofiados. Pero, como la mujer de Lot, en riesgo permanente de volver la mirada atrás y petrificarse.

 

 

Entremos en el castillo

 

Como en los antiguos «libros de caballerías», nos acercamos al Castillo de Teresa, y hacemos un alto con breve pausa de silencio ante su gran puerta de entrada. La pausa nos sirve para recordar dos cosas importantes. Que este castillo es, ante todo, el castillo de ella, el de su alma y su vida. El de su Señor. Pero que a ella le sirve de atalaya para situar al lector frente al propio castillo. Sin confrontaciones hirientes: le resultaría penosa al lector, y quizás humillante, la confrontación. Al contrario, a la autora le interesa tender desde el primer momento una especie de puente levadizo y comunicante entre los dos castillos, el suyo y el mío, con suave flujo de convicciones, experiencias y empatía en sentido unidireccional: desde el humanismo y la experiencia reli%giosa de ella deriva una especie de fluido comunicante que viene de su castillo al mío.

 

Teresa comienza hablándome en positivo «de la hermosura y dig%nidad de nuestras almas». Es el epígrafe de este primer capítulo. Leá%moslo íntegro, porque nos brinda la mejor pista de lectura comprensi%va del capítulo entero. Dice así:

 

– «Trata de la hermosura y dignidad de nuestras almas;

– Pone una comparación para entenderse;

– Dice la ganancia que es entenderla y saber las mercedes que recibimos de Dios;

– Y cómo la puerta de este castillo es la oración».

 

Subrayemos la palabra «alma/almas». Desde esa primera línea del libro, «alma y castillo» se equivalen en el lenguaje simbólico de la obra. En nuestro lenguaje de hoy –notémoslo– «alma y castillo» equivalen a «hombre». Ella comenzará hablándonos «de la dignidad del hombre».

 

 

El misterio del hombre al trasluz de un símbolo antropológico

 

Es la primera sorpresa. Para introducir al lector en este «tratado» de vida espiritual o de teología espiritual, Teresa comienza hablando del hombre, o bien del alma del hombre. Y lo hace en términos no sólo elo giosos, sino con la máxima evaluación posible de la dignidad humana.

 

En el fondo, y como primera piedra sillar, tiene que quedar bien asentado que el hombre es lo más parecido a Dios. Y que en sí mismo tiene una capacidad que lo trasciende: no sólo está hecho a imagen de Dios, sino que es capaz de contenerlo. Que el hombre no sólo tie%ne vocación de Dios, llamado a la comunión con él, sino que su mismo ser humano está estructurado como «capacidad de Dios», como espa%cio-morada de Dios. Más y mejor que el cosmos entero.

 

Para decir todo eso en forma plástica y comprensible a cualquier lector, Teresa comienza replegando sobre un símbolo. Un símbolo que tiene raíces profundas en su experiencia mística anterior: el símbolo del castillo, ya anunciado en el título mismo de la obra. El alma del hombre es como un castillo…

 

En su primera formulación, esa imagen del castillo se transfigura e idealiza: el alma del hombre es «como un castillo todo de diamante o muy claro cristal». Joya traslúcida y enorme. Como una amatista gigante, en cuya interioridad hay muchos aposentos. Grande «como el cie%lo, donde hay muchas moradas». Especie de gema utópica, irrealizable en ninguna orfebrería de la tierra.

 

Luego esa primera ideación del símbolo evoluciona y se vuelve terrestre y realista. Teresa es de Ávila. Desde su convento de la Encar%nación ha contemplado infinitas veces la ciudad como un bastión amurallado, como una ciudad-castillo. No castillo encantado, sino de dura piedra berroqueña. Así es el alma del hombre. Como un castillo guerrero, bien anclado en la roca del propio cuerpo, enhiesto frente a la llanura castellana constelada de más y más castillos, y por dentro poblado de vida y de problemas…

 

A lo largo del libro, esa versión bivalente del símbolo inicial se irá alternando y desarrollando. El castillo seguirá un proceso de ilumina%ción interior. El castillo guerrero desarrollará un proceso de lucha y de conquista. Será este segundo simbolismo el que prevalezca. Esa gran mística que es Teresa tiene alma batallera y de la vida humana ella posee una idea combativa. Quiere comunicársela al lector. Para que no sucumba al espejismo de imaginarse una falsa paz en la andadura que le espera.

 

 

Tres piedras sillares: cimentación bíblica del castillo

 

Regresemos a esas primeras líneas del libro en que Teresa ha per%filado su símbolo. Al lado de él, casi insensiblemente, ha solicitado el apoyo de la Palabra bíblica. Del libro sagrado ha extraído tres afirmaciones. Van a servirle para apuntalar el símbolo y fundar su evaluación del hombre en clave cristiana, especie de angulación antropológica en el enfoque del libro. Son tres palabras bíblicas:

 

– Que en el castillo del alma hay muchos aposentos, «como en el cielo hay muchas moradas» (Es una palabra de Jesús en el evangelio de Juan, 14, 2: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas». Ya en el Camino de Perfección Teresa ha explicado que el alma del hombre es «cielo de Dios»).

 

– Que «el alma del justo es un paraíso adonde él tiene sus delei%tes» (Es una palabra del libro de los Proverbios, 8, 31: la Sabiduría «tie%ne sus delicias en habitar con los hijos de los hombres». Palabra bíblica que más de una vez ha colmado de asombro, estupor y regusto el alma de Teresa: Vida 14, 10).

 

– Y que «el mismo Dios nos creó a su imagen y semejanza» (Es el fundamental texto del Génesis: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza… Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó…»: Gén 1, 26-27. Texto que también ha pasado por el tamiz de la experiencia profunda de Teresa; se lo ha repetido la voz interior: «Como estaba (yo) espantada de ver tanta majestad en cosa tan baja como mi alma, entendí: No es baja, hija, pues está hecha a mi imagen»: Rel. 54).

 

A través de la experiencia interior, esas tres palabras bíblicas han pasado al tejido de vida y convicciones de la autora. Y ahora se le con%vierten en piedras sillares del castillo.

 

 

Tú, lector, ¿crees esas maravillas… y las que te esperan en el castillo?

 

De esas tres palabras bíblicas, hay una que sirve a Teresa para hacer al lector una especie de catequesis preparatoria. Es la palabra de los Proverbios que asegura la maravillosa comunicación de Dios con el hombre. A Teresa misma le había llenado de increíble estupor: «Oh Señor mío, ¿qué es esto? Siempre que oigo esta palabra me es gran consuelo… ¿Es posible, Señor…?» (Vida 14, 10).

 

Ahora, ante lo que acaba de afirmar acerca de la dignidad del hombre y, sobre todo, ante la perspectiva de las maravillas que habrá de contar al adentrarse en el castillo, vuelve a formularse esa pregunta: ¿Es posible? Incluso teme que ese mismo interrogante golpee la mente del lector, quien «podrá decir que parecen cosas imposibles, y que es bien no escandalizar a los flacos» (n. 4).

 

Teresa responde: ¡Fuera dudas! El plan de Dios acerca del hombre es maravilloso. Sólo el conocerlo, ya debe servir para «despertar a más amar», «que hace Dios aun mayores muestras de amor». Y quien lo ponga en duda, muy difícilmente llegará a saberlo por experiencia, «porque Dios es muy amigo de que no pongan (no pongamos) tasa a sus obras».

 

Resuena en esos párrafos centrales del capítulo la pregunta estre%mecedora de Jesús en el Evangelio: «¿Tú crees que yo puedo hacer%lo…? Todo es posible para quien cree…» (Mc 9, 23).

 

 

Entrar en el castillo: consigna clave de la primera morada

 

«Pues tornando a nuestro hermoso y deleitoso castillo, hemos de ver cómo podremos entrar en él. Parece que digo algún disparate, porque si este castillo es el alma, claro está que no hay para qué entrar, pues se es él mismo; como parecería desatino decir a uno que entra%se en una pieza estando ya dentro. Mas habéis de entender que va mucho de estar a estar… Que hay muchas almas que se están en la ronda del castillo …» (n. 5).

No. Nada de disparate. Teresa sabe por experiencia que el hom%bre puede vaciarse de sí mismo y derramarse –como agua– en lo exterior.

 

De esas dos vertientes, de interioridad y exterioridad, que tiene el castillo, esta segunda puede cancelar la primera. Exteriorizarse, hasta alienarse. No al contrario: quien se interioriza, se convierte en centro de gravedad de lo circundante. A ese propósito, Teresa se atreve a escribir una palabra dura. Es posible que el hombre se desentienda de lo interior de sí mismo, hasta desconocerse y animalarse. Hasta vivir «en la ronda del castillo» o convivir en el foso de lo corporal y sensual «con las sabandijas y bestias que están en el cerco del castillo» (n. 6). Hasta hacerse «casi como ellas, con ser de natural tan rico y poder tener su conversación no menos que con Dios» (n. 6): Ahí la palabra dura de Teresa: «Esto sería gran bestialidad» (n. 2). Ojo, «no caer en semejante bestialidad» (n. 7), pues eso sería reducir el hombre a la condición de las «alimañas».

 

Tan dura pareció esa palabra, que el primer lector del libro, Gra%cián, se creyó en el deber de borrarla y sustituir «bestialidad» por «abominación». Pero la Santa necesitaba decir en la forma más fuerte posible que el desalojo de la propia interioridad es una de las mayores aberraciones del hombre. Ya en el Camino de Perfección había insisti%do a sus lectoras: «No nos imaginemos huecas en lo interior…, que hay otra cosa más preciosa, sin comparación, dentro de nosotras que lo que vemos de fuera» (28, 10).

 

De ahí su consigna: no basta conocer el castillo y pararse ante él. ¡Hay que entrar! Pero ¿cómo?

 

 

La puerta del castillo

 

A esa pregunta Teresa responde con otra afirmación categórica y sorpresiva: «A cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración» (n. 7).

 

Teresa no tiene miedo a desconcertar al lector con esa rotunda afirmación. Para entrar en su castillo, sólo hay una puerta: la oración. Leyendo esas palabras, otra mujer de la raza espiritual de Teresa, Edith Stein, quedó desconcertada en un primer momento. Edith se pregun%ta: ¿Quiere decir eso que nosotros los filósofos y psicólogos no llega%mos a entrar en el recinto interior del castillo? Precisamente el psicó%logo, que es por definición el especialista de la psique, ¿no tiene paso libre a lo interior del alma?

 

Edith cayó pronto en la cuenta de la profunda visión de Teresa. Para ella, la interioridad del hombre tiene algo de sagrado. El casti%llo está habitado por Dios. Entrar en él es relacionarse con Dios en la morada interior, ahí donde la persona es persona, y se halla cita%da por la otra Persona. Es eso lo que requiere un gesto no profano, sino religioso. Cometido reservado a la oración. Orar es pasar la puerta del castillo y comenzar a relacionarse en forma personal con Dios.

 

 

¿Quiénes entran en la primera morada?

 

A lo largo del capítulo, Teresa ha recordado, muy de pasada, tres singulares tipos bíblicos. Son imágenes polivalentes de quien, estando fuera del castillo, está invitado a entrar en él. Helas aquí:

 

– La bíblica mujer de Lot, que se vuelve a mirar las ciudades mal%ditas y se convierte en estatua de sal (Génesis 19, 26: cap. 1, 6);

– El paralítico de la piscina de Betesda, incapaz de alzarse para lanzarse al agua, pero que tiene la fortuna de encontrarse con Jesús que lo cura (Juan 5, 2-8: cap. 1, 8);

– Y el ciego de nacimiento, que de pronto empieza a ver gracias al encuentro con Jesús (Juan 9, 7: cap. 1, 8).

 

El segundo tipo evangélico, el paralítico de la piscina, tiene para Teresa especial fuerza significativa. Porque… «decíame poco ha un gran letrado que son las almas que no tienen oración como un cuerpo con perlesía o tullido, que aunque tiene pies y manos, no los puede mandar: que así son, que hay almas tan enfermas y mostradas a estar%se en cosas exteriores, que no hay remedio ni parece que pueden entrar dentro de sí…» (n. 6).

 

Enfermos, víctimas de cierta atrofia espiritual, necesitaremos de la gracia de Jesús para echar a andar y pasar esa sutil barrera que hace de diafragma entre la esfera del sentido y el mundo del espíritu. O para apartar la mirada de las ciudades nefandas. O para recuperar la luz de los ojos y comenzar a ver.

 

Es decir, si quieres entrar en las primeras moradas, camina sin mirar atrás… Confía en Jesús que te librará de las amarras misteriosas que te impiden pasar el umbral de ti mismo… Será él, Jesús, quien pondrá luz en tus ojos para que empieces a ver de otra manera las mara%villas de tu propio castillo y logres encontrarte con Dios dentro de ti.

 



[1] Alusión a Jn 14, 2.

[2] Nueva alusión a Prov 8, 21, pasaje fuertemente sentido por la autora: cf. V 14, 10 y Exc 7.

[3] Gen 1, 26-27.

[4] Engaste o cerca: La Santa irá desarrollando ocasionalmente la alegoría del castillo, sin precisarla nunca del todo; aquí, el uso de engaste y cerca simultáneamente, deja entrever a la par un castillo de orfebrería y un castillo de guerra. – Como elementos complementarios, irán apareciendo enseguida el cerco y arrabal (n. 6; y M7, c. 4, n. 1), puerta de entrada (n. 7 y M5, c. 1, n. 2; M6, c. 4, nn. 4, 9, 13; M7, c. 2, n. 3); moradas, aposentos y piezas, con significado aproximadamente igual (c. 2, n. 8; M2, c. 4, n. 6; M3, c. 1, n. 8…); la cámara o palacio del Rey, cielo empíreo de Dios en el centro del castillo (c. 2, nn. 8 y 14; M6, c. 19, n. 3; y c. 4, n. 8; M7, c. 1, n. 3); y por fin, toda una serie de guardas, alcaides, mayordomos, maestresalas, amigos y parientes (símbolos de las potencias: M1, c. 1, n. 5; y c. 2, nn. 4 y 15; M2, n. 9), gente que vive en los aposentos bajos (los sentidos del cuerpo; cf. M1, c. 2, n. 4: M5, c. 2, n. 3); vasallos y criados del alma (potencias y sentidos indistintamente) (cf. M1, c. 2. n. 12; y M3, c. 1, n. 5); legiones de demonios (M1, c. 2, nn. 11, 12, 15; M2, c. 3, n. 5); culebras y víboras (representaciones demoníacas de las cosas del mundo: M2, n. 2; y M1, c. 2, n. 14); sabandijas ponzoñosas (cuidados de honra o hacienda o negocios; malos pensamientos, etc.: M1, c. 1, n. 8; c. 2, nn. 11 y 14; M2, nn. 2, 5, 8; M3, c. 1, n. 8); bestias y fieras (apetitos, pasiones, vicios: M1, c. 2, n. 14; M2, n. 9); lagartijillas agudas, que son los pensamientillos de la imaginación (M5, c. 1, n. 5), etc.

[5] Lo ha dicho en el n. 1 de este cap.

[6] Vayáis: la Santa escribe vays como en otras ocasiones: cf. 6, 7, 5.

[7] Alude al «ciego de nacimiento», Jn 9, 2-3.

[8] San Pablo y la Magdalena: dos ejemplares de «conversión» y de experiencia mística, reiteradamente aludidos en el Castillo: San Pablo en M6, 9, 10; 7, 1, 5; 7, 2, 5; 7, 3, 9; 7, 4, 5. La Magdalena en M6, 7, 4; 6, 11, 12; 7, 2, 7.

[9] Se es él mismo: el hombre es el propio castillo. Expresiones similares: «se es todo desconcierto» (M4, 2, 1), «son flacas de complexión» (M4, 3, 11).

[10] Ronda del castillo: nuevo elemento del símbolo base. Está tomado del castillo bélico: ronda es «el espacio que hay entre la parte interior del muro, y las casas de la ciudad o villa». – «Ronda se toma algunas veces por los soldados que van rondando y asegurándose de lo que puede haber…» (Cobarruvias). Aquí simboliza el entorno corporal del alma: la exterioridad.

[11] Libros de oración: alude a los que le sirvieron de iniciación: Francisco de Osuna, Tercer Abecedario; Bernardino de Laredo, Subida del Monte Sión, y quizás los de san Pedro de Alcántara y Bernabé de Palma…

[12] Véase la Rel 24: experiencia mística del alma. – A continuación: perlesía, «tullimiento o parálisis». «Vulgarmente le llaman perlático y a la enfermedad perlesía», escribía Cobarruvias.

[13] Alusión bíblica a Fil 3, 20.

[14] Alude al episodio narrado en el Génesis 19, 26.

[15] En el autógrafo, Gracián borró «bestialidad» y escribió «abominación». Fray Luis mantuvo el vocablo original. Por «bestialidad», la autora entiende aquí «vida a la manera animal, sin conciencia de la propia dignidad de hombres» (cf. n. 2).

[16] Episodio del paralítico, narrado en Jn 5, 2-8: eran 38 años, como efectivamente corrigió Gracián en el autógrafo.

[17] Alusión al dicho de Jesús en Mt 6, 21.

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