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Sant-Yago, por José-Román Flecha Andrés en Diario de León (22-7-2017)

 

Sant-Yago, por José-Román Flecha Andrés en Diario de León (22-7-2017)

Le habían puesto el nombre de Jacob, que evocaba en su pueblo la peripecia humana y la experiencia religiosa del antiguo patriarca. Ese nombre ha pasado a las lenguas modernas con formas muy diversas. El antiguo Yago castellano ha ido acompañado casi siempre por el título que lo hace venerable: Sant-Yago. Santiago el Mayor.

De él se nos transmiten pocos datos: la tarde aquella de la llamada inicial, algunos momentos especiales en que su cercanía al Maestro parecía imprescindible, el día en que quiso asegurar su suerte y su futuro y, por último, la escueta noticia de su muerte.

A orillas del lago, Jesús llamó a Juan y Jacobo. Y “ellos, dejando a su Padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él”. Más tarde los eligió para el grupo de los Doce. solía apodarlos como Boanerges, es decir, “hijos del trueno”. ¿Pretendía alabar así su intrepidez o bromeaba sobre su carácter demasiado impetuoso?

Acompañaban a Jesús el día que curó a la suegra de Pedro y el día que resucitó a la hija de Jairo. Junto a él estaban cuando se transfiguró en lo alto del monte y cuando aquella aldea samaritana le negó acogida y hospedaje y ellos hubieran deseado prenderle fuego. Con Jesús miraban el templo desde la ladera del Monte de los Olivos y le preguntaban cuándo llegaría el final de aquella maravilla. Y cerca de Jesús, allá en Getsemaní, estaban también Santiago y Juan, aunque incapaces de acompañar en vela a su Maestro.

Siguiendo a Jesús, Jacobo el de Zebedeo aprendió que había que dejar atrás muchas seguridades e ilusiones. Pero no había aprendido lo más elemental cuando se acercó con su hermano Juan con una petición que revelaba su ambición: “Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”.

Fue extraña la respuesta que recibieron de Jesús. Anunciaba él que habían de apurar el amargo trago del dolor. Y, al mismo tiempo, les preguntaba si estaban dispuestos a acompañarlo en ese trance difícil. Con la espontaneidad de siempre, le prometieron su fidelidad y cercanía.

Santiago tuvo la ocasión de cumplir su palabra. De hecho, él sería el primero de los apóstoles del Señor a la hora de beber aquel cáliz al que se había referido Jesús. Según el libro de los Hechos de los Apóstoles, “el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo matar por la espada a Santiago, el hermano de Juan”.

Jacobo o Santiago, hijo de Zebedeo y hermano de Juan, amigo predilecto de Jesús, es para los cristianos una parábola viviente de la vocación al discipulado y de un seguimiento siempre difícil, pero siempre gozoso. La respuesta a la llamada, la fidelidad en la amistad, el generoso aprendizaje del seguimiento hasta la muerte forman la tríada de las grandes condiciones del discipulado cristiano.

José-Román Flecha Andrés

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Sobre el autor José Román Flecha Andrés

José Román Flecha Andrés, sacerdote, catedrático de Teología Moral, especializado en Bioética,

José Román Flecha Andrés

José Román Flecha Andrés, sacerdote, catedrático de Teología Moral, especializado en Bioética,

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