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Reseña del libro “Desde el último Banco. Las mujeres en la Iglesia”

Reseña del libro de Lucetta Scaraffia “Desde el último Banco. Las mujeres en la Iglesia”, por Pablo D´Ors

Alguien que se atreva- Las mujeres en la Iglesia

L’Osservatore Romano, 28-12-2016

¿Dónde había estado Lucetta Scaraffia hasta ahora?, me he preguntado tras la lectura de este pequeño, pero imprescindible ensayo de sociología eclesial. Y todavía más: ¿dónde están las Lucetta Scaraffia de la Iglesia? ¿Existen realmente? ¿Existen, pero callan?

Debo confesar que pocas veces he leído unas páginas que reflejen de modo tan elocuente – palpitante, diría– un amor tan doloroso por la Iglesia. Dolor porque su autora se lamenta, con notable lucidez, de una estupidez mantenida con alucinante impunidad por la jerarquía eclesiástica: la de una demencial e incomprensible ignorancia de la historia, de cuyas lecciones se ha prescindido olímpicamente. Ante el dogmatismo y la cerrazón de la institución eclesial, cualquiera que no tuviera fe en el Espíritu habría claudicado y tirado la toalla. Lucetta Scaraffia no. Por eso, precisamente, hablo del amor que este texto transparenta. Porque el hilo rojo que guía cada uno de sus capítulos es el deseo de que la Iglesia se haga cargo, de una vez por todas, de una grave situación. Scaraffia hace ver desde la historia –con sencillez y, al tiempo, rotundidad– que los cristianos tenemos un patrimonio espiritual tan decente (más que eso, tan hermoso, tan digno, tan necesario…) que cabe, bajo ciertas condiciones, proponerlo nuevamente para nuestra generación.

El texto comienza con una imagen muy bella y que da título a la obra: la del último banco que la autora ocupó en la asamblea ordinaria del Sínodo de obispos que tuvo lugar en el Vaticano en octubre de 2015 y a la que ella fue invitada en calidad de oyente. Sus reflexiones, llenas para mí no solo de credibilidad, sino de una viveza que no es habitual en los discursos que abordan la teología o la religión, nacen de ese emblemático lugar. Pues bien, desde ese último banco, símbolo del puesto que la mujer ocupa en la Iglesia, la autora critica con perspicacia a los defensores de los valores –mucho más responsables de la pérdida de Dios en el mundo contemporáneo de lo que ellos imaginan–; desde allí se lamenta del patético vínculo entre la teología y poder, que imposibilita el verdadero pensamiento; desde ahí, en fin, postula hasta qué punto el ateísmo moderno no es tanto la negación de Dios cuanto la indiferencia absoluta frente al mismo. Por cerrazón autorreferencial, advierte Scaraffia, los católicos no se han hecho cargo ni de quién es Lévi-Strauss (uno de los tres o cuatro nombres más capitales del pasado siglo) ni de quién es su opuesto, René Girard. Esta ignorancia ha sido fatal: clausurados en el mundo filosófico-teológico propio del Medioevo, la Iglesia católica no se ha dado cuenta –y esta es la principal acusación– de que la vida estaba y está en otra parte. El tono profético a la vez que sensato, irrefutable en la mayoría de las ocasiones, llega a su máximo esplendor cuando la autora aborda el concepto de familia, principal tema de debate del sínodo. ¿Hasta qué punto no es un producto histórico?, se pregunta, y, sobre todo, ¿por qué cree la Iglesia que, de aceptar algo así, la institución familiar perdería toda su fuerza normativa? La sexualidad, otro ejemplo, quizá el más patente… ¿Hasta cuándo va a continuar la Iglesia haciendo oídos sordos a la revolución sexual y al movimiento feminista?

Debo advertir que tuve el privilegio de conocer personalmente a la autora en la asamblea plenaria del Consejo Pontificio de Cultura, al que tengo el honor de pertenecer, y al que ella había sido invitada, esta vez como ponente, en febrero de 2015. Ya entonces declaró, y este libro ahonda en este asunto, que la cuestión femenina no ha sido abordada verdadéramente por la Iglesia nunca, que la Iglesia sigue siendo en Occidente la única institución que tiene a las mujeres relegadas a papelse marginales o subordinados. Y que esta exclusión, y esto es lo más curioso de todo, se mantiene a lka par que se exalta el genio femenino, que se invoca como antídoto frente a una verdadera transformación.

«La emancipación de las mujeres en la Iglesia –escribe Scaraffia para sorpresa de sus lectores– puede –más aún, debe– realizarse sin pasar por el sacerdocio». Y poco después: «En el mundo feminista católico ha prevalecido una acrítica imitación de la ideología feminista dominante». Y poco después: «La histotiografía feminista ha puesto de relieve [en el cristianismo] un protagonismo femenino que no conoce parangón en otras religiones». Bastan estas tres afirmaciones como botón de muestra del talante de la autora, que no es evidentemente una mujer conservadora, pero tampoco una progresista al uso, sino que escapa de estas categorías y, sencillamente, saca conclusiones de la historia y propone fidelidad a la tradición. Como pensadora, es decir, alguien sin disciplina de partido, y como historiadora, esto es, fiel a los hechos recogidos en documentos, Scaraffia se pregunta y nos pregunta cómo es que nadie saca conclusiones de las evidencias. Debo decir que este talante inclasificable, fuera de todo marco convencional y signo inequívoco de la autenticidad, cuenta con mi simpatía.

Ninguna de las cuestiones teológicas que se plantean en este ensayo está cerrada; antes bien: todas pieden ser releídas para que la fe sea auténticamente encarnada. Pero, para que esto sea posible y para que los viejos conceptos y modelos no generen inmovilismo y hasta opresión, hay que mirar al pasado sin prejuicios ni afán de justificación, con honestidad intelectual y – si es posible aún – con pureza de corazón. Pese al dramático balance que resulta de un análisis de nuestra jerarquía eclesiástica (una Iglesia sin historia, sin mujeres, sin sexo, sin futuro…), para Scaraffia –y yo comulgo con su visión– aún es posible la construcción de la comunidad de los seguidores de Jesús. Pero –y es preciso que termine este prólogo con esta pregunta–, ¿Habrá alguien en la Iglesia que se atreva a recoger este incómodo testigo?

Pablo D’Ors

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