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Reflexión del VII Domingo del Tiempo Ordinario, por fray José Borja

Reflexión del VII Domingo del Tiempo Ordinario, por fray José Borja

El domingo pasado, la Iglesia nos ayudaba a reflexionar que si cuando vamos a poner nuestra ofrenda en el Altar, nos acordamos que nuestro hermano tiene queja contra nosotros, dejemos allí la ofrenda y nos reconciliemos con el. Esto nos llama a que seamos coherentes con nuestra forma de vivir, de pensar, de sentir, de actuar… Por ello, también celebrábamos la Jornada de Manos Unidas. Un buen momento para ser solidarios y hermanos unos con los otros. De nada sirve rezar mucho, si pasamos de largo ante tanta necesidad humana.

En este Domingo VII del Tiempo Ordinario, escucharemos como las lecturas nos hablan de un valor muy importante: la vida. No somos dueños de nuestra propia vida, es Dios quien nos hace libres, pero salimos de El, y vamos hacia El; Jesús nos muestra su mejor lección, pero, a la vez, con su ejemplo: entregarse al máximo por amor. Una lección que tiene matices que no llegaremos a entender, pero que debemos confiar en que nos llevan por el camino de la felicidad. Amar a los enemigos, perdonar y ayudar sin mirar a quién, pilares fundamentales en nuestra vida de cristianos. Sin esto fallamos, difícilmente estaremos actuando conforme al Evangelio.

En la Primera Lectura del Libro del Levítivo, nos refleja a un Dios cercano, un Dios que se hace Padre de nosotros. Por un lado, nos habla de la santidad. Israel es la ciudad santa por excelencia. Es una ciudad que los israelitas entendían como “ciudad pura”. El estado puro, es el estado donde ahí si se puede entrar en contacto con Dios, ya que lo contrario, hablamos de impureza y pecado que están lejos de Dios; También encontramos una parte ética, donde vemos una parte de exclusión. Es decir, Si Israel era pura, hace a las demás “impuras”, con lo cual, discrimina, genera diferencias y exclusión. Pero Jesús viene a mostrar a un Dios que no discrimina, que no excluye, que toma a todos por iguales.

En la Segunda Lectura de la Primera Carta de Pablo a los Corintios, nos habla de que somos templos de Dios, que somos piedras vivas. Nos recalca que tenemos carácter de predicadores y tenemos que evangelizar porque somos cristianos; Pablo cambia el lugar del culto. Ya no se habla de un lugar físico, de un templo majestuoso de grandes piedras… Ahora, el templo hay que verlo bajo otra mirada: la comunidad, las personas que se reúnen. Da matices de ese nuevo “templo” construido por personas. Toda persona que acoge e integra es un nuevo templo y Dios habita ahí.

En el Evangelio de Mateo, se nos enseña el último discurso del sermón de la montaña. Lo hace con un “mandato” un tanto peculiar, y que alomejor a nosotros nos cuesta un poco entenderlo y digerirlo: amar a nuestros enemigos. Aquí nos enseña como Dios hace una nueva ley, sino que la amplía, y muestra que Él ama a todos por igual. Sean buenos o malos, Dios acoge, perdona y da una nueva oportunidad. En muchos contextos culturales y sociales se han educado con que “los hijos deben imitar a los padres”, y esto es un poco lo que Mateo nos viene a decir y a enseñar: Dios es nuestro Padre, nosotros sus hijos. Imitemos a Dios amando y perdonando a todos por igual, sin discriminación. Hacer la voluntad de Dios, es ir poco a poco empapándonos en nuestro día a día de su Palabra, actos y trato hacia los demás. Así podremos decir con nuestros actos que somos cristianos e hijos de Dios.

Pidamos a la Virgen, nuestra madre, que interceda por nosotros para que el Señor nos de la fuerza y la responsabilidad para ser verdaderas piedras vivas de la Iglesia. Que no nos cansemos de anunciar y predicar el Evangelio en nuestros ambientes, que la regla con la que “juzguemos” a los demás sea la del amor.
Como dice San Manuel González: “Madre Inmaculada, morir antes que cansarnos”.
Que el Señor a través de su madre la Virgen del Buen Remedio en este Año Vocacional Trinitario nos conceda jóvenes dispuestos a dar gloria a la Trinidad y sean libertad para los cautivos de nuestra sociedad.
Que así sea.

Fray José Borja.

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Fray José Borja

Nací en Málaga en 1990.
Pertenezco a la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos desde septiembre del 2013.
Soy Profeso Simple desde el 5 de septiembre del 2015, y estudio en la Facultad de Teología de Granada.
Sentí la llamada del Señor desde muy pequeño y estuve en las convivencias del seminario menor.
Me he criado en un ambiente familiar cristiano, estudié en el colegio de los PP. Agustinos y en el instituto de las HH. Trinitarias.
Participé en una Parroquia de Málaga durante 13 años donde desempeñé diferentes servicios como monaguillo, catequista, ministro extraordinario de la comunión y un largo etcétera.
Colaboro con la revista Ecclesia desde enero del 2016.

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