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Misa de rito hispano-mozárabe en la basílica vaticana, homilía arzobispo de Toledo

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Misa de rito hispano-mozárabe en la basílica de San Pedro de Roma, homilía del arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez Plaza, víspera de la Ascensión a los Cielos, 16 de mayo de 2015, Peregrinación de la diócesis de Toledo

Hermanos:

Nuestro recuerdo mira hoy a la mañana del 28 de mayo, solemnidad de la Ascensión del Señor del año 1992. El Papa Juan Pablo II, celebraba en esta basílica la Misa solemne en el Venerable Rito Hispano-Mozárabe. La misma que hoy estamos celebrando en este altar de la Cátedra. Nos acogen, pues, las mismas luminosas naves de este impresionante templo. Han querido estar con nosotros celebrando o asistiendo venerables Cardenales, Obispos, Sacerdotes y otros muchos Consagrados. Con los fieles laicos que, en peregrinación diocesana, celebran esta Eucaristía; formamos una asamblea preciosa, a la vez de Iglesia particular y universal, en la que rezaremos por “el Papa de Roma”, el Santo Padre Francisco. Muchas gracias por haber aceptado nuestra invitación.

“Venimos porque queremos proclamar nuestra fe”, dijo Don Marcelo en aquella ocasión al Papa Juan Pablo II, agradeciendo al Vicario de Cristo la deferencia de presidir aquella celebración. Hoy nos anima el mismo deseo, pues nuestra fe es católica y la revivimos cantando y recibiendo del Papa Francisco el aliento de aquel en el que hoy vive Pedro, presidiéndonos en la caridad. Lo hacemos sabiendo que también en la Liturgia hispana: “Las normas de la Misa y de las plegarias, según las cuales son santificados los sacrificios ofrecidos a Dios, fueron establecidas desde el principio por san Pedro, y así todo el mundo celebramos de la misma manera”. (San Isidoro, De Ecclesiasticis Officiis, 15).

De la misma manera, pero con expresiones litúrgicas diferentes, siempre en comunión eclesial en la unidad que Cristo pidió al Padre para todos (“Ut omnes unum sit”). La lectura “profecía” nos hace contemplar la visión de Apocalipsis 4, porque hay una puerta abierta y un trono y uno sentado en el trono. También los cuatro vivientes, parecidos respectivamente a un león, a un toro, al rostro de un hombre y un águila en vuelo, son los que gritan gloria y honor y acción de gracias al que está sentado en el trono. Dios es digno de recibir el honor y la fuerza. Se recrea nuestro rito en visiones y escenas del Apocalipsis, porque “ha vencido el león de la tribu de Judá”.

La lectura “apostolus” coincide con la primera del rito romano en este año: Hch 1, 1-11; es la narración de lo que tan sobriamente expresa san Marcos: “Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios” (Mc 16, 19).

El Evangelio nos sitúa a cuantos hoy celebramos la Ascensión en tensión hacia la venida del Espíritu Paráclito al final de los cincuenta días de Pascua. Muchas expectativas han de haber en los fieles entre Ascensión y Pentecostés. Papa Francisco nos pide en este año además que oremos por los cristianos perseguidos en diversas partes del mundo. El Espíritu Consolador es quien da fuerza a los discípulos de Jesús en esa confrontación con el mundo. Nos conviene que venga el Espíritu porque es Él quien dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena.

¡Qué expresiva es la “oratio admonitionis” en esta celebración! Nos descubre el consuelo en la lucha que se da en el interior de cada uno, en el juicio que acontece en nuestro interior y en el que el Paráclito es el Defensor nuestro frente al mundo, pero también Defensor de Jesús frente a nosotros que tenemos el peligro de condenarlo en las zozobras de elegirle a Él y no a los que le condenan, en esa lucha que acontece en nosotros que vivimos entre los consuelos de Dios y las persecuciones del mundo.

“Concede a tu Iglesia un camino favorable para llegar a ti por el constante progreso de cada día”, pide la Iglesia en la oración “Alia”. ¡Qué sugestiva la “libertad que le depara tu ayuda y la gloria que proviene de tu victoria”, Cristo. También rogamos, en la “oratio ad pacem”: “Concédenos a tus siervos que, por este beso exterior, mantengamos sin fractura el sacramento interior de la paz y la gracia”.

La extensa “illatio”, que, como el prefacio en el Rito romano, se abre a la plegaria eucarística, descubre en lenguaje teológico típico de nuestro Rito Hispano, la manera como Jesucristo ha recogido la “historia salutis” del AT y la ha llevado a plenitud en su acción salvadora, acción dramática pero victoriosa. Gocen con esa oración hoy o en otro momento. Nos adentramos así en Acción de gracias, en la Eucaristía que nos dejó el Señor, en la manera cómo, desde la época tardorromana, pasando por el esplendor visigodo, los católicos de Hispania celebraban su fe, sin haber perdido nunca su Rito, que es algo más que rúbricas o ceremonias. Es su genio litúrgico, su penetración en el misterio, su acercamiento a la Humanidad santísima del Salvador.

Muchos han sido los avatares por los que ha pasado el rito Hispano- Mozárabe. Gracias al Concilio Vaticano II, gracias al Cardenal Marcelo González Martín y a cuantos le ayudaron a poner de nuevo en disposición de celebrar el venerable Rito, en Toledo y en toda España hoy, con la aprobación de la Santa Sede y la Conferencia Episcopal Española, podemos nosotros gozar de la Eucaristía celebrada con esta expresión litúrgica del Rito Hispano-Mozárabe.

Cuando, tras ser aprobado el Misal y editarlo a finales de 1991, el Santo Padre, san Juan Pablo II, celebró esta misma Misa solemne en el venerable Rito, se hizo visible un signo de amor y de reconocimiento de uno de los mayores tesoros culturales y espirituales de la Iglesia española y de su diócesis primada de Toledo. Hoy, como entonces, agradecemos a la Iglesia de Roma entonar juntos, en el canto de la catolicidad, esta expresión litúrgica, que contiene el mismo Credo y, por ello, una misma fe de los que seguimos al Hijo de Dios, hecho carne en las en las entrañas purísimas de María siempre Virgen, Esclava del Señor.

+Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo de Toledo, Primado de España

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