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La verdad completa de la educación y de la familia es básica para el bien – editorial Ecclesia

La verdad completa de la educación y de la familia es básica para el bien – editorial Ecclesia

No dejaría de ser una obviedad la afirmación con que titulamos este Editorial… ¿Quién puede dudar de la importancia capital de la educación para el desarrollo justo e integral de las personas y de los pueblos? ¿Cómo no reconocer lo mismo, y también de manera unánime, a propósito del papel de la familia?

Sin embargo, en demasiadas ocasiones, la realidad parece distar, hasta lo increíble, con los enunciados, los principios y las teorías. Con mucha y lamentable frecuencia nos encontramos con situaciones en las que en la práctica no se tienen en cuenta las exigencias y consecuencias de estas afirmaciones. Lo mismo cabría decir de la libertad religiosa y del respeto a los sentimientos religiosos, como en días pasados, pudimos, tristemente, observar en Las Palmas de Gran Canaria (ver páginas 6 y 7), por citar un ejemplo reciente. Pero ahora, y también al hilo de la actualidad, nos centraremos en la educación y en la familia.

Creer con todas las consecuencias en la educación significa apostar siempre por la libertad de los padres a elegir colegio y a elegir, en igualdad de condiciones reales, una educación conforme a sus creencias religiosas. El ejercicio de este doble derecho de libertad no va contra nadie, ni privilegia a nadie, sino que favorece a todos, incluidos el sistema educativo y los centros de enseñanza y sus profesionales. De ahí, la insistencia de nuestra Iglesia tanto respecto a los colegios de iniciativa social o concertados como a la clase de Religión. Respetar y apoyar a los primeros no va en detrimento de la también legítima enseñanza llamada pública (también la otra lo es, pero, bueno, para entendernos…), sino que posibilita y hace real el artículo 28 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el artículo 27 de nuestra Constitución.

Lo mismo, y desde los mismos fundamentos de derecho, debemos decir a propósito de la clase de Religión, recordando que lo que la ley española vigente prescribe es la oferta obligatoria de esta y la libre y soberana decisión de padres o alumnos. No se trata, además, de que la alternativa sea clase de Religión católica o no, sino clase de Religión católica o de cualquier otra confesión religiosa con representatividad y homologación o lo no asistencia, a cambio de una alternativa entitativa, a dicha clase. Para el sistema educativo, los profesionales de la enseñanza y el respeto al desarrollo coherente del derecho de los padres, es de pura lógica, justicia y conveniencia pedagógica y didáctica que la asignatura sea una más, una como las demás y no una menos, esto es, una asignatura devaluada y hasta marginada en horarios, valor académico y estabilidad docente.

Estas ideas tan sencillas, razonables y democráticas son las que la CEE, los obispos, la Iglesia y ahora la Mesa eclesial para el diálogo educativo (ver página 8) están transmitiendo, ante el gestante Pacto Escolar de Estado, a nuestra sociedad y a las instancias gubernamentales, parlamentarias y políticas. No queremos tratos de favor. Queremos cumplimiento de los derechos. Y es que, además, con palabras del cardenal Blázquez (página 6), «si la Iglesia dejara de regentar los centros concertados, se produciría una gravísima crisis», pues el presente y la historia de la educación «no podría escribirse sin la colaboración de tantas órdenes religiosas dedicadas a la enseñanza y a sus fundadores, que fueron genios en la materia».

Una argumentación similar a la anterior podríamos asimismo esgrimir en relación con la familia y su verdad completa e íntegra. Días atrás, y en medio de nuevas embestidas e intolerancias en pro de la ideología de género, el cardenal Osoro (ver página 7), recordó otra obviedad, que luego, eso sí, algunos pretender difuminar: sin padre y sin madre es más difícil crecer como persona. Y relacionando educación y familia, el arzobispo de Madrid se preguntó: «¿Quién educa, el Estado o la familia? Según como contestemos, tendremos dictadura o libertad».

El Evangelio de la familia es un tesoro de valor incalculable, que la Iglesia no quiere imponer, pero sí proponer con libertad y con respeto. Un respeto que lo es tanto hacia legítimas discrepancias como al anuncio gozoso y testimonial de la buena nueva de la familia cristiana, una familia basada en el amor, constituida entre un hombre y una mujer, santificada por vínculo sacramental correspondiente y abierta al don de la vida.

 

 

 

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